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PRIMERA DIVISIÓN

Un año de Aguirre al frente del Real Mallorca

El técnico mexicano cumple su primer aniversario con la satisfacción de tener al conjunto bermellón posicionado por encima de las expectativas

El preparador del Real Mallorca, Javier Aguirre, asaluda a los aficionados mallorquinistas durante un partido celebrado esta temporada en Son Moix. DM

Aterrizó hoy hace justo un año con la maleta cargada de ilusión y la dura tarea de sacar del pozo a un equipo desmoralizado y hundido tras sumar seis derrotas consecutivas. Y lo consiguió. Tiró de épica, veteranía y galones para salvar al Mallorca sobre la bocina. Javier Aguirre cumple 365 días al frente del conjunto bermellón y lo hace con unos dígitos correctos, sin aspavientos, pero incluso por encima de las expectativas.

En su primera temporada, en la que solo dirigió al equipo en nueve jornadas (sumó cuatro victorias, cuatro derrotas y un empate), cumplió con el objetivo de la salvación, algo que le valió su renovación por una temporada más. Durante el presente curso sus pupilos ocupan la undécima posición de la tabla y descansan a seis puntos del descenso a falta de 12 partidos para que finalice el campeonato, todo ello tras sumar nueve victorias, cinco empates y doce derrotas.

El Mallorca de Javier Aguirre ha sido, hasta la fecha, un ejemplo de eficiencia. El equipo ha atravesado sus baches, ahora mismo pasa por uno, pero en este tiempo el técnico mexicano ha sido capaz de construir un bloque competitivo que sabe rentabilizar al máximo los goles que consigue. Tres centrales fuertes y la solidez, en sus costados, de los laterales, es el sistema sobre el que ha construido su fortaleza, inamovible y en ocasiones aburrida.

En una de sus primeras ruedas de prensa, el de Ciudad de Mexico ya dio a conocer su hoja de ruta: «¿Mi sistema? Ganar como sea. Eso es lo único importante. Quiero a un equipo que ponga intensidad porque si no lo hace, apaga y vámonos». Su fórmula fue clara desde el primer minuto: cerrojazo y primar una buena defensa sobre cualquier ataque. El mexicano no se permitió cambios, tan siquiera, en los partidos de pretemporada que su equipo afrontó en Austria, tampoco en los amistosos en el parón por el Mundial, ni tan siquiera en los encuentros de Copa ante equipos muy inferiores.

Sobrio y tranquilo, Aguirre destaca por su desparpajo en las ruedas de prensa, donde siempre es capaz de dejar un titular. «A ver si en Corea apagan de una vez el televisor y dejan de ver a Kang», soltó, sin ir más lejos, en su última comparecencia para quejarse por los partidos a las dos de la tarde, descolgándose completamente del discurso más comedido y cortés por el que suele optar el club. «¿Sarver es el dueño del Mallorca? Pues no lo sabía», reconocía también hace solo un mes, en otro ejemplo de sinceridad.

Sobre la mesa el preparador bermellón tiene una oferta de renovación por parte del Mallorca, propuesta que tan siquiera ha querido abordar «hasta que no se consigan los 42 puntos» porque primero hay que centrarse «en lo verdaderamente importante». Menos problemas tiene el técnico de 63 años a la hora de coquetear con su posible regreso a México. «No le puedes decir no nunca a tu país. Está tu gente, tus hijos, mi nieta, mi familia, mis hermanos, mi comida, mis jarras, es mi banda, es lo mío», señaló sin cortarse un pelo hace solo unas horas en declaraciones a ESPN.

En el año que lleva al frente del equipo, Aguirre nunca ha levantado la voz. Respetuoso con los árbitros, tan solo ha puesto en ocasiones en duda el trabajo del videoarbitraje. Tampoco se ha posicionado nunca en contra de la entidad, aunque este último mercado de fichajes, por ejemplo, haya dado motivos para lo contrario. Menos se ha cortado, sin embargo, a la hora valor el papel de alguno de sus jugadores. «Llega para ser el quinto central», reconoció, ni corto ni perezoso, sobre Hadzikadunic.

Cuestionado por una parte de la afición, no es Aguirre de buscar el aplauso fácil. Genio y figura y siempre fiel a sus principios, el técnico mexicano sopla su primera vela de aniversario mallorquinista con la satisfacción de, al menos por el momento, haber cumplido con su cometido.

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