Suscríbete

Caso Abierto - Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Entrevista

Joaquín Amills, presidente de SOS Desaparecidos: "La vida no tiene respuestas para todo y nos equivocamos si vivimos para ello"

"Cuando las cosas se hacen y se dicen con el corazón no tienes problemas para comunicar", opina

Joaquín Amills.

Durante dos meses y medio estuvo presente, mañana tarde y noche en televisiones, radios, periódicos y digitales. Fue el portavoz de la madre de Anna y Olivia, las niñas asesinadas en Tenerife el pasado 27 de abril. Pero también ayudó a difundir el mensaje contra la violencia vicaria. Aún considera inhumano que, tras matar a las niñas y meterlas en el coche, el asesino tuviera la frialdad de llevar el perro a sus padres.

-¿Cómo le ha cambiado la vida el caso de la desaparición y asesinato de la niñas de Tenerife Anna y Olivia?

-Fue un antes y un después, como digo siempre. Cambió radicalmente por ser testigo del horrible crimen, de lo que no tiene justificación, de lo que no se puede explicar, que es que un padre haga esto, de forma premeditada, con sus hijas. Me cambió la paz que genera Beatriz (Zimmermann, la madre de las pequeñas) en los peores momentos, su forma de sobrevivir ante esta situación, desde su sensibilidad, su forma tan especial de ser, creer en el amor por encima de todo. Yo no conocía lo que era la violencia vicaria; a mí me da vergüenza decirlo. Creo que esa es otra forma de cambiar. Muchas veces pienso que, a nivel personal, con la desaparición de mi hijo aprendí mucho. La vida no tiene respuestas para todo. Y nos equivocamos cuando estamos viviendo para obtener respuestas. No. Tenemos que aceptar que hay veces en nuestra vida en que no hay respuesta. Con Beatriz, Olivia y Anna aprendí ese ¡Basta Ya! Algo que muchísimas veces repetimos en nuestra vida, pero que, cuando lo interiorizamos, cuando dormimos y nos levantamos con ese ¡Basta Ya!, nos oponemos a que los niños sean la herramienta para provocar el dolor a la otra persona; de que interpretemos que son derechos de los adultos, cuando son derechos de los niños, que tienen derecho a la vida, a papá y a mamá. Creo que el ¡Basta Ya! es el mensaje que desde Tenerife llegó a la sociedad de todo el mundo.

-¿Cómo fue el acercamiento entre la madre de las menores y la ong SOS Desaparecidos?

-Beatriz se dirigió a SOS Desaparecidos para que hiciéramos la alerta, comunicándonos lo que había pasado el 28 de abril. Santiago Martín (portavoz de la ong en Tenerife) y yo nos hicimos cargo de la situación. Yo empecé a hablar con Beatriz para saber cómo estaban las cosas. Y fue al cabo de cuatro o cinco días cuando ella me pidió que fuera el portavoz suyo. Fue la primera vez que he sido portavoz en SOS Desaparecidos para un caso concreto, porque nadie me lo había pedido. Le dije que estaba encantado de poder ayudar como portavoz, pero que teníamos que tener una serie de cosas muy claras, en cuanto que debíamos funcionar en equipo, entre otras cosas. Beatriz estaba rodeada de muchísimas amigas suyas que han hecho un trabajo tremendo. Y lo que hicimos fue aunar todo el esfuerzo, consensuando todo, orquestando todas las cosas que hacíamos y volcándonos en el caso. Y, a partir de estos primeros contactos, nos conocimos más, buscamos formas de poder hacer llegar los mensajes.

-¿A quién iban dirigidos esos mensajes?

-En principio, de lo que se trataba era de que los mensajes le llegaran a Tomás (Gimeno, padre de las menores). Desde el 28 de abril al 10 de junio (fecha del hallazgo del cuerpo de Olivia), yo nunca encontré a nadie que me dijera que las niñas podían correr peligro con Tomás. Sabíamos todo de él: sus trampas, su carácter, su despotismo. Conocíamos a la perfección todo. Pero nadie, ni amigos ni enemigos, nos dijo: Él es capaz de hacerle daño a las niñas. Ante esto, toda nuestra manera de actuar pasaba por llegar al corazón de Tomás para que devolviera a las niñas. Esa era la misión principal. Buscábamos frases, palabras que le llegaran. Muchas veces repetía que sabíamos que era un buen padre, seguro que las estaba cuidando. Todo eso teníamos que repetirlo una y otra vez. No podíamos enfurecer a la fiera y generar un abismo, porque entonces rompíamos toda esperanza hacia las niñas. Muchas veces tenía periodistas que me advertían de que un buen padre no hacía eso (cuando todavía no se había esclarecido el caso). Y mi respuesta era que estaba seguro de que las estaba cuidando o que lo había hecho por amor... y por dentro se me removían las tripas. Me decía: ¡por Dios, lo que tengo que estar aguantando!

-Es decir, hubo momentos en que ustedes no se creían el mensaje bienintencionado que se ofrecía.

-Claro. Estábamos dando un mensaje para que le llegara a él. De intermediación, que me ofrecía de mediador y que iba donde estuviera a buscar a las niñas. Le garantizábamos que Beatriz no pondría ninguna denuncia contra él. Que no tuviera miedo al castigo que le cayera, creyendo que a las niñas no les había hecho daño. Cuando conoces la realidad... Porque no hay justificación nunca para la violencia, menos para el asesinato, menos para el asesinato de un padre a sus hijas. Además, si estuviéramos hablando de un arrebato. Pero fue premeditado con semanas de antelación. Todo estudiado hasta el último detalle. Te quedas con la sensación de que, o somos muy tontos, que no creemos que pueda haber personas así, o realmente es tan grande el horror de estas personas que resulta inconcebible que en un mundo normal podamos imaginar que hay salvajes de este tipo.

-¿Tenía alguna experiencia previa en aspectos como la enseñanza, la divulgación o la comunicación?

-No. Cuando las cosas se hacen y se dicen de corazón no tienes problemas. No había tenido nada así hasta que desapareció mi hijo y tuve que empezar a pelear por todos sitios. No era en defensa de un negocio ni de unos bienes, sino de lo que consideras la legalidad y tu testimonio; vas a decir lo que hay. Hemos participado en casos como el de Diana Quer en muchísimos medios. Pero este caso fue distinto, porque había mañanas en que tenía intervenciones desde las ocho las ocho al mediodía. Luego por la tarde. Y después se juntó todo, con los de la noche y la madrugada para medios de América. Terminaba agotado, pero satisfecho porque hacíamos algo. Y ahora, cuando ha pasado el tiempo, ves que actuábamos en dos vertientes. Por un lado, para encontrar a Olivia y a Anna; y, por otro, dar ese mensaje de que no se les podía hacer daño a los menores para herir a las madres. Hablábamos para medios de Chile, Perú, Argentina, Estados Unidos con la CNN, y veías que el mensaje de ¡Basta Ya!, en países que quizá tienen más problemas de ese tipo que nosotros, calaba. No había ningún reproche, nada para buscar el morbo. Ese mensaje surgió de corazón, de forma espontánea.

-¿Usted o Beatriz detectaron en algún momento un exceso de sensacionalismo por parte de los medios de comunicación al abordar uno o varios aspectos del caso?

-No. Siempre Beatriz tuvo un enorme agradecimiento a los medios de comunicación. Quizás porque hubo siempre máximo respeto. Se respetó la intimidad de Beatriz, su hogar, su gente. No hubo persecuciones. Quizás también porque lo llevamos todo con un portavoz que atendía a todos los medios como fuera. Pero también los textos eran enviados a todos los informativos. Cambiamos la situación. En vez de que todos los medios tuvieran que estar buscando, estaban a la espera de datos. Muchas veces, las notas con fotos de las niñas y el texto de Beatriz eran enviados a las doce de la noche, o a la una o las dos de la madrugada. Porque queríamos que desde primera hora ya todo el mundo los tuviera. Si lo hacíamos a las seis de la tarde, ya los programas de la mañana no se enterarían e irían de segundas. Sin ser conocedores de la materia, intentamos aplicar la lógica. Beatriz estuvo siempre muy agradecida los medios, porque estos fueron los responsables de que la sociedad se volcara en el asunto. Sin ninguna crítica, porque la información era veraz, humana, transparente. Entre cientos de periodistas, solo hubo un caso de una periodista que se portó mal, que cruzó la raya, persiguiendo a Beatriz. Hasta tal punto que Beatriz le dijo: «Es que, al final, me voy a ir a China» y lo puso como un titular. Enseguida le paré los pies. Le dije quita esto inmediatamente, no lo des. Pero, a partir de ahora, te prohibo que te acerques a Beatriz. Y te bloqueo, porque no vas a recibir ninguna noticia.

-En los peores momentos del caso, ¿cuántas personas estaban en el entorno de Beatriz y la asesoraban sobre lo que tenía que hacer y decir?

-Su núcleo duro de amigas, quizás ocho o nueve. Y por parte de SOS Desaparecidos, Santiago Martín; nuestra psicóloga, Patricia Cabrera, y yo.

-¿La esperanza mantenida por la madre en ese mes y medio hasta que se halló el cadáver de Olivia ayudó a suavizar la terrible magnitud de la tragedia?

-Yo caí también en ese error. La gran mayoría de la gente creía que no había tragedia, porque no había nada que demostrara lo contrario. Si los perros hubieran hallado restos de sangre o biológicos; pero no había nada. Los mensajes de Tomás de que las niñas iban a estar bien, la forma de actuar. Todo te marcaba que lo había organizado para llevarse a sus hijas. Por eso el hallazgo del cuerpo nos dejó noqueados a todos. Estaba sentado junto al mar y empezaron a llegar muchas llamadas sobre el hallazgo del cadáver. A la media hora, se confirmó la noticia y fue brutal.

-¿Y a partir de entonces qué pasó?

-Las tres primeras noches no dormí. Igual pegaba una cabezada de veinte minutos, porque no era capaz de asumir ese desenlace. A día de hoy cuesta asumir que hayas matado a tus hijas y las tengas en el coche, y te preocupes de llevar el perro a casa de tus padres. Eso es inhumano y demuestra una frialdad tremenda.

-¿Le han llegado otros casos de violencia vicaria en estos últimos meses?

-Sí nos llegan. Tenemos el asunto, que lo llevó Santiago, de los niños alemanes aquí en Tenerife, cuyo padre fue detenido en Portugal, que era muy parecido, con muchos paralelismos. Los menores llevaban más de medio año sin ver a su madre. Si algo también hemos aprendido es a detectar esas luces rojas que antes pasaban inadvertidas. Y esas luces rojas las tenemos que trasladar no solo a las madres, sino también a las familias. A la víctima es muy difícil advertirla de los peligros, porque se ha acostumbrado al maltrato, a las humillaciones, a los insultos. Es el entorno el que tiene que ver el peligro. Una persona que insulta, maltrata, daña y manipula a la madre no es un buen padre. Ser un buen padre no es dar buenos regalos a los niños, sino dar un hogar en el que seas un referente para ellos. Qué curioso que muchos maltratadores se conviertan en buenos padres cuando se les pide el divorcio. Entonces son cariñosos con los niños, piden la custodia compartida, se acuerdan de lo importante que son los hijos. ¿Y los cinco, seis o siete años anteriores qué has hecho?

-¿La visibilización de la ong que usted lidera en el caso de Anna y Olivia refuerza, de alguna manera, las ayudas que puedan recibir los familiares de desaparecidos?

-Claro, sin duda. Un caso como este ayudó a que el mensaje, la credibilidad, la serieddad y la forma de trabajar nuestra llegara a más gente. Hasta el año pasado, la mayor difusión que habíamos tenido era de 97 millones de personas anuales. Hasta septiembre de este año estabámos en 137 millones. ¿Es por Beatriz, Anna y Olivia? Ellas contribuyeron a que muchísima más gente compartan nuestras alertas, no porque seamos famosos, sino porque somos creíbles.

-Por su experiencia, ¿es muy difícil superar una desaparición? ¿Cómo hay que afrontar esa realidad compleja y dura?

-Tenemos que hacer que las familias no se metan en un pozo de victimismo, porque este no es futuro. Cuando tú hablas con un familiar y está centrado en la decepción, la frustración, la resignación, esa persona está hundida y su entorno también. Nuestra misión no es mantenerlo en ese pozo de amargura. Por supuesto que no le vamos a quitar el recuerdo del desaparecido, lo que queremos es que luche por el desaparecido. Esta persona tiene que aceptar su situación; aceptar siempre es una victoria, nunca es una derrota. Y, partir de ahí, puede empezar a luchar con las armas que tenga por amor. El recuerdo no se puede mantener desde la ofuscación. ¿Te va a doler? Sí te va a doler, pero que sea de una forma constructiva. Si no, van a pasar los años y vas a seguir enterrado en vida. A veces, nuestras palabras no son las que un familiar quiere escuchar. Porque no se trata de calentar el oído. No podemos caer en ese error. Tenemos que ser decentes y leales a nuestros principios.

-Al final, va a ser más conocido por el caso de Anna y Olivia Gimeno Zimmermann que por el de su propio hijo.

-Bueno, siempre digo que mi hijo tiene que ser el último de los desaparecidos. Nunca he aprovechado la asociación para dar prioridad a mi problema. Nunca lo he hecho y nunca lo haré. Sería faltar a algo tan decente como la solidaridad, basada en la generosidad y la gratuidad. Si lo mío es lo primero, flaco favor le hago al colectivo.

-¿Qué influye que un caso de desaparición tenga más repercusión mediática que otros?

-Que haya niños de corta edad, en un momento en que no haya otras noticias relevantes, la parte morbosa. Si es un viejito de ochenta años a nadie le interesa. Si subes a las redes el caso de una joven de 21 años, en 24 horas tiene una difusión de 300 o 400.000 mensajes. Sin embargo, un viejito no te pasa de 60.000. Es la propia red, la propia gente. Y ahí no entran las televisiones ni otros medios de comunicación. Y cuando una de las principales cadenas de televisión entra a fondo, ya detrás van todos los demás medios. En el caso de los niños alemanes retenidos por su padre, que fue arrestado en Portugal, se sumó que era la detención ilegal de dos menores, que estaban o habían estado en Tenerife, amenazas de muerte a los pequeños, a la madre y a la familia de esta. Demasiados paralelismos con el caso de Anna y Olivia.

Compartir el artículo

stats