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Diario de Mallorca

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Los odiosos papás entrenadores

Son padres que ven a sus hijos como futuros atletas profesionales, máquinas de ganar dinero. Ellos no juegan a las raquetas en la playa, ellos compiten en Wimbledon

Un padre acompaña a sus hijos a jugar a tenis, en Barcelona.

El papá entregado, el papá huevón, el papá ausente, el papá sobrepasado, el papá móvil… De todos los perfiles de padres, el que más urticaria provoca es el papá entrenador. El verano está hecho para él. Nada como bajar a la playa con su prole, lucir cuerpos atléticos y demostrar a los mortales que un simple partido con las palas puede ser Wimbledon.

Sábado por la tarde en una playa de Cantabria. Ahí está papá entrenador jugando a las palas (él no juega, él compite) con su hijo pequeño, de unos 7 años. Cualquier niño de su edad no pasaría de dar dos toques seguidos, pero él es un hacha. No opina lo mismo papá entrenador, que le insta a dar con más fuerza. El chavalín se agobia. No está a la altura de papá. Cada vez que falla, le obliga a hacer flexiones en la arena. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis… ¡Vamos, campeón! El niño, que debe estar hasta las narices de su padre pero también quiere estar a su altura, se va cansando y no da pie con bola. Papá entrenador se mosquea. Coge la pelota y se la lanza con fuerza al pecho. Le hace daño. El peque llora. Papá entrenador, al que no le importa que el resto de veraneantes flipen con su actitud dictatorial, le grita: “Eres un blando”. Lógicamente, lo es. Si fuera duro no sería un niño pequeño.

Su grito de guerra es: "¡Vamos, campeón!" y lo que más detestan es que sus hijos sea "blandos"

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El chaval se va con mami entrenadora. Papá campeón se mete en el mar con su hijo mayor. No juegan con las olas ni se tiran algas. Ellos ejercitan los músculos nadando hasta las rocas. Ida y vuelta varias veces. Papá entrenador sale del agua. Se despeja el pelo de la cara con el brazo dejando ver la potencia de su bíceps. Como sigue enfadado con el hijo blando, continúa con el mayor y le propone competir un poco con el balón. No hay risas. Solo rivalidad de machitos a ver quién golea mejor.

La paternidad y la maternidad es el oficio más duro que hay. Sin manual de instrucciones y con una jornada a tiempo completo, cada uno cría a sus hijos e hijas como puede. Intentándolo hacer lo mejor posible y sabiendo que la perfección no existe. Papá entrenador, sin embargo, aspira a la perfección. Una virilidad mal entendida le lleva a convertir a su prole en aspirantes a atletas profesionales. El deporte no es una diversión sino una obligación física y moral para sobrevivir en un mundo en el que solo hay hueco para los vencedores.

En sus charlas a padres y madres, el divulgador Francisco Castaño, padre de dos jóvenes, profesor de Secundaria y autor de 'La mejor versión de tu hijo' (Plataforma Actual), siempre recuerda la importancia de educar al hijo que tenemos no al que nos gustaría tener. La frase deberíamos grabárnosla a fuego.

Rafa Nadal solo hay uno. Igual que Mireia Belmonte. O Leo Messi. O Almudena Cid. O Pau Gassol.

Entrenar a tu hijo y meterle en la élite, ya sea deportiva o artística, en lugar de criarle puede tener consecuencias devastadoras. Que se lo digan a Mary Pierce, campeona de la raqueta. Su padre, Jim Pierce, era un mal bicho con antecedentes policiales. Vio que su hija, una máquina del tenis desde los 10 años, podía ser una máquina de hacer dinero. Así que se convirtió en su entrenado y su pesadilla. Si la chavala no ganaba se ponía agresivo. Le pegaba, la insultaba, la menospreciaba…Su indecente comportamiento le llevó a ser expulsado de Roland Garros. A partir de ahí, las autoridades deportivas aprobaron un protocolo que permitía proscribir de la pista a entrenadores o familiares agresivos. Mary Pierce odiaba a su padre, le temía.

El pasado mes de mayo, otro papá entrenador, Sergio Giorgi, padre de Camila Giorgi, se puso tan tenso y agresivo en uno de los partidos de su hija en Roma que la jueza de silla sintió tanto miedo que pidió ayuda a un vigilante.

El deporte no es el único terreno de los papás entrenadores. El cantante Luis Miguel es un clarísimo ejemplo de niño esclavo a manos de su padre. La reveladora serie biográfica (disponible en Netflix) narra cómo Luisito Rey, padre de la estrella, convirtió a su hijo en el astro más idolatrado de América Latina. Lo hizo por dinero y sin piedad. El actor Oscar Jaenada (su papel merece un premio) da vida a este monstruo abusador, soez, vulgar e ignorante que no permitió a su hijo tener infancia.

Luis Miguel, Micky, era un niño dotado con una voz privilegiada y única. La serie cuenta cómo su padre solo veía en él una máquina de hacer dinero. Sus abusos fueron épicos. Y sí, Micky se convirtió en una estrella planetaria. A costa de vivir hasta los 18 años en el infierno.

Otro día hablaremos del padre de Britney Spears

Papá entrenador, olvídate de los combates con las palas de playa. Coge a tu hijo y llévale a dar un paseo. A buscar cangrejos en las rocas. O tomar un helado en el chiringuito. O a mirar las nubes. No es tiempo perdido. Es tiempo que ganas. 

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