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Diario de Mallorca

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Trastornos alimentarios

Niños que no comen bien, un problema que puede afectar a cuatro de cada 10

Entre un 1% y un 5% de los menores con muy poco apetito, ingesta selectiva o miedo a la comida, existe un verdadero trastorno de la alimentación

Un niño sin comer frente a un plato de comida. JOSÉ LUIS ROCA

Ya sea en el desayuno, la comida o la cena. En casi todas las familias con niños pequeños los episodios de tensión durante las comidas están a la orden del día. O bien a los niños no les gusta lo que se le ofrece, o bien prefieren jugar a sentarse a la mesa, con lo que conseguir que coman, en ocasiones, se convierte una lucha sin cuartel. Pero se calcula que entre un 20% y un 40% de los niños sanos presenta alguna dificultad en la alimentación, porque el niño rechaza siempre algunos alimentos, se niega a probar alimentos nuevos o come pocas cantidades y en ese porcentaje se incluyen las incorrectas percepciones por parte de los padres. Y de ese porcentaje, entre un 1% y un 5% de los casos existe un verdadero trastorno de la alimentación (TA). Se trata de un problema que no tiene nada que con el deseo de cumplir los cánones de belleza que generan la anorexia o la bulimia, normalmente en adolescentes. Son trastornos que aparecen habitualmente entre los 0 y 6 años, siendo más frecuentes por debajo de los 3 años, especialmente cuando se pasa de la lactancia a la cuchara o de la comida triturada a la sólida.

En 1994, estos problemas se introdujeron por primera vez en un manual como parte de los trastornos mentales y desde entonces han sido varios los intentos de clasificación por parte de la comunidad científica. No obstante, en la actualidad los especialistas usan división que agrupa las dificultades en tres grandes grupos: en primer lugar, los niños que comen poco, no tienen casi nunca hambre y tienen cero interés por la comida. En ocasiones no se encuentra el motivo y otras es causado por una enfermedad orgánica o por problemas psicológicos. Ingesta selectiva

En segundo lugar, los menores con ingesta selectiva, es decir, solo comen determinados alimentos y el resto lo rechazan. En ocasiones el rechazo no tiene que ver con que se les ofrezca verduras, fruta o pescado, los alimentos que en general comen peor los niños, sino que habitualmente rechazan el alimento por su textura, olor, temperatura o apariencia. El autismo a veces provoca este tipo de alimentación tan selectiva. En tercer lugar, se encuentran los niños con miedo a comer o que les genera ansiedad, un problema generalmente provocado por una experiencia traumática relacionada con la alimentación como un atragantamiento o porque se les ha forzado de forma incorrecta.

Pero, ¿cómo saber si un niño tiene un problema o un trastorno de este tipo si estos comportamientos aparecen de forma leve o intermitente? “Hay que consultar al pediatra siempre”, responde Samuel Héctor Campuzano, integrante del grupo de trabajo de gastroenterología de la sociedad médica SEPEAP. El especialista reconoce que hace unos años los pediatras solían “quitar importancia” a estos problemas pero ahora, gracias a que se hacen revisiones periódicas y regladas, que permiten contrastar la evolución del niño, “se diagnostican más” y los profesionales de la salud ponen más énfasis en buscar solución a unas dificultades que casi en el 90% de los casos se curan “con la terapia adecuada”. Motivos para la "alarma"

Campuzano explica que hay algunos indicadores de “alarma” que tienen que llamar la atención a los padres o a los pediatras, como cuando “las comidas son un infierno, el niño tiene fijación extrema por la alimentación, tiene dolor al tragar, tos al comer, o vomita de forma frecuente o cuando tras un suceso grave, deja de comer bien”. En la mayoría de las ocasiones, el problema puede ser resuelto en la consulta del pediatra con un tratamiento para la enfermedad que provoque la dificultad alimentaria; o bien un tratamiento o consejos nutricionales, así como pautas conductuales para disminuir el estrés que provoca la situación en los padres o los hijos y lograr poco a poco reconducir la situación. Para ello, es recomendable marcas horarios y evitar los picoteos entre comidas, con el fin de fomentar el apetito y usar “refuerzos positivos y negativos de manera individualizada”. En ocasiones las familias recurren a que el niño coma delante de la televisión o el móvil. “Es lo fácil, pero es contraproducente”, señala el pediatra. En cuanto a darles premios si han comido bien, “puede ser útil en determinados casos, como darles un alimento que les guste como premio pero un juguete no es buena idea”.

El problema emocional

Y para que prueben alimentos nuevos, no queda otra que hacer “múltiples intentos, ir poco a poco, presentar los alimentos que no gusten en formatos agradables, que ellos participen en la elaboración, usar salsas, nombres sugerentes...”. Pero es importante que los padres “no griten, no se enfaden y muestren siempre una actitud agradable hacia la comida”, señala. No obstante, si los problemas persisten, el caso tiene que ser derivado a una unidad especializada en trastornos alimentarios, en la que trabajan equipos interdisciplinares integrados por logopedas, psicólogos y pediatras especializados y donde se realizan terapias individuales o grupales. En una de estas unidades de referencia, situada en el Hospital Niño Jesús de Madrid, trabaja la pediatra Elvira Cañedo, quien explica que existe un trastorno que requiere atención especializada cuando se detecta en el niño “desnutrición o alteración en el desarrollo psicomotor”, pero también cuando la situación genera un “problema emocional” importante para los padres o para los menores. Y es que hay progenitores que pueden “forzar la alimentación de forma tan inadecuada” que pueden generar en el niño ansiedad y miedo hacia la comida. La doctora Cañedo explica que en el caso de niños que comen poco, los padres no deben obsesionarse con la cantidad, sino con la “calidad”, es decir, “permitir que coman poco pero insistir, no forzar, en ofrecerle variedad y que coman de todo”. “Si se actúa precozmente, no es necesario acudir a una unidad especializada”, concluye.

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