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Diario de Mallorca

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Es Jonquet y Santa Catalina: morir de éxito

Aglomeraciones de gente en la barriada de Santa Catalina. Guillem Bosch

Ha dejado regusto a operación de marketing la presencia policial del último fin de semana en Santa Catalina y es Jonquet. Cort convocó a la prensa para que alabaran el despliegue y fue una utilización un poco bochornosa. Si además la intervención no dio muchos frutos, más parece propaganda y utilización electoral. Si yo fuera policía local, estaría molesta con los políticos.

Cuando los agentes acuden a barrios en los que hay mucha desesperación ciudadana por los abusos incívicos, deben hacerlo sabiendo muy bien cuál es su objetivo. No ayuda nada a la disuasión de los desmanes que antes se advierta, como se hizo en prensa, que las denuncias sirven de poco porque prosperan tarde y mal. Tampoco, según explica Barri Cívic, que no se retiraran los excesos de mesas y gente que ocupaban las aceras y que esa misma noche se arrancaran naranjas y ramas de árboles que fueron lanzadas como proyectiles contra las fachadas de es Jonquet.

La colonización del espacio público de Santa Catalina por las terrazas de los excesivos bares y restaurantes es insoportable. Cort ha demostrado su incapacidad en primer lugar para preverlo y evitar dar tantas licencias, y luego para controlar la aplicación de su pésima ordenanza de ocupación de vía pública. Y estaban advertidos. Analizando la realidad de la calle encontramos: aceras abarrotadas de gente que no deja caminar a nadie, mesas que se exceden de los límites permitidos, consumo de alcohol al aire libre en todo el entorno de los negocios de ocio, gritos, música, extractores de humos que invaden los hogares, suciedad… tenemos pues tres actores del incivismo que deben asumir su responsabilidad. En primer lugar la gente, que para pasárselo bien tiene que molestar al vecindario; en segundo lugar aquellos empresarios (no todos, pero sí muchos) que se exceden en todos los límites de aquello que tienen autorizado y en tercer y más importante, el ayuntamiento de Palma, que tiene la obligación de garantizar el orden, la seguridad y la salud de la ciudadanía, y no lo hace.

Hablé con Carlos Reina, vecino de toda la vida de es Jonquet. Tiene 41 años. Conocí a su madre en la lucha junto a otras entidades y ARCA para salvar ese barrio y el vecino de Santa Catalina del urbanismo depredador. Fue una batalla de David contra Goliat en la que ganamos. Antes ellos habían sufrido la época dura de la droga y la degeneración de ese maravilloso lugar. Pero lo que está pasando ahora les está amargando la vida mucho más que todo lo anterior, me confesaron.

Carlos descarga en nuestra conversación toda su angustia: «He nacido aquí y estoy deseando irme. Me obligan, en realidad querría quedarme. Necesito vivir tranquilo y sin miedo, tampoco pido más. Tenemos que estar encerrados en casa y recluidos porque si sales te la montan. Al llegar del trabajo te zarandean el coche y te insultan. No podemos salir andando. Se meten coca delante de mi hijo con el mayor desparpajo. Mientras esperan entrar a las discotecas o mientras salen a fumar, son decenas y decenas de personas ocupando la plaza del Vapor y callejones. Esto es un meadero público y no solo meadero. El vídeo de sexo al aire libre del otro día, es lo más light de lo que pasa por aquí. La gente es cada vez más incívica. No podemos vivir así y que quede claro que quien destroza todo el entorno, amenaza, insulta, caga, mea y se ríe de los vecinos, son españolitos, de cada diez solamente habrá un turista». «Si algún día acaba este drama, el barrio lo disfrutarán los ricos y extranjeros, porque nosotros ya no estaremos».

Cuidado con el hartazgo de la gente. No hemos luchado tanto por es Jonquet y Santa Catalina para que mueran a manos del incivismo galopante favorecido por una concentración inasumible de los negocios de ocio. No está únicamente en juego el bienestar de los vecinos de unos barrios. Aquí está en juego la propia democracia. Si quien gobierna no es capaz de escuchar las necesidades de quien habita la ciudad, hacer realidad el orden y defender la salud de las personas, estas se alejarán cada vez más de sus gestores y las consecuencias pueden ser imprevisibles.

Lo único que anima a Carlos es que no se siente solo. «Los vecinos de aquí ahora no paramos de grabar vídeos y dar caña. Nos hemos unido a Barri Cívic y así tendremos más fuerza».

Buen camino. Ayudaremos en lo que podamos. Y no me olvido de que cosas parecidas pasan en sa Llotja, en la Plaça de la Mercè, en la den Coll, en la de la Quartera y en muchos puntos negros de Palma, producto de una permisividad que mata la paz y la calma.

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