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Carles Francino

Vidas ejemplares

No hace falta lucir en TikTok hectáreas de tatuaje para dar lecciones de buenos sentimientos. Pero las redes lo multiplican todo y por eso la historia del chaval de 16 años pluriempleado para ayudar a su familia, y que recomienda a otros de su edad no hacerse el longuis, acumula millones de visualizaciones. Se lo merece porque desmonta dos mantras: que los jóvenes sean unos descerebrados que solo aspiran a convertirse en youtubers millonarios; y que todo quisqui vaya a su bola, sin importarle un carajo lo que pueda ocurrirles a los demás. Pues no. O no siempre. De hecho, estos días he podido conocer otra historia que también lo desmiente: la de un pianista de Granollers que se ha empeñado en salvar a un condenado a muerte en Ohio. Casi 7.000 kilómetros les separan, pero les unen la música y la justicia. O la sensación de injusticia, en este caso.

El pianista se llama Albert Marqués y lleva tiempo afincado en Nueva York; el reo es Keith Lamar, creció en un barrio de Cleveland, rodeado de droga y delincuencia, y lleva 30 años esperando que lo ejecuten. Le dieron a elegir: inyección letal o silla eléctrica. Si viviera en otro Estado, tal vez le hubieran propuesto la horca o el pelotón de fusilamiento. Detalles tan macabros -y tan reveladores- como estos aparecen en las páginas de El jazz suena en el corredor de la muerte, un libro que no es solo un alegato contra la pena capital sino un recorrido por las costuras -y las cloacas- de un país, Estados Unidos, donde la desigualdad castiga a los negros con el rigor de una plaga bíblica. Se llama racismo. Y donde las cárceles no son un proyecto de reinserción, sino un negocio a gran escala.

A Keith Lamar le colgaron la responsabilidad de cinco asesinatos durante un motín en un proceso lleno de irregularidades, incluida la compra de testigos para incriminarle. La música, sobre todo la de John Coltrane, le ha permitido no volverse loco. La amistad de otro enamorado del jazz puede que le ayude a empezar de nuevo. Porque la empatía, esa que desaparece cuando deshumanizamos a los demás, no tiene límites ni fronteras. Da gusto comprobarlo.

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