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Alex Volney

El gran animal

Marruecos y luego Libia. Naturaleza desatada. Voltaire en los Diálogos de Evémero lo deja claro, no hay injusticia divina, hay ineptitud humana que obviamente no se atribuye a las víctimas y sí a la soberbia de aquellos que dirigen el futuro de las gentes. Ese elitismo que tanto gustaba al Sr. Josep Pla, claro que por eso la aborrecía tanto, cuando no se presentaba domesticada. Hay páginas y páginas de evocación del paisaje bajo la tutela de la mano del hombre acotando lo silvestre y administrando el color de los paisajes. Otros tantos escritos atribuyendo todos los males a Rousseau y a la esencia de la misma naturaleza. Pla aborrecía la parte no controlable de la naturaleza pues pertenece a ese ámbito que el capital no puede comprar. El idealismo ideológico suponía todo lo contrario, en su raíz aristotélica, la vida y la muerte igualando a todos los mortales. El capital lleva siglos intentando conquistar la inmortalidad y cuando más cerca ha estado de conseguirlo ese maldito bicho pandémico lo vuelve a poner en jaque. Ése es exactamente el punto que aborrecía el autor de Llofriu convencido de ir en el caballo blanco de su platónica formación. Cuando Ulisses reposa donde yace la ninfa Calipso surge el eterno dilema aunque finalmente opte por continuar el curso de la vida más terrenal, el que iguala a todas las gentes.

Durante del año 1980 Josep Pla ya se iba debilitando pero continuaba con su extraordinaria carrera literaria y llevando una vida relativamente activa. Seguiría escribiendo hasta enero y febrero de 1981. Intentó no abandonar hasta el último aliento. Carpeta bajo el brazo con nuevo proyecto hasta el final. Dijo a Vergés, su editor, que si podía haría un último libro «sobre la vellesa» y lo que hizo fue un libro sobre la belleza: Els darrers escrits O.C. 44 (Destino). A la belleza de la vida en su singular y agradecido repaso. Evocando sus orígenes, sus padres y dando gracias por haber vivido como lo hizo, siendo natural de un país, l’Empordà, que es uno de los mejores rincones del mundo.

Este volumen contiene un orden cronológico considerable en el que es casi un testamento vital e ideológico. En sus capítulos se va despidiendo mientras escribe bajo la campana del mas Pla. Este autor, finalmente, ofrece un conjunto de 30.000 páginas que no conocen igual en la literatura del país después de Ramon Llull. Su pensamiento queda fielmente reflejado en este volumen que es uno de los más importantes del más grande autor que han dado las letras catalanas.

El gran animal Ilustración: Lluc M. Berber

Queda bien claro que el origen, en parte, de su ideología viene formado por la misma experiencia. Educado en los maristas vivió el contrapunto federal y anticlerical como tradición de Palafrugell, pero hubo ese punto de inflexión en el rayo que fulminó a su abuelo materno cuando en medio de una tormenta se asomó a la ventana. Estaría siempre en el bando de lo doméstico, del paisaje humanizado y en contra, absolutamente, del llamado, por él mismo, la gran bestia: «he lluitat contra els estralls del Gran Animal de la Naturalesa, constantment» «tinc un odi acèrrim i constant contra la Naturalesa» Pla repetía que era militante, y con carnet, de los «antidoloristas», por otro lado un amplio sector de gente en la que caben incluso aquellos que tienen auténtico pánico a los dentistas, grupo al que también pertenecía el escritor.

Pero como parte de la coherente elaboración de un discurso, Pla fue muy fiel a su bando, siempre estuvo del mismo lado aunque fuese por diferentes motivos o en muy diversas circunstancias. La naturaleza contra el hombre. Palafrugell tuvo en ese punto un papel crucial en la polarización y Pla no militaría nunca en el bando de los idealistas, los mismos que defendían la llamada «Ley Natural» y que entre otros argumentos defendían que la muerte nos iguala a todos, ricos y pobres. Esos postulados se despliegan en los papeles del autor Constantine Françoise de Chasseboeuf, pero eso ya es cuestión para otro día.

Josep Pla, en su línea, siempre dijo lo que deseaba a la hora de la llegada de su final: «espero que mi enterraran al costat» (de la seva àvia Marieta) y en la misma línea de sus Darrers escrits iba ya advirtiendo en cada capítulo su rechazo a la naturaleza y su confianza absoluta en lo más artificioso aunque fuese su titubeante, único e irrepetible legado literario. Se iba despidiendo: «si aquest pobre paper té algun lector, li desitjo salut i pau».

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