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Ana Martín

A nadie le importa

Veintisiete años se tiró Ignacio Quereda Dizque entrenando a la selección española femenina. Veintisiete indolentes años, lentos como una mala enfermedad, en los que no consiguió nada relevante.

Trescientos veinticuatro meses en los que no se le caían de la boca más que desprecios a las jugadoras por las cuales seguía cobrando su sueldo.

Nueve mil ochocientos cincuenta y cinco días en los que su equipo aguantó insultos machistas y afirmaciones homófobas, maltrato psicológico continuado, desprecio a su trabajo, pellizcos ancien régime y toda clase de ninguneos que parecía que iban a durar para siempre, porque en aquel tiempo a nadie le importaba.

Hasta que empezó a importarles a las nuevas generaciones de jugadoras, que entendían que los abusos de poder se debían denunciar, que algo estaba cambiando en la conciencia de este país y que era el momento de decir «basta». Y escribieron una carta. No era la primera vez que sucedía, pero ahora tenían la intención de que trascendiera. Y hubo presión en medios y redes y cesaron al míster, a pesar de que tenía apoyos de relumbrón, claro, apoyos importantes como el entonces presidente de la Federación Española de Fútbol, Ángel María Villar, su íntimo amigo, que lo intentó zanjar todo con el previsible «esto es un caprichito de las niñas». Lo cuentan ellas mismas en el documental Romper el silencio, emitido hace menos de dos años en Movistar +.

Villar cayó después, no por machista sino por corrupto.

Y llegó Jorge Vilda a entrenar a la selección femenina. Y, aunque el trato cambió, se quitó de encima a las jugadoras que habían denunciado el comportamiento deplorable de su antecesor porque ya se sabe que mujer que protesta, molesta.

Vilda, el que el domingo pasado dijo, sin pudor, «somos los campeones del mundo», como si decirlo en femenino después del despliegue de maestría de las futbolistas fuera una concesión que no estaba dispuesto a hacer. Para seguir recordándonos que el fútbol es suyo, de ellos.

Y llegó a la Federación Luis Rubiales, ese que hasta hace nada se creía tan impune como para apretar, confianzudo, a la reina. Como para tocarse la entrepierna en el palco, haciendo el mismo gesto que aquel cuervo repugnante que sacaba José Luis Moreno en los tiempos de la caspa, sin importarle que hubiera una menor, la princesa, a su lado. Como para manejar la celebración del triunfo baboseando a diestro y siniestro y besando a la fuerza a Jenni Hermoso.

Todo eso, que para su desgracia

y nuestro disgusto hemos visto tantas veces desde entonces, lo colocó en el foco sin posibilidad, esta vez, de escaquearse, a pesar del silencio ominoso que se instaló entre los futbolistas masculinos y que solo se tornó protesta cuando la presión era ya insoportable.

Y, aunque parecía imposible caer más bajo, además de no anunciar su dimisión tuvo ocasión de tener un último gesto miserable, una última rubialada, queriendo arrastrar en su caída a la futbolista, presionándola para que lo acompañara en el vídeo de disculpas más sonrojante y menos creíble de la historia.

Hace unos años esto a nadie le importaba. Pero, qué cosas tiene la evolución, ahora nos importa a cientos de miles -de manera transversal, de ideologías diferentes- que los abusadores, los machistas, los que se tocan la entrepierna y la nombran de continuo para hacernos creer que su poder reside ahí, no se salgan con la suya.

Por mucho que Quereda defienda a Rubiales y Villar a Quereda y Rubiales a Vilda, los Quereda y los Villar y los Rubiales y los Vilda que en el mundo son van a tener que entender, cada uno a su manera, de una vez por todas, que aquello de «el fútbol es así» se ha quedado viejísimo en un par de semanas escasas.

Qué partidazo, señoras.

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