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Yolanda Román

A pie de página

Yolanda Román

Especialista en políticas públicas

Todo es mentira

En la era del relato destructivo y deshumanizador basado en el engaño, las ‘fake news’, ‘deep fake’, la desinformación y todo tipo de corrientes negacionistas se propagan como un fuego arrasador

Es posible que Ana Frank no escribiese su famoso diario. Hay teorías que defienden que sus escritos fueron revisados y editados por su padre antes de ser publicados. Algunos investigadores sostienen que fueron obra de otra u otras personas. Si se confirmaran esas teorías, ¿tendríamos que concluir que El diario de Anne Frank es una gran mentira? Y en ese caso, ¿perdería su valor como testimonio conmovedor de los horrores de la guerra? Aún si no hubiese sido escrito por la joven judía, esta narración seguiría siendo una poderosa referencia. Los escritos originales, encontrados después de la Segunda Guerra Mundial, tienen un valor narrativo, descriptivo y evocador intrínseco, ya sean puro testimonio de su puño y letra o mero relato ficcionado, por otros o por ella misma.

El ser humano tiene un don extraordinario para construir relatos que no solo explican el mundo, sino que tienen la capacidad de transformarlo. Los mitos, las leyendas, las parábolas, las novelas, las películas son artefactos narrativos que han moldeado los imaginarios colectivos, influyendo de manera significativa en la configuración de las sociedades mediante la transmisión de ideas y valores. Es lo que Harari destaca como la revolución cognitiva de la especie humana, gracias a su capacidad única de contar historias, de crear ficciones. Es la narración de los hechos lo que da o quita entidad a los acontecimientos, colectivos o individuales. El relato proporciona una estructura básica para la interpretación y la comprensión de las experiencias, permite domeñar la complejidad de lo que acontece y crear significados, explicaciones e identidades, ya se trate de la muerte, de una guerra o del amor. Para lidiar con la realidad necesitamos la ficción. Para vivir, necesitamos mentirnos y que nos mientan. Hay miles de ejemplos.

Los relatos que nos explican la realidad no son necesariamente objetivos ni neutrales. Al contrario, inevitablemente contienen una carga ideológica, una visión y una determinada propuesta del mundo. Pueden incluso responder a una agenda política concreta. Esto no es necesariamente malo, salvo por el propósito que los anime y las consecuencias que provoquen. El exterminio judío perpetrado por los nazis fue posible gracias a un gran relato de superioridad construido con desinformación, manipulación y propaganda que muchas personas quisieron creer.

Vivimos en la era del relato destructivo y deshumanizador. Las fake news (noticias falsas), el deep fake (imágenes o vídeos manipulados), la desinformación masiva y todo tipo de corrientes negacionistas son relatos de distorsión basados en el engaño y se propagan como un fuego arrasador. Las redes sociales están llenas de historias y noticias fabricadas con la intención de engañar, desinformar y desestabilizar, de manera maliciosa y con el propósito y la capacidad de perjudicar y destruir algo o a alguien. Combatir esta plaga depende en gran medida de la responsabilidad individual de los ciudadanos, de su autoexigencia crítica y de verificación. Ninguna regulación puede acabar con el sesgo de confirmación, de la verdad ilusoria y de otros condicionantes que nos hacen propensos y vulnerables a la manipulación. Sólo un compromiso ético personal con la belleza puede protegernos de tanta mentira. Que nos mientan, sí, pero que nos mientan bien.

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