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Daniel Capó

Las cuentas de la vida

Daniel Capó

El fracaso de Solbes

Europeísta convencido y liberal moderado, Pedro Solbes ha sido una figura trágica en nuestra democracia

Pedro Solbes. DM

El fallecimiento de Pedro Solbes –leo que a causa de un cáncer de hígado–, tan joven aún a sus ochenta años, conduce irremediablemente a la melancolía. No sólo fue el mejor y más cabal de los ministros de Economía que ha tenido nuestro país en democracia –junto a Carlos Solchaga y Miguel Boyer–, sino también un personaje trágico bajo el sereno velo de alto funcionario. En una cultura mediática como la nuestra, en la que el éxito o el fracaso se miden de acuerdo a un share de audiencia o al número de likes en una red social, el gran error de Solbes fue mentir a sabiendas en el debate televisivo con Manuel Pizarro en plena contienda electoral. Solbes negó que la crisis originada en Estados Unidos fuera a afectarnos, si bien la realidad se encargaría muy pronto de desmentirlo. El crack de 2008 destrozó España y la responsabilidad de aquel gobierno fue mayúscula, como también lo había sido la del gobierno anterior. La pregunta clásica de Vargas Llosa («¿cuándo se jodió el Perú?») admite en nuestro caso una respuesta relativamente sencilla: en la última legislatura de Aznar y en los años posteriores de Rodríguez Zapatero. Por motivos diferentes, es cierto, y con perfiles ideológicos, de trabajo y de gestión también dispares, fueron los responsables de las dos grandes legislaturas perdidas de nuestra democracia. Ambos –el segundo Aznar y Zapatero– lo tuvieron todo a su favor para continuar con la modernización efectiva de un país que volvió a perseguir sus fantasmas ancestrales, en lugar de centrarse en la letra pequeña del progreso. El optimismo, el flujo de dinero europeo, una demografía aún favorable, los bajos tipos de interés, unos presupuestos equilibrados: todo jugaba a favor de una oleada reformista que hubiera asentado dos décadas más de prosperidad. Fueron siete u ocho años –de 2000 a 2008– en los que se hubieran podido consolidar las cuentas públicas de cara al futuro sin las urgencias de ahora –las pensiones, por ejemplo–; se hubieran podido liberalizar los mercados, afinar los modelos de contratación laboral, despolitizar las instituciones, modernizar la fiscalidad (¿quién se acuerda ahora del tipo único en el IRPF que propugnaba entonces el PSOE y que nunca llevó a cabo?); se hubieran podido elevar la exigencia en la educación o atajar a tiempo la burbuja inmobiliaria. Se optó por tomar otros caminos, más rentables –quizá– electoralmente, mucho más empobrecedores a la larga. Luego, todo empeoró aún más.

Solbes no supo –o no tuvo la fuerza suficiente– para frenar aquella deriva que acabaría descomponiendo el país. En sus memorias, narró escenas incalificables acerca de la frivolidad que reinaba en el Consejo de Ministros. Otro miembro del Gobierno de la época, César Antonio Molina, ha contado anécdotas similares. Cuando la ideología y los intereses partidistas carecen de freno, las consecuencias son demoledoras. No hay necesidad alguna de idealizar el pasado, pero sí de constatar una mutación: la pérdida de la voluntad ilustrada que se produjo en aquellos años y que dio paso a una realidad política, mediática y humana mucho peor. El debate público se empobreció al mismo ritmo que los salarios se estancaban y la deuda crecía en medio de una feria del derroche. La de Pedro Solbes fue una de las últimas voces moderadas que intentaron limitar los daños de un incendio que aún perdura, para alegría de quienes pretenden destruirnos, de acuerdo con el viejo lema revolucionario de «cuanto peor mejor». El fracaso de Solbes ha sido también nuestro fracaso.

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