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Meryem El Mehdati

Meryem El Mehdati

Escritora

‘Instamamis’

Hace poco, Samantha Vallejo-Nágera publicaba en Instagram un vídeo en el que regañaba a su hijo pequeño por ver la televisión fuera del horario en el que se le permitía hacerlo. El menor se asusta ante la idea del castigo y rompe a llorar. Unas 829.000 personas vieron ese vídeo, algunas pincharon en «me gusta», otras mostraron su desacuerdo con la publicación en la sección de los comentarios. Alguien lo compartió en otras redes sociales, donde a su vez se volvió a compartir una, y otra, y otra vez sin ningún tipo de control. Se escribió sobre él en columnas y en hilos, muchos famosos opinaron al respecto posicionándose a favor de la madre o en su contra, el tema se alargó hasta lo insoportable y luego todo el mundo pareció olvidarlo. Ella borró el vídeo. Su hijo luce feliz en las fotos y en los vídeos que ha seguido subiendo de él. Donde hay likes no manda marinero.

Nunca dejará de sorprenderme la facilidad con la que muchos padres comparten en redes sociales cada detalle íntimo de la vida de sus hijos: sus primeros pipís, sus primeros pasos, sus enfermedades, el primer día en la guardería, su primer «mamá» o «papá». Me incomoda en exceso porque por muy inocente que parezca este tipo de contenido, nunca puedo ignorar el hecho de que una persona adulta está usando a menores de edad para generar engagement e ir consiguiendo más seguidores. Haga la prueba: cuando usa Instagram (si es que lo usa, claro), ¿a qué tipo de vídeos e imágenes suele dar «me gusta» casi sin pensar? En mi caso es bastante fácil: los vídeos de animales están en mi top ten, sobre todo si el protagonista es un perro. Luego, los reels tiernos de bebés. En algún momento dimos por normal estar al tanto de las vidas de críos que ni nos van ni nos vienen solo porque sus padres así lo creen necesario. Nadie nos obliga a seguir esas cuentas, pero su contenido se difunde queramos o no, así que tarde o temprano nos llega, ya sea porque el algoritmo considera que será de nuestro interés o porque una amiga o un conocido lo va a compartir con nosotros y nos va a decir: «Ay, mira qué monada».

Lo que más me preocupa de todo esto es la proliferación de un grupo social que se autodenomina instamamis. Aquí entran todos los progenitores que tienen un perfil público en redes sociales en los que cada día, ¡cada día!, comparten imágenes y vídeos de sus hijos, siempre menores de edad. En función de su número de seguidores cierran acuerdos con marcas que se los rifan y que los patrocinan a cambio de una foto o un vídeo. Nunca habrían conseguido aglutinar a tanta gente en la pestaña de «seguidores» de no haber sido por el contenido que comparten sobre sus hijos, por lo que su única manera de mantenerlos es compartiendo cada vez más detalles privados, firmando más colaboraciones y vendiendo una idea en ocasiones hasta ridícula, ñoña e infantil de lo que es una familia. El derecho a la intimidad y al honor de esos niños y esas niñas no pertenece a sus padres, sino a ellos mismos, a los niños. Si no pueden decidir qué van a cenar, ¿cómo pueden consentir que se compartan detalles de sus vidas de los que quizá se avergüencen en un futuro?

Tengo la certeza de que muchos adultos tratan a sus hijos de una forma en la que jamás consentirían ser tratados si cambiasen las tornas. ¿Cómo se sentirían si su superior inmediato en el trabajo se grabase abroncándolos y luego subiese ese vídeo a Instagram o a YouTube? ¿No se sentirían humillados? ¿No denunciarían a esa persona por haberles grabado sin su consentimiento y por haber difundido ese vídeo? De vez en cuando veo por la calle a alguna madre o algún padre zarandear a su hijo y un calor rabioso me sube por el cuello: ¿se atreverían a tratar de esa forma a otro adulto, o solo lo hacen con ellos porque saben que no se pueden defender? Últimamente todo es vendible, y lo extraño es que existan personas que se nieguen a formar parte de este tipo de circos. Los niños de mañana se gritarán en el patio del colegio: «¡Ayer vi en mi casa el vídeo que subió tu padre a Internet cuando naciste, qué asco! ¡Qué feo eras!». Me parece terrorífico.

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