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Alfonso González Jerez

Presidente de la FIFA

Alfonso González Jerez

Limón & vinagre | Giovanni Infantino: El CEO del fútbol planetario

Giovanni Infantino aplaude a los jugadores de Suiza y Camerún antes del encuentro disputado el pasado jueves. FABRICE COFFRINI / AFP

En la mejor novela de Vargas Llosa, Conversación en La Catedral, está una pregunta (se la hace un personaje a otro) que ha servido de metáfora de muchas fragilidades e inocencias: «¿Cuándo se jodió el Perú?». Cuando uno escucha a Giovanni Infantino se pregunta cuándo se jodió el fútbol. Pero es una ingenuidad. El fútbol está jodido para siempre desde hace mucho tiempo. Desde que se convirtió en un negocio planetario en manos de algunas multinacionales alrededor del cual, como un sistema resistente pero inestable, orbitan políticos, abogados, inversores, empresas, jugadores, publicistas... Infantino es apenas el último CEO de Todo es Fútbol S. A. Algunos lo consideran un mafioso. Un consiglieri. Eso es profundamente injusto, porque no puede ser otra cosa.

Antes que en la FIFA, Infantino hizo carrera en la UEFA -la confederación más potente de la FIFA-, y la hizo de manera fulgurante. Hijo de modestos emigrantes italianos en Suiza y aficionado al fútbol desde pequeño, se había licenciado en Derecho por la Universidad de Friburgo a principios de los noventa y poco después se convirtió en secretario general del Centro Internacional de Estudios Deportivos de la Universidad de Neuchâtel. Es políglota y habla inglés, francés, alemán, italiano, español, portugués y (dicen) árabe. Llegó a la UEFA en el año 2000 y ya en 2004 fue designado director de la División de Asuntos Legales. Sin duda era un buen abogado, pero sobre todo deslumbraba por su capacidad para las relaciones públicas. Despliega el mapa de sus relaciones personales como la cartografía de un plan de batalla y jamás olvida un nombre, una responsabilidad, una anécdota.

No es -no lo ha sido hasta ahora, al menos- un avasallador. Al contrario; su técnica de envolvimiento consiste en escuchar. Puede pasarse horas escuchando, y repitiendo con un delicado énfasis las frases de tu discurso que más te gusta oír, y en ese momento te hace una propuesta que pareces haber hecho tú. Entre 2004 y 2008 se dedicó, por tanto, a reforzar las relaciones de la UEFA con la Unión Europea, el Consejo de Europa y los gobiernos de casi todo el continente. Fue a la vez abogado, diplomático y directivo de la organización. A finales de 2008 lo nombraron secretario general adjunto y en 2009 secretario general. Infantino continuó la labor ya emprendida de adecentar ideológicamente la UEFA añadiendo al discurso oficial las dosis convenientes de antimachismo, inclusividad, ecologismo y demás fragancias modernas. Lo mismo ha hecho (fomentando congresos, simposios, cursos, talleres, colaboraciones con universidades y ONGs) al frente de la FIFA, para la que fue elegido en 2015, para sacarla total y definitivamente de los tiempos machos, broncos y cavernícolas de Juan Havelange, ya dulcificados bajo la batuta de Roberto Guerin.

Por supuesto, el objetivo estratégico de Infantino y su equipo directivo en la FIFA -donde tiene un papel especialmente relevante Arsene Wenger, exentrenador del Arsenal y hoy director de Desarrollo de la entidad- es fortalecer las bases del negocio y aumentar la ya fabulosa rentabilidad del mismo. Una vez plenamente controlada la organización y relativamente en calma en materia de corrupción, Infantino se ha lanzado ya a culminar su trabajo. Y lo que se le ha ocurrido, simplemente, es que la vaca debe ser más y mejor ordeñada. ¿Por qué un Mundial de Fútbol cada cuatro años? ¡Si es un negocio magnífico! Hagámoslo cada dos años. Si para ello es necesario modificar calendarios de competiciones internacionales o incluso nacionales, pues se modifica para ajustar todas las piezas.

Infantino ha argumentado que actualmente existen «demasiados partidos intrascendentes». En realidad, lo que quiere decir es que son demasiados los partidos con una rentabilidad mezquina, baja o insuficientemente repartida. Es mejor para la aristocracia mundial del balompié -las selecciones potentes, los grandes equipos europeos y americanos- menos partidos pero en una competición más atractiva para el gran público: los infelices que agitan banderitas de sus países y llenan los bolsillos de empresas, directivos, entrenadores y jugadores sin patria. Esta estrategia coincide formalmente con la de Florentino Pérez y su invento non nato de la Superliga. De hecho, la UEFA mira con suspicacia, cuando no con abierta hostilidad, tanto el Mundial bianual como la Superliga del príncipe merengue. Acaso teme -tal vez con alguna razón- que el jefe de la FIFA podría ser capaz de proponer un Mundial cada seis meses. Infantino no se arruga. Catar ha acogido el Mundial.

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