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Matías Vallés

Al Azar

Matías Vallés

La ultraderecha también pierde

La ultraderecha es el enemigo ideal, porque encarna a todos los demonios. Los progresistas en perpetua aflicción insisten en la temeridad de no sentir pánico por el auge de lo irracional, pero qué diferencia hay entre obsesionarse con los neopostfascismos y votarlos. Los gigantescos Estados Unidos, Rusia, China o Brasil son ejemplos de la pujanza extremista, pero las elecciones brasileñas administran la verdad turbadora de que la ultraderecha también pierde en las urnas. Otra cosa es que sepa perder. La derrota de los maximalistas golpea a sus fieles cegados, pero cuestiona sobre todo a los denunciantes de presuntos monstruos inexpugnables. El votante no es ultra, es volátil, solo quiere fastidiar.

En vez de rendirse a una imaginaria ultraderecha imbatible, los asustados deberían aprender de la flexibilidad evangelista, que aupó a Bolsonaro como el hijo del Mesías y tras su derrota señala que «Dios ha hablado a través de las urnas». La mitificación de la extrema derecha desde la izquierda llega al punto de que habla de una victoria exigua de Lula, por dos millones de votos y dos puntos porcentuales. Es una diferencia más amplia que la obtenida por John Kennedy para llegar a la Casa Blanca, la misma que coronó presidente a Richard Nixon. En 2004 se dictaminó que Bush hijo aplastó a John Kerry, sin llegar a tres puntos porcentuales.

Solo soy lulista en la variante medieval de Ramon Llull, por lo que entre Lula y Bolsonaro prefiero no elegir. Sin embargo, el perdedor enclaustrado tras la derrota tiene derecho a preguntarse si tal vez hubiera ampliado su base con algo parecido a la moderación. Del mismo modo, cabe plantear científicamente si la victoria del pseudosocialdemócrata brasileño se debe a que osciló sin traumas hacia el populismo. La constatación de que la ultraderecha también pierde elecciones obliga a reexaminar sus victorias. Quizás el húngaro Orban sabe sintonizar con sus ciudadanos, al margen de su ideología y a diferencia de sus pares democráticos. En fin, el PP demuestra que la derecha tolera la corrupción pero no perdona la derrota, así que Bolsonaro deberá protegerse en especial de la ira de sus partidarios.

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