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Norberto Alcover

Hacia lo profundo

Uno se hace mayor y contempla la vida, la sociedad y las personas con mayor distancia, como si la cosa ya no fuera con él. Es tal el desbarajuste mundial y la permanente caída de mitos aclamados por multitudes, que aparece la pregunta del millón mientras la desconfianza se abre paso en el alma: qué es lo realmente importante en momentos como los nuestros, dejando de lado las preocupaciones obvias que nos asaltan desde los medios cotidianos. La pregunta te golpea y casi ni te atreves a dar con la respuesta por temor a la que pudiera ser. Porque hay preguntas que dan paso a respuestas más inquietantes. Tal vez, el ser humano pregunta poco porque aborrece esas respuestas que le comprometen y trasladan a horizontes dolorosos. Pero intentamos responder a la pregunta formulada. Vayamos más allá de lo inmediato, de eso de lo que discutimos un día y otro día. Por una vez, trascendamos los arrabales y alcancemos el centro de la ciudad.

Diez años después de la fundación del Colegio de Montesión, en 1571, llegaba a Mallorca un hombre ya maduro, protagonista de pérdidas económicas, familiares y hasta ciudadanas, como quien arriba a su paraíso perdido. Era segoviano y se llamaba Alonso Rodríguez. Tras años de intentarlo, había conseguido ingresar en la Compañía de Jesús y, tras una breve época valenciana, era destinado a esa isla en que fondeaban misteriosos veleros. Hasta 1617, año en que murió, permaneció como portero en la recepción, diríamos hoy, de aquel colegio, tan novedoso en la sociedad mallorquina por sus métodos y maestros. En su sencilla portería, se dedicaba a recibir a todos los que se acercaban al edificio, en ocasiones charlaba con alumnos y en otras intentaba socorrer a mendigos, pero nada que ver con sus compañeros de comunidad que alternaban con señores y obtenían el aplauso ciudadano. El segoviano recalado en Palma de Mallorca, seguramente sabía poco de la conmoción social que agitaba la isla, porque él estaba en lo que estaba, en su portería, en ese claroscuro de los sencillos de este mundo, en su refugio interior, como quien está pero se hunde en el misterio. Alonso era un religioso bueno, cumplidor, afable, de quien, eso sí, se comentaba su fama de santidad. Pero este detalle no interfería en las agitaciones sociopolíticas de la sociedad mallorquina. De vez en cuando, acompañaba a algún sacerdote hasta el Castillo de Bellver, y tenía extrañas experiencias, que se perdían en la maleza.

Prácticamente nadie recuerda a los protagonistas de aquella sociedad y mucho menos de la comunidad jesuita correspondiente. Pero con el paso de los años, la memoria del elemental Alonso Rodríguez se ha ido ampliando, sencillamente porque ha resultado admirable en su trabajo cotidiano, en sus fascinantes escritos, que redactó obedeciendo al superior de turno, en su ejemplar acogida a cuantos llegaban al Montesión y, en fin, a su ejemplaridad religiosa. Pero, sobre todo trasciende de su persona una potente luminosidad, propia de los que viven hacia adentro, además, se pierden en el pedagógico misterio de Dios. Desde 1617, año tras año, como si nada, el mundo ha ido conociendo más y mejor a este hombre perdido en una pequeña isla mediterránea. Cuando era niño, recuerdo que subir hasta la urna donde se conserva su cuerpo, era una experiencia indescriptible: siempre estaba allí, como quien guarda un valioso tesoro, siempre diciendo su frase paradigmática: «Ya voy, Señor». Pues en todos descubría la visita del Señor Jesús, a cuya causa había entregado su vida entera. Y sigue estando.

En estos momentos, multitudes de alonsos se esparcen por el planeta, nadie los aclama pero ellos y ellas sustentan las miserias ajenas y las convierten en esperanzas. Existen en todos los grupos humanos, se les considera virtuosos y hasta necesarios, pero nada más. Son esa gente buena sobre la que construimos nuestras ambiciones tantas veces inconfesables, mucho más sabias que tantos intelectuales a la violeta y más decisivas que los poderosos de turno. Son los santos cristianos y los santos laicos, en palabras de Camus. Son la respuesta a mi pregunta del comienzo de estas líneas: qué es lo realmente importante en este momento de nuestra gran y pequeña historia. Por qué vale la pena luchar. Cuál es el tesoro escondido. Cómo salir de tanta frivolidad como nos invade y de tanto poderío como nos abruma. Los actuales alonsos son la respuesta, por mucho que nos fastidie.

Es el momento de ir a lo profundo, a esa zona de nuestras vidas y personas donde nos encontramos con la verdad a secas, sin posibilidad de mentiras y engaños. Tal vez, no sea un camino fácil, como las subidas a Bellver de nuestro Alonso tampoco lo eran; el sol, el terreno empinado, los años. Hay que saber retirarse a lo más hondo de uno mismo y mirarse en el propio espejo y preguntarse por el sentido de nuestras aspiraciones existenciales. Y después, claro está, salir al exterior y pronunciar palabras solidarias y constructivas. Hasta percibir la verdad de estas palabras de Rosa Montero: «Cuanto más me acerco a lo esencial, más difícil es nombrarlo». En definitiva, exactamente lo que hizo Alonso toda su vida. Y ahí está.

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