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Pedro Coll

Nacido Cassius Clay

Muhammad Alí, firmando en la pared del Gran Casino Mallorca, junio 1979. ©Pedro Coll

Este personaje irrepetible está en la memoria de toda una generación. Su agilidad mental y de palabra, paralela a la de sus pies y de sus puños, su brillante desparpajo, su versión de haber cambiado su nombre de ‘esclavo’-nacido Cassius Marcellus- por el de Muhammad Ali tras su conversión al Islam, su activa contestación a la Guerra de Vietnam que le tuvo un tiempo entre rejas, defensor de los derechos de los afroamericanos, amigo de Malcom X y del controvertido cantante de ‘soul’ Sam Cook, ambos asesinados por sus ideas, su brillante lucha frontal contra el racismo… quien me iba a decir a mi que un día me lo encontraría frente a frente.

Nos remontamos al verano de 1979. Yo estaba aún en pleno despegue profesional como fotógrafo. Un día me llaman de una agencia de publicidad de Barcelona, dirigida por el entonces conocido comunicador Mario Beut. Contactan conmigo porque Muhammad Ali va a enfrentarse a Jimmy Ellis en un combate de exhibición en el Gran Casino Mallorca. Era un acontecimiento, pues se estaba anunciando su retirada de los rings. Esta agencia representaba la marca textil ‘Cóndor’ y había apalabrado con el entorno del boxeador unas fotos para unos anuncios de calcetines. No había proyecto creativo previo porque no tenían ni idea de cómo reaccionaría Ali al enterarse. La agencia de publicidad lo había acordado con su manager, a espaldas del boxeador, y lo que estaban poniendo en mis manos tenía el aspecto de ir a acabar en un «aquí te pillo, aquí te mato». Improvisamos un estudio en un salón de actos del Casino y pasamos unas horas interminables esperando a que hiciera acto de presencia el boxeador. Conmigo estaban mi ayudante, dos ejecutivos de la agencia, una maquilladora/estilista y una parejita, niño y niña, que iban a participar de alguna manera. De repente, como un vendaval, entra en la sala Muhammad Ali acompañado por otros personajes y se va directo al escenario, un fondo sin-fin blanco en el que habíamos preparado una iluminación muy genérica. Vi que él ya sabía a lo que iba y que quería liquidarlo rápido. También él había intuido cual iba ser mi papel en la historia, pero no hizo ademán de saludarme. Por puro principio de reciprocidad, de entrada, yo también me hice el sueco. Situación rara, para empezar.

La sesión fue de esas que quieres olvidar y la cuento sólo porque ha pasado mucho tiempo y ahora me parece rica en detalles y divertida. Muhammad Ali iba equipado como si fuera a enfrentare al mismo Sonny Liston, pero en vez de los típicos borceguíes de boxeador calzaba unos calcetines ‘Cóndor’ blancos coronados con rayas circulares azules y rojas, algo que no contribuía precisamente a dignificar su imagen icónica. Intentaba disimular un ya incipiente abdomen cruzando sobre él aquellos enormes guantes. Los creativos de la agencia situaron en el escenario, frente a él, a una candorosa niña rubia de apenas siete años, con un ramillete de flores. Aquello rechinaba, pero era lo que había. Sólo el hecho de que ante mi estuviera aquel personaje mítico me reforzó mentalmente para seguir adelante con el improvisado y cursi paripé. Y me metí en harina con la intención de salvar los muebles. Había llegado el momento en que él y yo debíamos comenzar a mirarnos a los ojos, no quedaba otra. Sin demasiado éxito intenté ir sugiriéndole algunos acting creíbles, pero era evidente que no estaba por la labor, nos sentíamos igual de incómodos, con las mismas ganas de escapar de allí. Comenzaron los fogonazos de flashes sólo interrumpidos por breves sugerencias y comentarios. Pasado un rato que se nos hizo interminable, al ver que aquello no daba más de sí, decidí anunciarle el final del mutuo suplicio pidiéndole un último disparo, «just one more, please, last one». Vi el OK en sus ojos. Y a partir de ahí fui repitiendo «last one» (la última) sin dejar de disparar, una y otra vez, «last one, last one»…. Curiosamente la cosa se iba poniendo mejor, su expresión estaba reaccionando hacia el estupor porque no se creía lo que estaba ocurriendo, hasta que, ante mi claro incumplimiento de la palabra dada, decidió cortar por lo sano. Se me acercó, avanzó con decisión su puño enguantado del tamaño de mi cabeza hasta tocarme la frente y mirándome muy fijo a los ojos, esta vez sí, me dijo arrastrando una voz gruesa, «last one». Y así fue. El último flash mental que conservo de aquello es a un ejecutivo de la agencia de publicidad de Barcelona dándole un sobre a uno de los acompañantes de Ali.

Lo mejor de esta sesión fueron las fotos paralelas que estuvimos realizando durante la misma, que más que un making-of fue un curioso y jugoso reportaje. Un día se lo ofrecí personalmente a Ángel Gómez Escorial, entonces director de la revista La Gaceta Ilustrada. Le encantó y lo metió en un cajón de la mesa de su despacho. Teníamos cierta confianza porque me había publicado varios reportajes. Le pedí un recibo de la entrega y con esa jovialidad tan madrileña de barra y cerveza me respondió: «no te preocupes, respondo con mi vida». Esas fueron sus palabras. Nunca lo publicó y cuando tras un tiempo prudencial se lo reclamé me confesó que lo había extraviado, que lo sentía mucho.

¡Qué tiempos! Uno no dejaba de aprender.

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