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Carmen Lumbierres

Carmen Lumbierres

Psicóloga

Segregar para desfigurar

El acercamiento entre amigos, compañeros o amantes es la primera fase para la humanización del otro

Ruby Bridges escoltada saliendo de la escuela.

Ruby Bridges, una niña de seis años, asistió escoltada y sola todo el curso de 1960 a su escuela en Luisiana por ser negra. Se convirtió en un símbolo más del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos y la lucha contra la segregación racial. Seis décadas después y sin haberse cumplido de una manera deseable ni en los estados liberales que son la parte más enseñable del mundo, de verse reflejado más sobre la norma que el acto, más en el debate público y menos en el privado existe por lo menos un pudor generalizado en defender la segregación por raza.

Sorprendentemente para algunos hay una diferenciación que no solo es admitida, sino que reporta beneficios en los distintos modos de aprendizaje y se adapta a los grados de maduración cognitiva en chicos y chicas, y esa es la justificación para que las niñas vivan en un entorno irreal hasta los 18 años, y los niños en ese universo paralelo en el que la mitad de la especie se ha extinguido a no ser porque son quienes te sirven la comida y te limpian los pasillos de la escuela. Si tuviéramos que diferenciar por maduración cognitiva igual acabábamos como Ruby, yendo a clase de uno en uno, y romperíamos los estándares del máximo rendimiento académico, pero también los de la patología social. Los que empezamos la escolarización en un procedimiento segregado y volvimos al camino de la mezcla, no es hasta el momento en que ves a un compañero sentado a tu lado en el pupitre, comprobando que tiene las mismas dudas, inseguridades o certezas que tú, cuando aparece como uno más y no como sujeto de análisis envuelto en desconocimiento que lo hace misterioso.

Ruby Bridges asistió escoltada y sola todo el curso de 1960 a su escuela en Luisiana por ser negra

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La incógnita se quebrará en algún momento, cuando sean compañeros de trabajo, clientes de las mismas tiendas, amigos, amantes e incluso maridos y mujeres pero, mientras tanto, ese apartheid físico e ideológico que incide en el putas o princesas que los residentes de algún colegio mayor gritaban desde las ventanas, en un coro desafinado que echaba abajo la hipótesis sobre alcanzar las máximas potencialidades intelectuales, va moldeando con el peso de los meses y los años un modo de socialización deformador de la diversidad y de la igualdad. Mézclense que dirían Ana Belén y Víctor Manuel en una canción, el acercamiento es la primera fase para la humanización del otro. Si has sacado entre los dos un problema de ecuaciones o te has tragado un plinto en tus habilidades deportivas es más difícil gritarle «salid de vuestras madrigueras como conejas». Las madrigueras compartidas dan más placer y más sabiduría, y solo se usan en los momentos de intimidad porque luego nos queda el resto del mundo.

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