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Carles Francino

Carles Francino

Periodista

«¡A por ellos!» (2ª parte)

La polisemia es un fenómeno lingüístico maravilloso. Que una misma palabra genere significados distintos me parece uno de esos milagros que solo el lenguaje puede conseguir. Ahí tenemos cura, por ejemplo, asociado automáticamente a sacerdote, con sus derivaciones refraneras: «Nunca digas de esta agua no beberé, ni este cura no es mi padre». Pero, claro, cura también es sinónimo de sanación: «Cuando te curas, duras». O los caminos tan diferentes por donde transitan palabras como bomba, planta, órgano, amo, calle, banco… La lista es muy larga y el juego de construir oraciones a partir de palabras polisémicas continúa siendo un clásico en cualquier clase de Lengua y Literatura. Quizá por eso, por nostalgia escolar, asistimos estos días a un ejercicio de polisemia política, aderezado con un viaje en el tiempo. Hace cinco años, cuando el desvarío interesado del independentismo y la apatía, también interesada, de Rajoy convergieron en el (falso) referéndum del 1 de octubre y los garrotazos correspondientes, nos hartamos de ver imágenes en las que centenares de ciudadanos despedían a los policías y guardias civiles que iban a desplegarse en Catalunya al grito de «¡A por ellos!». No había nada amistoso en esa proclama, muy utilizada en el deporte o en la guerra, para amedrentar al adversario y para insuflar ánimos en las filas propias.

Ahora Juanma Moreno Bonilla ha puesto en circulación una nueva variante del «¡A por ellos!», con su desacomplejada oferta a los empresarios catalanes para que se instalen en Andalucía, a cambio de pagar menos impuestos. O sea, aquel principio de «la pela es la pela» elevado a su máxima expresión, en el territorio donde se supone que tiene más seguidores. Tampoco hay nada amistoso en esa oferta y sí una considerable dosis de mala uva; por no hablar de la zozobra social e institucional que provoca el insólito mercadeo fiscal que Madrid lidera desde hace tiempo y al que ahora se suma el presidente andaluz. Curiosa manera de fomentar la unidad de España que tanto dicen defender: tocarle los cojones al vecino.

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