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Matías Vallés

Presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ

Matías Vallés

Limón & vinagre | Carlos Lesmes: Siempre a punto de dimitir

Lesmes, en el acto de apertura del año judicial, la pasada semana, en Madrid. J. J. Guillén / EFE

Carlos Lesmes engaña mucho. Seleccionando fragmentos de su discurso, adquiere una silueta de Robin Hood. Y sin solución de continuidad, emite un exabrupto antigubernamental de votante de Giorgia Meloni. El miércoles pasado pronunció una catilinaria de más de media hora en la sala del Supremo donde se condena a los independentistas. Eso no se le hace a un Rey que preside el acto y viene amordazado por el protocolo. En realidad fue un dueto, porque escuchar al juez con la mirada puesta en un Felipe VI en ebullición era algo más que una invitación al estrabismo. La relación de los asaeteados por el presidente caducado del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial excede el objeto, y sobre todo la longitud, de este artículo.

Del cristianísimo Landelino Lavilla situado al frente del Congreso, se señalaba que «está expuesto». Lesmes está dimitiendo. Los altos cargos que siempre se hallan a punto de renunciar a sus honores producen un cierto hastío, abonan la sospecha de que amagan antes movidos por la autosuficiencia que por unos principios admirables. «Pocos mueren y ninguno dimite», murmuraba el presidente Jefferson para lamentar las dificultades en la renovación de las dignidades políticas.

Por extraño que le parezca a Lesmes, su desaparición del mapa político supondría un impacto inferior al aumento de una décima en la inflación. Sic transit, un año después de su dimisión no merecería ni una página evocadora de los medios que hoy le jalean por imprescindible. El cargo hace a la persona. El juez madrileño ha decidido interpretarlo como si viniera de librar todas las batallas, agotado y despeinado. Su cabello está en realidad cuidado, pero el ímpetu crea la ficción de una melena indomable a lo Boris Johnson.

Michelle Obama escandalizó a Estados Unidos durante la campaña triunfal de su esposo en 2008, al declarar que «por primera vez desde que soy adulta, estoy realmente orgullosa de mi país». Mi nación me gusta cuando me vota, y Lesmes comparte esta visión unilateral, que por su cargo no admite ser rechistada. Es curioso que los entusiastas del proceso de contradicción no admitan ninguna.

En el explosivo discurso de inauguración del Año Judicial de Lesmes, no asomó ni una sombra de autocrítica. Todos los jueces son perfectos para su regulador, con lo cual ennoblece a los deficientes y degrada a los valiosos, que alguno habrá en ambos segmentos. Además, desacredita al Consejo General del Poder Judicial como «órgano de gobierno de los jueces», si solo se trata de defenderlos de andanadas externas. A unos más que a otros. Su celo encarnizado equivale a contemplar al Gobernador del Banco de España exigiendo periódicamente a los trabajadores que se bajen los sueldos, en lugar de protegerlos de los excesos bancarios en aplicación de su función reguladora.

Cada vez que un español sale a la calle, se enfrenta al clamor ciudadano de «¿qué pasa con la sala desguarnecida de lo Contencioso en el Supremo?» En cambio, pruebe a suprimir un médico de un Centro de Atención Primaria, por citar una profesión obligada a actuar con presteza y sin dilaciones indebidas, y el barrio entero acudirá a la manifestación. Frente a esta realidad, Lesmes insiste en que la cotización popular de su gremio se ha disparado. Vale.

En este país de Forges, si deseas conocer el verdadero temperamento de una persona, basta con preguntarle por los catalanes. Lesmes también cae en la trampa, les acusó en público de más fechorías que la sentencia armada en esa misma sala. Homenajeó a los Llarena, Marchena, Lamela y demás rimados, censuró con acritud la «desjudicialización» que algo habrá tenido que ver en la resolución del conflicto. A un guardia todo le parecen multas, acudamos como moderador al fiscal José María Mena, que se enfrentó en Cataluña a un Jordi Pujol en plenitud pero que también defiende que «la violencia estructural no se resuelve con el Código Penal». Claro que Lesmes no ha venido a escuchar.

Ya casi no queda tiempo para recordar que Lesmes sacrifica la brillantez erudita al impacto, según demuestra al arrancarse con la obviedad constitucional de que «La justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey», como si acabara de descubrir un nuevo elemento químico. En España sigue funcionando la presunción de que cuando alguien se radicaliza, es de izquierdas. Lesmes desmiente esta adscripción facilona, mientras elude el categórico «dimito de la presidencia, con validez a partir de mañana al mediodía». En efecto, son las palabras de Richard Nixon.

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