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José Carlos Llop

Otro Cristóbal, el mismo

Hace unas semanas, ordenando libros en casa, cayó en mis manos el dietario de un sacerdote católico durante su época de estudiante en la Facultad de Teología. El autor se llama(ba) Guillermo Bibiloni y el título del libro Papeles de un aprendiz de teólogo. Todo esto puede sonar hoy día a chino mandarín, pero Guillermo Bibiloni era amigo de Cristóbal Serra y fue en los años pasados en su casa cuando lo conocí. En casa de Cristóbal Serra y en los Paliques, encuentros literarios que organizaba el escritor y a los que asistía, entre otros, Bibiloni. Los Paliques se celebraban en la Librería Byblos, propiedad de una antigua dependienta de la Librería Tous, la moderna de la calle Unió –con estética de La conquista del espacio–, que no la antigua de Cort, más dickensiana. Y los acólitos de Serra eran para él un estímulo intelectual a veces, o meramente dialéctico otras. Las compañías del solitario.

Al cura Bibiloni –creo que ya había colgado la sotana y me parece que estaba casado, al menos lo recuerdo con una mujer agradable–, Cristóbal lo había bautizado como ‘El deán de Babilonia’, del mismo modo que al poeta Eduardo Scala lo bautizó como ‘El rabino Jifú’. Cristóbal Serra tenía cierta facilidad y bastante gracia para poner apodos, a ser posible relacionados con el mundo antiguo, y era mejor –cuando escuchabas alguno, entre sus risas– no preguntar por el tuyo, en caso de que lo tuvieras. En esto Cristóbal era igualitario: tener apodo no subrayaba un mérito y carecer de él, tampoco. Lo que sí repartía con las mismas raciones de generosidad como de humor, era la terminología de ‘grande’. ‘És gran’, decía al referirse a una particularidad ú otra de cualquiera de nosotros, pero nunca a los libros. Y se reía. Cristóbal se reía mucho y yo le llamé ‘El sabio chino’, para el que la risa también era una forma de llanto. Una herencia de Las encantadas de Melville, que él me hizo leer.

Pero detrás de sus apodos estaban también los reyes primitivos y su lectura del Apocalipsis y la revisión de algunos misterios de la Historia y del Antiguo Testamento y su defensa de la irracionalidad frente al poder de la razón y su fascinación por Papini y otros. Serra era un antimoderno, sí, –como decía Nadal Suau en Diario de Mallorca con motivo de la publicación de la antología serriana El viaje pendular– pero no un anarquista, como también decía su antólogo. Porque hay un Cristóbal que nunca se ha tocado, lector de El Alcázar y de El Cocodrilo –un suplemento cultural cercano a la extrema derecha–, amante del genio iracundo de Leon Bloy y de los esoterismos de René Guenon, del cruz flechada rumano Vintila Horia –luego exiliado en España– y de las posiciones más radicales de Aquilino Duque. O del Libro del Tao, tan presente en él, como las Analectas de Confucio en Ezra Pound y lo cito no por azar. Este es también uno de los rostros de nuestro escritor, que en la primera guerra de Irak veía –como lo hacía, por ejemplo, Falange– al gran Satán en el presidente Bush y los EEUU y a Saddam Hussein como un defensor de los valores de donde venimos. Serra ya era mayor pero no chocheaba; nunca lo vi chochear. Él pensaba así y lo defendía entre sus amigos, con seriedad y bastante energía, pero esas ideas lo separaban drásticamente de cualquier tipo de anarquismo, un movimiento demasiado moderno para el antimoderno Serra.

El día que topé con el libro de Bibiloni, hacía poco que había estado charlando con Eduardo Jordá, de paso por Mallorca, sobre Duguin y sus antecedentes intelectuales, que parten de algunas teorías del hijo de la poeta Anna Ajmátova, cuya biografía, la de la poeta, publicó Eduardo este año y comenté en estas páginas. Días después, pensando en Duguin y leyendo sobre él en varios periódicos extranjeros que un amigo me envía por internet, se me ocurrió algo que nunca antes había pensado: vi en Serra cierto paralelismo con Duguin, Mediterráneo por medio y ni gota de sangre eslava, claro. Recordé cómo Serra subrayaba y unía la salvación de España a la salvación de Rusia con argumentos políticos y religiosos como hace Duguin y con estos mimbres entrelazados resurgió por detrás la lectura serriana del Apocalipsis, su pasión intelectual por Guenon, sus conversaciones de ultratumba a través de la escritura y todo lo demás y ahí también se dibujaba el rostro de Duguin con camisa de campesino ruso al modo de Solzhenitsyn. No se lleven las manos a la cabeza, que no es sólo una idea volátil del verano y argumentos para sostenerla quedan unos cuantos.

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