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Juan José Millas

Tierra de nadie

Juan José Millás

La cebolla, en su punto

Al quitarle la piel a una rodaja de bonito crudo se advierte su función de envoltura. De envoltura de un paquete: el que forman los músculos y los tendones y las vísceras del pez. La piel lo mantiene todo en su sitio al tiempo de impermeabilizarlo. Me asombra la perfección de este tejido o de este órgano que, al menos en el caso de los humanos, es el más grande del cuerpo. Tras abandonar la raja de bonito a un lado, contemplo la piel en la que estoy envuelto yo y me vienen a la memoria las épocas de Navidad, en las que pedimos que nos envuelvan las compras en papel de regalo. El papel es la piel de la ofrenda y cuanto más cara es la ofrenda, más cara resulta asimismo su piel.

En la farmacia hay cientos de productos para la piel porque el envoltorio, con el tiempo, se deteriora. Si no abres un regalo en cinco años, porque lo has olvidado en un cajón, al final lo tiras a la basura sin averiguar qué había dentro: ha envejecido tanto por fuera que seguramente se ha descompuesto también lo que llevaba dentro. Por cierto, que le estoy quitando la piel al bonito porque voy a hacerlo en pequeños tacos, con mucha cebolla y un par de dientes de ajo. La piel del bonito es negra y tiene un grosor considerable, adecuado al tamaño del animal. Si a un bonito le pusieras la piel de una merluza, reventaría y saldría todo lo que lleva dentro al exterior.

Los sentimientos, aunque invisibles, también están protegidos por su propia piel. Tú no vas contando por ahí todo lo que se te pasa por la cabeza. Para que ello ocurra, se te tiene que haber roto algo. Es lo que le sucede a la gente muy desinhibida, la gente «sin filtro», como suele decirse. El «filtro» cumple la función del envoltorio, es decir, sujeta los sentimientos para que ni su forma ni su humedad lleguen al exterior. Cuando el pescado se envolvía en papel de periódico, ocurría eso: que llegaba a casa chorreando y con los titulares impresos en la panza del besugo. El papel del periódico sirve para envolver las noticias y bastante mérito tiene con aguantarlas sin reventar, porque hay días en los que las noticias nos rompen el alma. La cebolla está ya en su punto en la sartén, de modo que le voy a echar un vaso de vino blanco y, una vez que reduzca, le añado el bonito.

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