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Antonio Papell

Solo sí es sí: elogio de la libertad

Este jueves salió definitivamente adelante la Ley de Garantía Integral de Libertad Sexual, con un amplio apoyo —205 votos a favor, 141 en contra y tres abstenciones—, aunque rechazada por la derecha política de este país, lo cual constituye una clara e inquietante anomalía. En efecto, se puede entender que el partido machista que niega la existencia de la violencia de género y que se opone por tanto a las políticas de género con las que se protege a la mujer de sus depredadores incívicos se niegue a aceptar el imperio de la libérrima voluntad de las mujeres en sus relaciones sexuales, pero no es concebible, a estas alturas, que una formación de Estado, que ya ha gobernado este país y aspira legítimamente a seguir haciéndolo, se oponga de esta forma al progreso de los derechos humanos y a los vientos de la historia.

Conviene recordar, para atender la evolución social que está en el origen de esta norma, que la sensibilización que ha habido que gestionar se produjo a partir de la violación grupal por cinco hombres, que se llamaban a sí mismos La Manada, a una mujer de 18 años el 7 de julio de 2016, fiesta de San Fermín, en Pamplona,

En el posterior proceso judicial, los delincuentes fueron condenados por abusos continuados y no por agresión (violación) porque los jueces no creyeron acreditada la oposición física de la violada. El Tribunal Supremo sí reconoció después la existencia de una agresión sexual e incrementó las penas. De aquellos hechos surgieron varios lemas que se esgrimieron en las manifestaciones, y que resumían la esencia del problema. «hermana, yo sí te creo», «no es abuso, es violación», y «solo sí es sí». Con ellos, se quiso promover el cambio normativo que ahora se produce, de acuerdo con la mentalidad de hoy y no con los criterios antiguos que impuso el patriarcado autoritario: para que se perpetre una violación no tiene por qué existir violencia o intimidación, y el consentimiento solo lo da un sí explícito: no una duda, ni un silencio. En concreto, la ley dispone que «sólo se entenderá que hay consentimiento cuando se haya manifestado libremente mediante actos que, en atención a las circunstancias del caso, expresen de manera clara la voluntad de la persona». Con lo que desaparece la maniquea distinción entre abuso y agresión, en la que esta última figura solo se reconocía si la mujer había luchado encarnizadamente contra el agresor, lo que muchas veces ponía en riesgo su propia vida.

La norma es muy completa, pues además de esta cuestión crucial —una definición inequívoca de consentimiento, que determina la comisión o no de un delito— incluye el reconocimiento, por primera vez, como víctimas de violencia machista a las víctimas de otras modalidades de violencia sexual, de explotación sexual y de trata con fines de explotación sexual. También la mutilación genital femenina y los matrimonios forzados entran en ese concepto de violencia. La norma incluye agravantes como la sumisión química, que hasta ahora era abuso y en el futuro será agresión sexual; y los asesinatos por violencia sexual serán contabilizados como violencia machista; también se criminaliza la violencia digital.

La ley en sí tardará sin duda en surtir efecto —que se podrá constatar estadísticamente por el descenso del número de agresiones— pero lo realmente importante es que se produzca un cambio de mentalidad, de la psicología colectiva, después de siglos de aculturación en un patriarcado detestable, que tiene su columna vertebral en las Religiones del Libro, que conciben a la mujer como un ser supeditado al varón, que es el verdadero protagonista de la sociedad y de la historia, y el dueño material e intelectual de su esposa. Las doctrinas cristiana, islámica y judaica extienden esta pauta, eliminan a la mujer de cualquier jerarquía y la subordinan al hombre, que ejerce sobre ella una especie de propiedad sin límites.

La izquierda política de este país, moderada pero firme, ha dado en fin un paso más en la conquista de las libertades y en el camino de la plena igualdad, que se afianza en un terreno nuevo. Habrá que seguir luchando, pero ya sabemos que la dirección emprendida es la adecuada.

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