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Diario de Mallorca

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Matías Vallés

Sánchez no tiene una Ayuso

La dualidad ha caracterizado a la política española, Feijóo se beneficia de disponer de un desagüe para aliviar las posturas raciales desde un extremismo que consolida su moderación

La presidenta madrileña iba a ser la maldición de Núñez Feijóo, como antes fue martillo del hereje Pablo Casado. Los críticos del político gallego se las prometían felices, hasta que advirtieron que la lanzadora díscola es otro brazo armado del presidente del PP, que así se ha metido a Vox en el bolsillo. De modo que Pedro Sánchez milita en la orfandad de no disponer de una Díaz Ayuso que lo temple al caricaturizar sus iniciativas.

En vez de rastrear las contradicciones entre los discursos de Feijóo y Ayuso, hay que concentrarse en la orquesta de un solo hombre llamado Sánchez, que no sabe pilotar el bólido del poder con un colaborador adjunto o adelantado, ante el riesgo de que lo eclipse. No quiere ser el número uno, sino los números del uno al diez. De ahí que presida el Gobierno más desconocido de la historia de España. Para conseguir un grado de identificación popular del ochenta por ciento, casi obligatorio en ministros que llevan más de un año en el cargo, se necesita sumar a cuatro de ellos. Uno encima de otro. Incluso los miembros seniors del gabinete deben asegurar su ausencia de la competición, véase a Grande Marlaska. Y si asoman en el aprecio popular, en el caso insólito de Margarita Robles, se ven instantánea y accidentalmente desacreditados para devolverlos a su estatura inicial.

Las políticas de Sánchez es una expresión literal, se encarga hasta de señalar la hora exacta a la que se debe apagar la luz, compatibiliza los cargos de estadista y ama de llaves. Ningún presidente autonómico socialista posee el carácter para llevarle la contraria a campo abierto al líder, a lo sumo se atreven a rezongar a sus espaldas. La decapitación fulminante de José Luis Ábalos cercenó cualquier amago de disidencia interna. Conste aquí la rehabilitación de Patxi López, pero solo desde la magnanimidad presidencial que exige una previa rendición sin condiciones.

Algún memorioso puede invocar aquí a Podemos como oposición interna, la voz de la conciencia de la izquierda clásica. Por desgracia, las tropas de Pablo Iglesias no sirven ya ni para ejercer este cometido testimonial. Los asaltacielos han degenerado en una secta religiosa de la denominación talibana, para no comprometer a sus dirigentes con ofensivas concomitancias cristianas, dominados por una fe estéril. Su reino no es de este mundo, que levante la mano quien advierta en Irene Montero o Ione Belarra a una futura candidata a la púrpura presidencial. Pues bien, encabezan a un partido que tuvo unas esperanzas de voto inimaginables para Sánchez en cualquier configuración. Sic transit.

El PP ejerce la oposición como si gobernara, Podemos gobierna como si fuera la víctima de un ejecutivo ilegítimo. La valiosa excepción de la izquierda pura se llama Yolanda Díaz, pero se ha enredado en una singularidad tan exigente que la priva de una grey a su altura. Seré lo que vosotros queráis que sea no es una invitación a la participación, sino la admisión de una cáscara vacía. No solo por el apellido, la vicepresidenta de Trabajo podría ejercer de contraprogramación presidencial, en la onda simétrica de Ayuso. Por desgracia no toma partido, literalmente. Habita un limbo programático que tanto puede caer de tique electoral de Sánchez a fichaje de Más País, aunque en la actualidad habita en ninguna parte. Es una brillante hipótesis.

Si ya es difícil gobernar en compañía, intentarlo a solas incurre en delirio quijotesco. La dualidad ha caracterizado a la política española desde que se decidió por la democracia. En una premonición de Ratzinger, el incombustible Fraga presidió Galicia en clave nacionalista durante los ocho años de Aznar en La Moncloa, por no hablar de los liderazgos paralelos de Rodrigo Rato y Álvarez Cascos. También Zapatero tuvo que lidiar con el cinturón de castidad de sus patriotas centralizadores, siempre dispuestos a dimitir por un agravio catalán, con José Bono de portaestandarte. Sánchez ha acallado incluso a Felipe González, el ilustre promotor de Susana Díaz como inquilina ideal de La Moncloa.

La soledad no evita la necesidad de dictar testamento. Sánchez ha aprovechado los últimos reajustes atribuidos a la mala salud política para nombras delfina a María Jesús Montero, hacendosa y hacendista pero desbordada por la doble encomienda. Adriana Lastra no podía ser candidata a la presidencia del Gobierno, a diferencia de la ministra andaluza. La trascendencia del nombramiento ha sido amortiguada porque el presidente no admite compartir ni un milímetro de su protagonismo. Ahora bien, si las encuestas se muestran tozudas en la sangría del PSOE, no le quedará más remedio que marcarse un Rubalcaba de despedida.

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