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Diario de Mallorca

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Luis Sánchez Merlo

La isla de las lágrimas

Donde entierran a los que no tienen nada

Hart Island es una isla en el estrecho de Long Island, conocida como el lugar donde la ciudad de Nueva York (NY) ha enterrado, durante más de un siglo, a sus desheredados: personas sin dinero, amigos o familiares.

Una isla que acoge más de un millón de almas rotas de una magnífica ciudad y las hace descansar entre el sonido de pequeñas olas y brisas frescas, dándoles un lugar de descanso tranquilo al final de su duro viaje.

Durante 150 años, el mayor cementerio público del país ha sido dirigido como una colonia penal. Esto ha sido así hasta el año pasado, en que la Gran Manzana cedió el control y los reclusos ya no cavan las tumbas.

La ciudad de NY se está gastando millones de dólares para adecentar «un lugar oscuro», invadido de maleza y edificios (pendiente de demoler) en ruinas, que albergaron en distintas épocas a personas que los funcionarios de la ciudad consideraban «chicos viciosos», pacientes psiquiátricos, drogadictos y presos.

Con el saneamiento -a cargo de los contribuyentes- llegó el cambio y dejó de ser solo para los pobres. Entre las personas que han sido enterradas allí recientemente, un variado mosaico: un bailarín de ballet profesional, una enfermera, un ingeniero de software, un instructor de buceo y un aclamado compositor musical.

El cambio se ha visto impulsado por varias causas: la reacción contra la industria funeraria por el elevado coste de los entierros, que pueden alcanzar fácilmente los 10.000 dólares. Quienes pueden permitirse un entierro privado se niegan a pagarlo. Y muchos no quieren el tipo de funeral que tuvieron sus padres y abuelos.

Junto a ello, el drástico descenso de la afiliación religiosa de los estadounidenses, lo que implica un menor interés por los rituales establecidos en iglesias y sinagogas.

Uno de los mayores problemas es el de los cadáveres abandonados, que nadie lleva a enterrar, de manera que miles de cuerpos quedan sin reclamar cada año. En la ciudad de Nueva York, los no reclamados suelen acabar en el ferry que va del «muelle del Bronx» a Hart Island.

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Con la pandemia, un sencillo féretro llegó al muelle de la isla, con el cuerpo de Valerie, una inglesa -101 años- que había muerto en su ático de Manhattan de un paro cardíaco.

Secretaria en la Embajada de Estados Unidos en Londres, había escrito guiones de radio para los soldados estadounidenses y enviado noticias al New York Herald Tribune, cuando John Steinbeck -corresponsal de guerra del periódico con sede en Londres- ya era una sensación por su bestseller, Las uvas de la ira.

Había ayudado al ejército americano durante la Segunda Guerra Mundial, trabajando para crear en Francia el famoso cementerio de Normandía y se había casado con un espía -al servicio de la inteligencia británica- corresponsal del Wall Street Journal, que murió de un ataque al corazón, mientras leía el periódico del domingo.

Conmocionada, sin saber qué hacer, llamó a la hija -del primer matrimonio de su marido-, quien le dijo que su padre -un hombre que de repente convertía un picnic en una excursión para bañarse desnudo- no era religioso, y que cuando la gente de su familia moría, era incinerada, «en lugar de gastar dinero en funerales y flores».

Con asombrosa eficacia, después de su muerte, todo rastro de una larga vida -su arte, sus libros, sus fotos, sus muebles, su anillo de boda- desapareció. Se desconoce qué ocurrió con las pertenencias de Valerie.

Los abogados especializados en herencias dicen que los objetos de valor de los ancianos aislados suelen desaparecer, llevándoselos personas que saben que no hay visitantes regulares que puedan echarlos en falta o quejarse.

Enterrada junto a «los que no tienen nada», el sencillo entierro en la isla de Hart fue una forma de protestar contra los adornos y el coste de los funerales tradicionales. «No quería apoyar a la industria de la muerte y sus costosos ataúdes».

El lugar de descanso final de Valerie pasó del ático en Manhattan a un sencillo pedazo de tierra, repleto de maleza, con una única estaca de hormigón que indicaba el número de su fosa común.

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Mientras gastamos energías, discutiendo sobre el valor de quitarse la corbata para combatir el cambio climático, no hemos dedicado mucho tiempo a reflexionar y a hacer el balance sobre la historia desdichada de lo que ha pasado en España en estos dos años de pandemia.

Con una primera pregunta inevitable: ¿Cuántos muertos ha habido como consecuencia del coronavirus en España? ¿Lo sabe alguien?

¿Qué fue de las cuentas bancarias, obras de arte, libros, muebles y años de coleccionismo de tantos como han muerto en las residencias de ancianos, en aquellos meses locos en la primavera de 2020, especialmente en las grandes ciudades, cuando el covid-19 arrasaba con la población?

Fue un periodo de tiempo desafortunado en el que los sistemas de apoyo a la vida y la muerte en todo el país se pusieron patas arriba.

La victimización de los ancianos en nuestra sociedad resulta especialmente inhumana cuando la perpetúan quienes se supone que deben cuidarlos y ocuparse de sus asuntos.

Tal vez también algún escritor se encargará de escribir un libro sobre Valerie y otras mujeres olvidadas como ella.

Hay un cuento de Tolstoi sobre una anciana que agoniza sola en una cabaña en algún lugar, con el único estímulo y sonido que el de las abejas que se encuentran fuera de su ventana alrededor de unas flores, de las que siente un enorme placer mientras exhala su último aliento.

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