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Diario de Mallorca

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jorge fauro

ARENAS MOVEDIZAS

Jorge Fauró

Brillantina

La muerte de Olivia Newton-John ha provocado inevitables ataques de nostalgia y recordado a toda una generación la inamovible evidencia de que envejecemos

Si nos ponemos cursis, para quienes acudimos con 11 ó 12 años una y otra vez al estreno de Grease en 1978, la vida es eso que ha transcurrido de modo vertiginoso desde que Danny y Sandy parten a comer perdices volando en un coche hasta que acudimos al dentista a ponernos los primeros implantes. Visto y no visto. ¡Zum!

Solo podía haber muerto en California y, por supuesto, en verano. Summer nights. Si ha habido una muerte sentida realmente entre esa generación, dentro y fuera de España, es la de Olivia Newton-John, a pesar de que el inevitable ataque de nostalgia desencadenado por el óbito nos ha puesto ante el espejo de nuestra propia evidencia temporal. Sí, Sandy ha muerto.

Envejecemos y luego morimos. En lo primero, es el espejo el que tiene la última palabra. Nos creímos Danny Zuko y soñamos con ser Sandy. Como apunta Olivier Bourdeaut en su primera novela, el espejo es objetivo porque juzga de verdad, en ocasiones con crueldad, pero sin que intervengan los sentimientos. Las redes se han poblado de recuerdos a la cantante, fragmentos de la película y frases de Paulo Coelho, pero al margen de la pérdida, con la muerte de Olivia Newton-John no solo desaparece la artista. En muchos mensajes de homenaje se percibe la constatación de que es muy probable que en todo este tiempo nunca acabáramos de conseguir un amor como el de Danny y Sandy, lo que equivale a reflexionar sobre qué hemos hecho con nuestra vida, etcétera.

Y, sin embargo, dado que el filme no tuvo continuidad con los mismos actores, en realidad nunca supimos cómo acabó aquella historia. Puesto que la acción de Grease transcurre en la California de finales de la década de 1950, probablemente en divorcio, después de que Danny Zuko regresara sonado de Vietnam y tratara de recuperar el contacto con su pandilla del instituto, que ya no estaba para concursos de baile ni carreras en el canal. Somos humanos. El consuelo se esconde a menudo en el fracaso de otros que tuvieron todo en su mano para ser felices. Sandy y Danny también habrían acabado mirándose en ese espejo y añorando Rydell. Lo más probable, por tanto, es que nuestra vida haya sido mucho mejor, aunque adoremos detenernos en el momento en que ambos salen volando del parque de atracciones.

El fallecimiento de la artista australiana ha puesto de relevancia otro hecho singular que ya se sabía: el de la mitomanía popular en contra de la opinión de los críticos. Pocas películas acumulan tantos buenos recuerdos como Grease y a la vez opiniones tan tibias de los profesionales, que en su gran mayoría alabaron la frescura y los números de baile a costa de denostar la historia. En los últimos 40 años, algunos de sus detractores no han sido precisamente blogueros de audiencia limitada: «Menos mal que las canciones son pegadizas y las imágenes son inteligentes y enérgicas, porque la película, como ejercicio de puesta en escena, sigue apestando» (Time); «Grease es todo atmósfera y nada de trama, aunque es una atmósfera falsa (...) Comete errores básicos sobre cómo los adolescentes y los adultos se veían entre sí» (The Washington Post); «Su oportunismo llamativo (...) rápidamente se vuelve irritante (...) Mucho color, mucho movimiento, mucha vistosidad, pero sólo hay una canción decente» (Time Out); «Como conjunto es un éxito, pero como cine no (...) Travolta está encantador y todos sus movimientos son acertados. Pero su actuación es anticlimática» (Newsday).

Y dirán ustedes: «¿Y a mí, qué?» Algunos de esos críticos también deben de andar ahora pensando ante su reflejo. Grease es más que una película, representa el lugar donde nos gusta estar, como La guerra de las galaxias, Indiana Jones, Regreso al futuro, Harry Potter para la generación de nuestros hijos o Parrish para la de nuestros padres. Es el sitio donde nacen historias como las de Danny Zuko y Sandy Olson, Rizzo y Kenickie, Han Solo y la princesa Leia, Rachel y Ross, Carrie y Mr. Big. Lo natural es que quienes asistieron antes que el resto a las salas de cine ya no puedan utilizar brillantina o deban viajar a Turquía para intentarlo, aunque hay un remedio infalible contra las crueldades del espejo y el paso ineludible del calendario: vuelvan a verla.

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