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Limón & vinagre | Nancy Pelosi (Presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos)

Jorge Fauró

Limón & vinagre | Nancy Pelosi: Queroseno en la hoguera china

Nancy Pelosi, durante una conferencia de prensa en en el Capitolio de Washington. Jim Lo Scalzo / Efe

Si echan un vistazo a un mapa de China y de su entorno observarán que, justo debajo de su inmenso territorio, donde la espalda del país pierde el nombre, aparece una isla pequeñita, equivalente en superficie al 0,3% de la República Popular. Taiwán es, geográfica y figuradamente, el grano en el culo de China, un grano geoestratégico, minúsculo y ramplón, enseñoreado a la sombra del gigante y a tiro de sus misiles, con democracia y ejército propios y pretensiones de trabar amistades con occidente. Es la Corea del Sur de Corea del Norte, la Crimea ucraniana que toca a rebato en Rusia y, en términos de diplomacia, lo que Gibraltar podría representar para España y Reino Unido o el Sáhara para Marruecos y Argelia, uno de esos territorios en tierra de alguien pero propiedad del vecino o con aspiraciones de autonomía, cuyo reconocimiento oficial -según la procedencia- en contra del statu quo llena de turbulencias las salas nobles de las cancillerías.

La presidenta de la Cámara de Representantes de EE UU, Nancy Pelosi, ha visitado ese grano en el culo y los resultados han sido turbadores. Un viaje similar no se producía desde 1997, cuando su entonces homólogo, el republicano Newt Gingrich, visitó la isla. Más allá de las turbulencias, el cielo y las aguas taiwanesas se han poblado de esa escenografía que el lenguaje militar viene en llamar maniobras y que en la iconografía cinematográfica representa la botella rota contra la barra del salón.

Nancy Pelosi (Baltimore, 1940) ha protagonizado un periplo que ha acabado soliviantando a Pekín y que no se puede calificar de oficial (no contaba con apoyo expreso de la Casa Blanca), aunque tampoco de oficioso. El ala oeste no ha tenido más remedio que apelar a la agenda de la tercera autoridad del país y el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional, John Kirby, se ha visto obligado a poner en práctica el manual del malabarismo dialéctico: «El viaje fue una decisión suya [de Pelosi], y el Congreso es una rama independiente del Gobierno». Y a continuación: «Nos oponemos a cualquier cambio unilateral en el statu quo por cualquiera de las partes. No apoyamos la independencia de Taiwán y esperamos que las diferencias entre uno y otro lado del estrecho se resuelvan pacíficamente».

La particular estructura de la democracia estadounidense permite a la tercera figura institucional (en este orden, Biden, Harris, Pelosi) disponer de su propia agenda nacional e internacional sin la venia del Gobierno. Como si en España, la presidenta del Congreso viajara a El Aaiún contra la opinión de Pedro Sánchez y se reuniera con el Frente Polisario en plena crisis hispano-marroquí o en medio de las negociaciones con Argelia sobre las exportaciones de gas. La visita colmaría a Argel, pero desencadenaría una crisis con Rabat de consecuencias inciertas y una costura larga y procelosa, además de un terremoto político puertas adentro.

No es de extrañar, por tanto, que la visita de Pelosi haya sacudido la escena internacional, con la guerra de Ucrania de fondo, la ambigua posición de China en el conflicto y el apoyo de Putin a la protesta oficial de Pekín. China considera a Taiwán parte inenajenable de su demarcación, cuya visita por parte de mandatarios extranjeros se interpreta como un respaldo al secesionismo. Bajo dominio chino hasta 1895, fue cedida ese año a Japón y devuelta a la República Popular tras la II Guerra Mundial. Al término de la guerra civil china, los opositores a Mao huyeron a Taiwán en 1949 y constituyeron allí un gobierno en el exilio. En 1971, la ONU dejó de considerar a Taiwán un Estado soberano. Solo 13 países y el Vaticano reconocen hoy a Taipéi. Para China, el viaje de Nancy Pelosi presupone verter queroseno en la hoguera taiwanesa.

La biografía de Pelosi incluye no pocos ejemplos de oposición al régimen comunista, desde el despliegue de una pancarta de apoyo a las víctimas de Tiananmen en la histórica plaza dos años después de la matanza a sus encuentros con el Dalai Lama o las condenas a la ocupación del Tíbet. Para algunos analistas, el viaje a Taiwán devuelve las relaciones entre EE UU y China a los tiempos de Trump y amenaza la política de distensión de Biden con el gigante asiático.

Como subyace en muchos vaivenes de la geoestrategia internacional, las respuestas se encuentran a menudo en el combo doméstico. En aguas tan agitadas, los republicanos han salido en apoyo de Pelosi (demócrata) con la vista echada en la renovación de la Cámara de Representantes el próximo noviembre. Con la entrada en recesión de su economía, las restricciones al aborto, la guerra de Ucrania y el peso cada vez mayor de autocracias como Rusia o China, la defensa de los derechos humanos y civiles se erige en una de las apuestas para el éxito o el fracaso electoral. Lo saben muchos demócratas y lo sabe Pelosi, que con las mismas piezas de ajedrez que el resto de mundo parece haber jugado otra partida, otro juego, en dos tableros.

Nancy Pelosi, durante una conferencia de prensa en en el Capitolio de Washington.

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