Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Matías Vallés

Limón & vinagre | Juan García - Gallardo (Vicepresidente de la junta de Castilla y León por VOX)

Matías Vallés

Limón & vinagre | Juan García - Gallardo: Por la autodeterminación climática

El líder de Vox en Castilla y León, Juan García Gallardo, en una rueda de prensa en Valladolid el pasado febrero. CESAR MANSO

Nadie conoce su nombre fuera de Castilla y León, y muchos desearán no haberlo conocido en su propia región. Juan García-Gallardo, vicepresidente de la Junta autonómica por Vox, mantiene el vigor de los tuits previos a su entrada en política. Por ahí anda el lorquiano «hace años que no me robaba un gitano». De momento no se ha referido a ningún rival con sus también clásicos encabezamientos de «marica» o «julandrón», pero todo se andará.

En su etapa civil, García-Gallardo solo podía dañar a individuos concretos. Una vez militarizado, la emprende con supersticiones tan acendradas como el calentamiento global. El político burgalés ha denunciado el «fanatismo climático» del Gobierno de Pedro Sánchez, sin duda el equivalente a la «violencia estética» acuñada por Podemos, antes de falsificar un cartel playero hasta en la tipografía.

García-Gallardo ostenta el cargo más relevante asumido hasta la fecha por su partido. Desde esa tribuna y tribunal, emprende una cruzada voxística contra los fanáticos empeñados en consultar la temperatura a diario. Si encima se atreven a concluir que el termómetro sube, la ultraderecha moderada propondrá que se actúe por la vía penal contra los insolentes.

Frente al fanatismo de quienes acatan los designios del clima, el creativo García-Gallardo propone la autodeterminación meteorológica, quién iba a sospechar que Vox sería un partido tan independentista como la Esquerra Republicana a la que contribuyó a encarcelar. Un español auténtico elige la temperatura que le da la gana, por algo será que con Franco no se alcanzaban los cuarenta grados de la actual degeneración calenturienta.

Es obligado tratar al fundamentalista García-Gallardo «como si fuera una persona como las demás», el insulto que dirigió a una diputada discapacitada. El vicepresidente de relleno es un obseso del currículum. Entre las numerosas titulaciones por la Universidad Pontificia de Comillas en su Linkedin, deslumbra la inclusión de las breves semanas en que fue portavoz parlamentario. Rebañar el plato.

El énfasis denigratorio de García-Gallardo no debería ocultar que en la mayoría de ocasiones no sabe lo que dice, alumbrando espléndidos manifiestos futuristas como su brega contra el fanatismo climático. Suple la ignorancia con determinación, quienes se centran en sus barbaridades se pierden la racial exhibición de torpeza de su discurso, la misma cualidad que desplegaría la mayoría de los aquí congregados a los mandos de un 737. García-Gallardo debería preguntarse con valentía si España le viene grande. Debió añadir que en verano no solo llevará corbata hasta en la playa para independizarse del calentamiento global, sino que mantendrá en el ferragosto la barba que comparte con su líder Santiago y cierra España, Abascal.

En las barbas del vecino a pelar comienza el drama que explica que la camisa encorbatada no le llegue al cuello a García-Gallardo. Despliega una estrategia de barba postiza, una hidalguía de alquiler, se esfuerza tanto en sus disparates como si ser de ultraderecha fuera una postura anatómica. Todo para disimular tras cien días en el cargo que, en unas elecciones autonómicas celebradas hoy, perdería probablemente la vicepresidencia por el auge del partido del maniquí Mañueco.

En efecto, García-Gallardo puede significar la última gran victoria de Vox, gracias a Pablo Casado. La recalcitrante Macarena Olona ya ha pagado las primeras facturas de la sobreactuación, y más adelante se clausurará el débil liderazgo de Abascal, pero el irresistible ascenso el pasado febrero del vicepresidente de Castilla y León define el momento en que Vox dejó de ser sexy para los conservadores.

Feijóo ha neutralizado a la ultraderecha para desesperación de la izquierda, nunca se leyó mayor mentira que a los analistas de progreso felicitándose de que Vox no cogobernara Andalucía con el PP. A partir de las elecciones al sur, García-Gallardo descubre que su cargo tiene fecha de caducidad, y ya enseñaba el doctor Johnson que nada aclara tanto la cabeza como conocer la fecha de la condenación al olvido eterno.

Antes de su caída, García-Gallardo podrá seguir lamentando la «nueva cacicada» de Sánchez, que suena a alabanza desde la clase política que creó un país de caciques. El vicepresidente de la Junta dejará el cargo con 35 años y tiempo sobrado para equivocarse. Agradezcamos a la ultraderecha que haya iluminado estos tiempos oscuros la chispa de optimismo de su declive. Vox ya no asusta, ahora es cuando debe dar miedo de verdad.

El líder de Vox en Castilla y León, Juan García Gallardo, en una rueda de prensa en Valladolid el pasado febrero.

Compartir el artículo

stats