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Albert Soler

Limón & vinagre | Fernando Alonso (Piloto de automovilismo)

Albert Soler

Fernando Alonso: De Pedro Bello a Pedro Nodoyuna

El piloto asturiano Fernando Alonso, el pasado abril en el Autódromo Enzo e Dino Ferrari, en Imola (Italia). ANDREJ ISAKOVIC

Con Fernando Alonso me sucede lo mismo que con Rafa Nadal, que me gustaría que ganara siempre, no porque le tenga especial estima -no conozco a ninguno de los dos- sino para ahorrarme escuchar sus excusas cuando pierde. En Alonso, para su desgracia y la mía, la derrota aparece más a menudo que en Nadal, con lo que debe desarrollar más la inventiva, no es suficiente con jurar que le duele un dedo. La ventaja del automovilismo sobre el tenis es que el abanico de pretextos es mucho más amplio, siempre se puede achacar al motor que no tira, al equipo que no preparara bien el coche, a los que cambian ruedas porque son lentos o a una biela o la tapa del delco, en caso de que los coches de Fórmula 1 tengan de esas cosas, que no creo, se conoce que ahora son ordenadores rodantes.

Fernando Alonso carece de lo que en el resto de los humanos se denomina cuello, entendido eso como la parte del cuerpo que une la cabeza con el tronco, en su caso cabeza y tronco son una unidad. Tal peculiaridad, que debe ser un inconveniente cuando ha de usar corbata, es una ventaja a la hora de conducir bólidos, ya que, a grandes velocidades, el cuello -en quienes lo poseen- soporta gran presión en las frenadas y en las curvas. Probablemente fue esa singular característica anatómica la que empujó a aquel joven asturiano a elegir la profesión de piloto y no la de vendedor en El Corte Inglés, que le obligaría a elegir cada día algún lugar del cuerpo en el que atar la obligatoria corbata.

Alonso continúa buscando reverdecer glorias perdidas, y para ello cambia de escudería más veces que mi paisano Miquel Soler cambió de equipo de fútbol. Esta semana ha sido noticia porque abandona Alpine y se pasa a Aston Martin, apenas unas horas después de que Alpine le diera por renovado. En el amor y en la guerra, todo vale, y la Fórmula 1 tiene un poco de cada cosa, así que poco hay que objetar a abruptas rupturas de relaciones. Algunos pilotos, como Felipe Massa, el que más grandes premios ha corrido con Alonso como compañero de equipo, ya ha deslizado que, aunque no duda de sus cualidades al volante, puede ser problemático para una escudería. Una sibilina forma -finezza italiana- de acusarle de egoísta y de estar más pendiente de sí mismo que de compañeros y equipo.

Quedan ya lejanos sus campeonatos del mundo, en los años 2005 y 2006, si quedarán lejos que sonaba Juanes y su Camisa negra. Sin embargo, él se resiste a reconocer que su tiempo ha pasado, que Carlos Sainz, quien ahora suele quedar por delante suyo en las carreras, en 2005 todavía estaba aprendiendo a conducir. A conducir bicicleta, se entiende, que no tenía edad para otra cosa.

En aquellos años, Alonso tuvo el mérito de acercar las carreras de autos a todos los españoles, lo cual se consigue ganando algún campeonato. Hasta mi padre, que seguía llamando a la Fórmula 1 las «carreras de autos», nos hacía tragar cada domingo, mientras comíamos, una de esas aburridas retransmisiones, porque pocas cosas hay más aburrida de ver por televisión que una carrera de autos, tal vez un partido de hockey. Y como en casa, la mayoría de los hogares. En este país somos así de patrioteros, nos aficionamos al golf con Ballesteros, a las motos con Ángel Nieto, al tenis con Santana y a los furgones blindados con el Dioni. Da igual que no seamos capaces ni de poner el intermitente al girar a la derecha, los éxitos de Alonso eran entonces los éxitos de todos, y al fin y al cabo, él tampoco ponía el intermitente para adelantar a los rivales, en aquellos días -tempus fugit- en que los adelantaba.

Ignoro hasta cuando tiene Alonso previsto ir saltando de escudería en escudería para ganarse unos buenos dineros, no seré yo quien lo critique, ya me gustaría a mí. Lo que ya no va a ganar serán campeonatos, y no ha de ser fácil aceptar no solo que uno ha dejado de ser el niño prodigio de los coches, sino que hay ya unos cuantos niños prodigio que en las carreras le ven solamente por el retrovisor, otra pieza que no sé si llevan los autos de Fórmula 1.

En sus inicios, Alonso me recordaba al Pedro Bello de la serie de dibujos animados Los autos locos, era el más guapo, el más galante, el yerno que toda suegra quisiera y, encima, caballeroso y educado como el que más. Aunque quizás, más que todo eso, sin yo saberlo, eran la prominente mandíbula y la falta de cuello de Pedro Bello, las características que me recordaban al asturiano. Ya no echan por la tele Los autos locos, la única retransmisión automovilística que jamás me ha interesado, lo cual es una suerte, porque hoy Alonso me recordaría al siempre malhumorado Pierre Nodoyuna, al volante de un Ferrari -como Alonso en su día-, cayendo derrotado siempre al final. Y nunca por su culpa.

El piloto asturiano Fernando Alonso, el pasado abril en el Autódromo Enzo e Dino Ferrari, en Imola (Italia).

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