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Diario de Mallorca

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Antonio Tarabini

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Antonio Tarabini

Crónicas estivales (4) Mi primera aproximación al Vaticano

Las vacaciones, al menos en teoría, pueden aprovecharse para poner orden y concierto en tu «leonera». Suelen aparecer carpetas, recortes, cartas y apuntes… referidos a los «tiempos del cuplé». Aparecieron unas notas con fecha 1952/53 de mi tío Ferdinando, capuchino, referidas al Vaticano y a mí de rebote.

Por aquellas fechas yo estaba con mi madre en Italia. Mi padre hacia escaso tiempo que había sido liberado de la cárcel, condenado por graves penas, por haber colaborado con los fascistas italianos. Tal «liberación» se había conseguido gracias a las gestiones de mi tío capuchino con un Cardenal relacionado con mi familia italiana. Vivíamos en un gran caserón destartalado con huellas de la guerra y de la posguerra. La relación familiar no era fácil. Mi padre estaba absolutamente desorientado. La última vez que lo había visto fue en 1949, en la cárcel de Parma, donde había conseguido transferirle un cartón de tabaco. Mi madre no había visto a su marido desde 1945. Con nosotros convivían, o nosotros con ellos, mi abuelo y abuela. Mi abuelo, por su condición de noble, era un privilegiado funcionario antes y durante la guerra. Estaba ciego, debido a una caída «accidental» mientras bajaba a la bodega a buscar unas botellas de vino. Nunca supe si era un cínico o un irónico, o ambas cosas. Mi abuela, de origen sencillo, tenía familia en la cercana Carpí, donde acudía con frecuencia en bicicleta.

A mis trece años estaba alucinado. En pleno verano apareció mi tío Ferdinando, repleto de simpatía, capuchino y capellán castrense durante la guerra. Su objetivo era que él y yo fuéramos al Vaticano a dar las gracias al Cardenal pariente nuestro y/o al Monseñor de turno por la amnistía a mi padre. En tren hasta Roma. ¡Uf! ¡Uf! Era sábado y saldríamos el martes por la tarde desde Bolonia, teníamos la Audiencia Vaticana el jueves a las 13. El mundo es un pañuelo. El padre Obrador, un teatino mallorquín de Felanitx, que residía en Roma, y que conocía a mi tío el capuchino, a mi madre y a mí (yo no a él no lo recordaba), nos dio estancia en Roma en la maravillosa Basílica de San Andrea Lavalle donde habitaba.

Teníamos libre el miércoles. Nos fuimos a desayunar a la cercana Plaza Navona. A pesar de mis escasos 13/14 años me impresionó su belleza. Desde entonces cualquier viaje mío a Roma me suponía (y me sigue suponiendo) visitar la Plaza y tomarme un Tartufo, probablemente el mejor del orbe, en el café/heladería Tre Scalini. Mi tío y el teatino aprovecharon para recuperar el tiempo perdido. Ambos habían perdido la guerra. Yo, con amplias orejas, me limitaba a escuchar. El Padre Obrador residía en Mallorca durante la guerra civil española, donde cumplió la misión de «dulcificar» las arengas del Conde Rossi. Posteriormente fue trasladado a una ciudad italiana (cuyo nombre no recuerdo). Allí se conocieron el teatino y mi madre (yo tenía en torno a los 2/3 años), mientras mi padre estaba prisionero en el norte de África donde había sido destinado. Durante la guerra mi tío Ferdinando, cura castrense voluntario, intentaba recuperar el estado de ánimo de las tropas fascistas destinadas a múltiples destinos. Yo les prometo que no entendía casi nada, pero años después acudí al teatino Obrador para que me concediera una entrevista con el Conde Rossi. Y así fue en 1960, contenido que reproduje en una de mis primeras Crónicas Estivales publicadas en este medio.

La conversación entre ambos, capuchino y teatino, fue el presente y futuro de la posguerra. A mi tío Ferdinando le inquietaba el pánico del avance del poder comunista en Italia, especialmente en la región Emilia-Romagna (Bolonia, Modena…) donde vivía mi padre y su familia. A su hermano (mi padre) Armando Tarabini, con la amnistía le jubilaron reconociendo su estatus profesional (Maresciallo Pilota) con su consiguiente pensión; pero lo «controlaban»: Denegaron a mi padre y a un grupo de amigos crear un aeropuerto civil para usos deportivos. Y los Primeros de Mayo, fiesta de los trabajadores, los (ex) fascistas tenían que mantenerse en su casa, especialmente a la hora de las Manifestaciones.

Al teatino, residente en Roma, le preocupaba la reacción de una parte de la catolicidad contra la figura del Papa Pio XII. No comprendía el rechazo de la actitud y gestión (no negativa) del Papa referida al régimen nazi en Alemania y fascista en Italia, primero como nuncio en Alemania y después como cabeza de la Iglesia católica durante la Segunda Guerra Mundial.

Y llegó el gran día: la visita al Vaticano. Ferdinando se puso sus mejoras ropas de capuchino. Y a su vez, sin comunicación previa, me había provisto de unas vistosas prendas; y lo que más me desconcertó fue un corbatín de color morado brillante (tiempo después comprobé que era un color próximo a los propios de los Monseñores Vaticanos). Nos recibió la Guardia Suiza, presentamos nuestra documentación. Vino a buscarnos un elegante señor que nos acompañó hasta el segundo piso. Nos ubicó en una sala de espera. A los 10 minutos apareció un Monseñor. Saludó afectuosamente a mi tío, y a mí sonriéndome me dijo «tu debes ser el hijo de Armando». Excusó al Cardenal por haber sido convocado a un Dicasterio. Mi tío, el capuchino, leyó una barroca parrafada dirigida al Cardenal. Tante Grazie! El monseñor nos despidió «recordándome» que a mi padre lo habían condenado injustamente. Mi tío encantado, mientras yo no entendí nada. Y regresamos al caserón cercano de Carpi.

Así de surrealista fue mi primera aproximación al Vaticano.

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