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Daniel Capó

LAS CUENTAS DE LA VIDA

Daniel Capó

Nada sale gratis

La OTAN anunció en Madrid el retorno de la guerra fría

Ilustración. Nada sale gratis INGIMAGE

La OTAN llegó a Madrid y anunció el inicio de una nueva guerra fría. En este sentido, no hubo sorpresas. El ascenso imperial de China, unido a la guerra de Europa, subrayaba la urgencia de un cambio en la estrategia geopolítica. La globalización empieza a mostrar sus grietas, a pesar de los evidentes logros. La Historia, sin embargo, se mueve siempre en tensión, de ningún modo ajena a los principios de la fuerza y a veces, por desgracia, tampoco a los de la violencia. La ausencia de una política de defensa se puede sostener cuando se cuenta con la protección amable de otra potencia militar dispuesta a asumir los costes o en esos raros momentos de equilibrio pacífico que se producen cuando no hay intereses enfrentados o cuando los riesgos resultan muy superiores a los eventuales beneficios. Llegó la OTAN a Madrid y quiso refundarse bajo el paraguas de una alianza más firme. El ingreso acelerado de Suecia y Finlandia nos recuerda que, en un mundo multipolar, no queda espacio para la neutralidad. El siglo XXI ha comenzado –como todos los siglos– en forma de amenaza y de oportunidad.

Antes que nada, los países socios se han comprometido a incrementar sustancialmente su gasto militar. El PSOE quiere alcanzar un acuerdo con el PP para invertir siete mil millones de euros anuales más en el plazo de una década. Alemania va a destinar cien mil millones de euros a la renovación de su armamento y el Reino Unido pretende elevar un 25% su presupuesto militar en 2030. Esto se traducirá no sólo en seguridad, sino también en un retorno de la industria, un incremento del empleo y un desarrollo tecnológico. Muchos de los grandes avances de nuestra época –desde la aviación a Internet o a los equipamientos radiológicos– se deben en gran medida a la industria armamentística y es bueno recordarlo cuando, desde un pacifismo algo miope, se acusa a los gobiernos de gastar abusivamente en la defensa del país. El punto de equilibrio se encuentra siempre en la efectividad de las políticas. Una alianza militar, como la OTAN, necesita ser leal y operativa. Al igual que los seguros, la idea es no tener la necesidad de recurrir a ella.

El retorno de la guerra fría tendrá otras consecuencias aún difíciles de medir. La nueva guerra tecnológica debería traducirse en un salto productivo y científico considerable a unas décadas vista. Volverá el espionaje con más vigor –y con más medios, ahora tecnológicos–. Viajar a ciertos lugares puede hacerse más incómodo y seguramente en las naciones libres, aumentarán aún más las fake news así como la guerra cultural. ¿Se terminará extendiendo al final la Alianza Atlántica –que es, esencialmente, un acuerdo de seguridad para Europa– hacia el sur (África se halla muy controlada hoy en día por China) y hacia el Pacífico (Australia, Nueva Zelanda, Corea del Sur, Japón o Taiwán desearían mejorar su perímetro de seguridad)? Y, en clave meramente interna –aunque no tan interna–, ¿qué sucederá si se activa una segunda parte del procés y los dirigentes independentistas vuelven a coquetear con pulsar el botón ruso, como denunció Enric Juliana en un comentado artículo de hace cinco años? Para España, situarse fuera del paraguas atlántico y europeo sería suicida. Pero la nueva OTAN que surge de Madrid exigirá de los países socios mayor responsabilidad al igual que una mayor implicación. Nada sale gratis, como bien sabemos. Y mucho menos cuando la Historia vuelve a ponerse en marcha.

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