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Diario de Mallorca

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Luis Sánchez Merlo

Todos para uno, uno para todos

En su origen, como principios fundacionales, la OTAN apostaba por: la cooperación internacional para la defensa de la paz, el impulso de los derechos humanos, la elevación de los niveles de vida y la promoción del respeto al principio de igualdad de derechos y autodeterminación de los pueblos.

Hasta tal punto la sensibilidad hacia la guerra estaba a flor de piel, que Truman tuvo que defender que no se trataba de una alianza militar sino de un acuerdo contra la guerra misma. La resistencia a denominarla alianza se debía, sobre todo, a las connotaciones bélicas. 

Cuarenta jefes de Estado y de Gobierno, miembros de la OTAN, se han dado cita en Madrid, cuarenta años después del ingreso de España en la Alianza Atlántica, en unas circunstancias extraordinarias, precisamente una guerra.

La invasión ideada por el Kremlin, y atestada de crímenes de guerra, ha sido decisiva para reforzar, si cabe, la organización como una alianza militar, siendo el principio de defensa colectiva uno de sus pilares: «Todos para uno, uno para todos» (Artículo 5 del tratado fundacional).

Siendo una buena política de disuasión la mejor manera de garantizar la seguridad, fortalecer el flanco de países que tienen frontera con Rusia, es una prioridad reafirmada por el presidente Biden: «Defenderemos cada pulgada del territorio OTAN».

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La Cumbre empezó con una buena noticia: el levantamiento del veto turco a la entrada de Finlandia y Suecia en la Alianza, lo que aumentará el número de miembros a 32.

A la espera de que el Congreso americano apruebe la venta a Turquía de misiles, radares y electrónica para los F-16; animado por Biden a «aprovechar este momento para llegar a un acuerdo»; Erdogan, pragmático funcional —«el asunto más importante es el de los cazas y sigue estando sobre la mesa»— ha desbloqueado el cerrojo, convirtiéndose en uno de los ganadores de la Cumbre, al facilitar la apertura de corredores para permitir la salida del trigo ucraniano.

Con el segundo ejército más grande de la OTAN, una posición estratégica privilegiada y armas nucleares en Incirlick, base de enorme importancia para los americanos, Turquía no deja de ser un socio incómodo para la Alianza.

El crónico contencioso con los kurdos —el pueblo sin territorio propio, peor tratado en los repartos de fronteras con escuadra y cartabón— a los que Turquía considera terroristas, ha estado presente en este tiempo de talanquera —entre el anuncio formal y la adhesión—peligroso para los dos países nórdicos, tan reticentes hasta ahora a renunciar a su neutralidad, en que Rusia se enfrentaba a un dilema: atacar o perder la oportunidad. Finlandia comparte una frontera de 1.300 kilómetros con Rusia.

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El nuevo Concepto Estratégico —guía de las acciones de la Alianza en esta década— aprobado en la cumbre de Madrid, que señala como gran amenaza a Moscú y acusa a China de «intentar subvertir el orden internacional», perfila un ambicioso plan para garantizar la seguridad colectiva, incrementando de forma coordinada las capacidades materiales y los efectivos humanos para dar respuesta a las múltiples amenazas que vislumbran en el horizonte: bélicas, cibernéticas, migratorias, climáticas e incluso energéticas.

Entre los anuncios de Biden, el más relevante: «La alianza de la OTAN estará preparada para las amenazas en todas las direcciones». Alusión a la Fuerza de Respuesta en Europa, que se elevará hasta más de 300.000 soldados (en la actualidad, cuenta con 40.000 efectivos).

Los nuevos despliegues militares incluyen un cuartel general permanente en Polonia para el Ejército de EE UU —medida a la que Putin se ha resistido durante mucho tiempo— el despliegue de dos escuadrones más de cazas F-35 en el Reino Unido y —pendiente de que lo apruebe el Congreso de los Diputados— la incorporación a la base naval de Rota de dos nuevos destructores, que se sumarán a los cuatro ya integrados en el escudo antimisiles de la OTAN, cuya funcionalidad, como refuerzo a la sexta flota de EE UU en el Mediterráneo, es derribar aviones o bombardear objetivos en tierra.

Procedentes del arsenal estadounidense, servirían para proteger a los europeos, contra misiles de todo tipo y conllevaría un aumento de 600 militares en la base gaditana, lo que ha sido recibido con tanto júbilo allí, como rechazo por los que pregonan que la paz de brazos caídos se consigue por el mero hecho de desearla.

La claridad con la que se ha expuesto la incorporación de destructores a la base de Rota no ha sido tan explícita cuando se refiere a la cobertura atlántica de Ceuta y Melilla. España quería garantías más firmes para las plazas de soberanía, que técnicamente no están bajo el paraguas territorial de la Alianza.

Aunque en los documentos de la Cumbre existen varias referencias a la integridad territorial —algo nuevo— cualquier decisión sobre los enclaves españoles estará siempre supeditada a la situación concreta de cada momento y a la decisión política del Consejo del Atlántico Norte.

Resulta interesante la equiparación de las amenazas híbridas a una invasión armada. Según el nuevo manual de la Alianza, el uso de inmigrantes o gas contra España sería atacar a la OTAN.

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La impecable organización de la Cumbre por el Gobierno ha sido motivo de legítima satisfacción para todos: anfitriones e ilustres invitados, que han evidenciado empatía en todo momento.

El presidente del Gobierno ha ejercido como tal con una prioridad: la unidad entre la OTAN y la Unión Europea. La foto de familia, junto al cuadro de Las Meninas, en la sala del Prado dedicada a Velázquez, quedará como testimonio inestimable de la unidad occidental frente a Rusia.

Motivo también de orgullo para los ciudadanos españoles, empezando por los madrileños que han aceptado —con temple— las restricciones impuestas por la seguridad. No ha habido manifestaciones ni vandalismo, como son habituales en cumbres como esta.

La cuidada elección de los escenarios: Palacio Real, Museo del Prado, Granja de San Ildefonso, ha permitido enseñar al mundo parte de las riquezas de un país con cinco siglos de vida.

Y para que no faltase uno de nuestros activos indiscutibles: la gastronomía ha sido uno de los actores secundarios de la Cumbre.

No pasa desapercibida la encomienda de la «cena euroatlántica» a José Andrés, nuestro héroe en la primera línea de dar comida en las catástrofes y emergencias como «homenaje a todos los cocineros y voluntarios ucranianos que cada día arriesgan sus vidas para cocinar y llevar alimento a personas en zonas de guerra». Y entre guiños a Ucrania, la Orquesta Sinfónica de Kiev interpretó dos piezas musicales.

Junto a él, un gran cocinero: Paco Roncero, que no titubeó al optar por servir a los altos dignatarios: sardinas marinadas, aceitunas y croquetas de gambas al ajillo. Un menú veraniego, más propio de la zarandeada clase media-baja, pávida con la carestía de dos dígitos.

Los 2.000 periodistas de la Cumbre, acantonados en Ifema, dieron buena cuenta de algo tan representativo de la comida popular como la ensaladilla rusa, que durante años se convirtió en ensaladilla nacional. Cosas del franquismo.

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La Cumbre, que ha seguido a la agresión rusa, ha servido para revitalizar la OTAN y ha surgido una nueva conciencia de la seguridad. Una de las consecuencias imprevistas del ataque de Rusia a Ucrania ha sido transformar la seguridad regional, con una radical modernización del arsenal de la OTAN.

El gobierno de España ha firmado la Declaración de Madrid en la que los socios de la OTAN reafirman «el Compromiso de Inversión en Defensa en su totalidad», es decir, elevar sus respectivos presupuestos de Defensa hasta el 2% del PIB.

Esto habrá que seguirlo de cerca porque los socios en el Gobierno de coalición ya han anticipado su oposición al aumento de gasto y criticado también el acuerdo con Estados Unidos para ampliar los destructores de la base de Rota.

Mientras van saltando los códigos secretos de la caja fuerte de la Casa Blanca, con testigos desinhibidos que abonan las posibilidades de procesar a Trump por el asalto al Capitolio, las fuerzas rusas siguen avanzando en el este de Ucrania, en su intento de rodear ciudades estratégicas.

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