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Diario de Mallorca

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Antonio Tarabini

Entrebancs

Antonio Tarabini

La sociedad en conflicto

A diferencia de otras épocas, vivimos hoy en una sociedad amenazada por múltiples crisis y catástrofes como la pandemia, la crisis climática, inundaciones, incendios y sequías. Sin pasar por alto actores exteriores (cfr. Guerra en Ucrania, provocada por la Rusia de Putin) que intentan poner en jaque a nuestros modos de vivir y convivir. Todo ello aumenta una sensación de descontrol sobre el mundo, que parece discurrir al margen de nuestra voluntad política; léase nuestra incapacidad para llevar a cabo las necesarias e imprescindibles transformaciones políticas y socioeconómicas, entre otras.

Hoy, año 2022, como mínimo nos afectan cuatro grandes transformaciones desarrolladas en las últimas décadas. La revolución tecnológica, que ha hecho circular al mundo de lo analógico a lo digital; la revolución demográfica, que convirtió a Europa en un espacio compartido de gente envejecida después de haber sido un continente joven; la globalización, que ha llegado a ser el marco de referencia de nuestra época desplazando al Estado-Nación; y la revolución conservadora, hegemónica desde la década de los años ochenta del siglo pasado y que ha predicado las virtudes del individualismo y de que cada palo aguante su vela, olvidando los principios mínimos de solidaridad social.

En los años posteriores a la II Guerra Mundial las fuerzas políticas de la izquierda (socialdemócratas) y de la derecha (democristianos) formularon un Convenio, un Pacto, que incluía unas reglas del juego para la convivencia pacífica, que duró más de medio siglo. Además de tal consenso político, también lo hubo en el ámbito económico (el empresariado) y sociales (los sindicatos) para alcanzar la combinación más adecuada entre el Estado y el Mercado, con el objetivo final de que toda práctica política se basara en la búsqueda de la paz, el pleno empleo y la protección de los más débiles a través del Estado de bienestar. Quedó claro que la única estrategia con éxito era aquella que excluía cualquier retorno al estancamiento económico, la depresión, el proteccionismo y, por encima de todo, el desempleo. Para que la democracia se recuperase como tal era preciso abordar de una vez «la condición de personas» de los ciudadanos. Tales objetivos, se han alterado profundamente.

En el año 2008, llegó un tsunami : la Gran Recesión, la cuarta crisis mayor del capitalismo. Su naturaleza era financiera. La solución (?) fue cubrir con dineros públicos la recuperación de entidades bancarias y cajas. En el caso español significaron 45.000 millones de euros, sin retorno. Las consecuencias fueron, entre otras, la pérdida de derechos, la desigualdad económica y social, el desmantelamiento de las clases medias; así como la consolidación con fuerza de las dudas entre la ciudadanía en la convivencia pacífica entre un sistema de gobierno democrático y un capitalismo fuertemente «financiarizado». Los mercados son ineficientes (el desiderátum de mercado ineficiente es el mercado de trabajo); y la democracia, que se legitima corrigiendo los fallos del mercado, no lo hace. Así surge la desafección respecto a la democracia (el sistema político) y el capitalismo (el sistema económico). Aunque con distintas intensidades y percepciones, tal crisis política/económica/social, sigue viva y coleando.

Hoy, año 2022, ¿es posible crear un clímax que posibilite y facilite la reconciliación entre la economía de mercado, el progreso social y la democracia plural? Acudo a cinco premisas de Antón Costa, gurú y líder de la necesidad y urgencia de un Contrato Social y Territorial

Primera. Una mejor gestión macroeconómica para estabilizar la economía y acabar con el recurrente ciclo maniaco-depresivo, con fases de fuerte expansión y creación de empleo seguidas por otras de intensa caída y destrucción. Los más perjudicados por este comportamiento bipolar son los más débiles, incluida la microeconomía.

Segunda. La pobreza y la desigualdad no vienen solo de los bajos salarios sino de los precios superiores a los costes que pagan los hogares españoles por muchos de los servicios y bienes de consumo. Eso es otra forma de decir que son un problema grave de eficiencia.

Tercera. Poner el foco en los factores olvidados del crecimiento, la productividad y el empleo. Las políticas están sesgadas hacia la desregulación y precarización del mercado de trabajo. Hay que equilibrarlas prestando atención al liliputismo empresarial, al modelo de empresa sostenible y al clima social.

Cuarta. Redistribuir y no fomentar de nuevo el endeudamiento. Eso es lo que provocó la crisis financiera y económica de 2008. Los principales perjudicados fueron los más débiles. Ahora sabemos que una sociedad más equitativa genera una economía más eficiente y estable.

Quinta. Democratizar la democracia para que las políticas respondan al bien común y puedan reducir la desigualdad y la pobreza. Y también escribir el manual de funcionamiento del estado de las autonomías, que dé flexibilidad para responder al mayor apetito de autogobierno de algunas comunidades, sin que este implique privilegios en cuanto a la igualdad de todos los españoles en el acceso a los servicios públicos básicos.

«La Sociedad en Conflicto»: lo raro es que esta gran sacudida no se hubiera producido antes. Para concluir cito a Carlos Carnicero: «La ola de la indignación lleva tiempo tomando cuerpo. Dos viejas señales. Por un lado, los niveles de desconfianza de los ciudadanos hacia sus gobernantes y por otro la gran crecida de la desigualdad y la quiebra paulatina del Pacto Social. O se revierten estas tendencias, o vendrán los fanáticos agitando sus banderas y construyendo muros reales y figurados».

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