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Diario de Mallorca

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Alex Volney

Desafiando al tiempo

Tenías que coger por el lado correcto. Elegir el lado bueno de la Historia, ¡por Dios! Caías vertiginosamente para volver a levantarte, siempre. A tu lado cualquiera daba la imagen del eterno perdedor. Hasta el último instante, siempre autorescatado una y otra vez. Te deslizabas cuesta abajo por las erosionadas laderas. Contigo arrastrabas los sedimentos de una sociedad como en un temerario juego que parecías controlar hasta que alguien gritaba tu nombre cuando se podía entender que la situación era ya definitivamente perdida. A tu lado no parecían controlar una mierda y era difícil mantenerse. En un inicio todo se inclinaba a tus pies, pero pronto te volvían a ver sacudirte el polvo de brazos y piernas y sonriendo podían comprobar como te levantabas una vez más. La vida era un recreo y recuperabas el control unos segundos antes del timbre. Estupefactos y a la expectativa quedábamos a merced de las circunstancias que siempre eran las tuyas, un legajo interminable de incertidumbres difíciles de aguantar para un corazón libre.

En el recuerdo las luces que se reflejaban en los charcos y en todos los colores mientras avanzabas por la calzada raudo y ajeno a todos y a todo. No ponías en peligro a nadie más que a ti mismo. El casco sería obligatorio mucho más tarde. La moto la creías mágica como la misma espada de Arturo.

En una ocasión célebre, la policía hacía unos cuantos kilómetros que te seguía para cazarte. Cuando te pararon asegurabas que no habías notado nada, ni te habías dado cuenta. Vaya, que los habías visto todos verdes. Te apuntaban unos trece pasados en rojo y tú sacudías los hombros, echabas una calada y escupías al suelo, amable e irreverente a partes iguales e incomprensiblemente te dejaban marchar. La pasma seguía apuntando. Tú seguías adelante. Vaya tela, contigo no había aburrimiento posible. Siempre un bar nuevo en el horizonte o una tendencia que se atisbaba e iría clareando meses después de que la pusieses en práctica, en solitario y a contracorriente.

Ni la Revolución debía esperar, decías muy a menudo. Vivir era hacerlo como si quedase solo un minuto. Vivir era urgente. Mucho. Nadie a tu alrededor sabía exactamente que pasaba, pero era muy divertido. Siempre. No saltarse las normas era de lo más vulgar, por supuesto. Desafiar a la evidencia, provocar al poder o vacilar al más fuerte para en una misma tarde-noche hacer correr a unos camellos que se acercaban para vender a los niños. Casi los desvestiste para luego tirar toda su mierda por la alcantarilla mientras gritaban desesperados y maldecían a la santa de tu madre. Una última advertencia antes de salir corriendo. En ese guión no había ni un minuto que perder. Nunca. De madrugada nos habíamos despedido a las siete pasadas y antes de las nueve ya había otro plan. La horizontalidad del tiempo era más factible en ti que en Cioran. Seguirte era un desafío absoluto, pero nadie dudaba de lo conveniente que era todo aquello, ni de lo rápido que iba a suceder el resto y a continuación, pero nunca hasta ese punto. Nuestro rebelde con causa…

Todo parecía una broma. Todo. Una jodida broma más y ni esa última broma borraría tu sonrisa y como todo lo tuyo no hubo tiempo para mucho, pero sí lo suficiente como para demostrarte todo el cariño y respeto de toda tu gente. Toda. Como siempre en estos casos los que quedamos dejábamos y dejamos mucho que desear. Tú al menos fuiste hijo de tu tiempo, de principio a fin. Y sin perder un minuto. No eras del Club de los Veintisiete, para qué…el tuyo era mucho más selecto. El 27 sería para el junio de 1992 y ahora se han cumplido ya treinta años. Marchaste. Todo se interrumpió fatídicamente y en lo mejor de la vida. Luego entendimos el porqué no había tiempo a perder y cada día debía ser como el último. Claro que sí. De los tuyos nadie se ha olvidado de ti ni un solo día del año e incluso pequeñas y pequeños han heredado tu mirada y tu incombustible energía. Mientras duró tu mundo hiciste que el nuestro fuera mucho más agradable. Ni tu familia ni tus amigos te olvidan. Nunca.

(En memoria de Fernando García Córdoba)

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