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Antonio Papell

El PP y las nacionalidades

No ha ocultado VOX, en su exitosa incursión en la política española, su desacuerdo con el estado de las autonomías. No hay aún grandes detalles acerca del alcance de tal disidencia pero todo indica que el partido de la extrema derecha no está de acuerdo con el actual modelo cuasi federal que se desprende de la Constitución de 1978 ni con el que pretendía la Segunda República, basado en la concesión de autonomía solo a los territorios históricos, a las naciones integradas en el Estado español. El neofranquismo es ahora partidario de regresar a una concepción centralista del Estado que, con independencia de los debates técnicos que se puedan proponer, ya no sería posible implementar puesto que, tras la promulgación de la Carta Magna que otorgaba directamente personalidad jurídica a los referidos territorios históricos (artículo 151 C.E.), y permitía la formación de otras autonomías sin tradición administrativa ni ideológica (artículo 147 C.E.), ha ido arraigando en todo el territorio español un sentimiento regional/nacional espontáneo de insólitas proporciones. Sentimiento que llega hasta el extremo de que la cosmopolita provincia de Madrid, el rompeolas de todas las Españas, tiene también bandera e himno.

Al contrario que Vox, el Partido Popular, que en su momento tampoco vio con muy buenos ojos el Título Octavo de la Constitución de 1978, ya se ha adherido sinceramente a la visión plural de España que tuvieron los constituyentes. El propio Feijóo, presidente de Galicia desde 2009, ha ejercido abiertamente su galleguismo político, idiomático y cultural, llegando a desplazar a los partidos autóctonos y fomentando un indudable vigor identitario tan reivindicativo como el que más. Sin embargo, el Partido Popular todavía no se ha repuesto de los efectos de la hostilidad de Aznar hacia el catalanismo en los primeros años 2000 —la nefasta legislatura 2000-2004 en que un Aznar ensoberbecido perdió tan tas veces los estribos—, hostilidad que dio alas al nacionalismo, que fortaleció prodigiosamente el engrosamiento de Esquerra republicana de Cataluña (una fuerza muy minoritaria hasta 2003), que excluyó al Partido Popular de la reforma estatutaria y que lo vinculó al fracaso jurídico de la reforma a través de grandes presiones sobre el Tribunal Constitucional, que cedió a ellas. Todo lo cual finalmente redujo al centro derecha español a una posición absolutamente marginal en la política catalana. De los 19 escaños que llegó a tener el PP en sus mejores tiempos en el Parlament de Catalunya, hoy conserva 3, con menos del 4% de los votos.

Las heridas causadas por el aznarismo, no corregidas por Rajoy, en la relación entre el PP y la sociedad catalana, muy mayoritariamente catalanista (el catalanismo político es mucho más que el nacionalismo en el Principado) se restañarán con lentitud, pero no está mal que Feijóo intente bajar al menos la tensión, ya que será muy difícil que un gobierno español gobierne sin tener prácticamente presencia ni en Cataluña ni en Euskadi. Por eso hay que prevenir nuevas reacciones energuménicas como la que ha recibido Bendodo al hablar con propiedad de “la nacionalidad catalana”, heterodoxia que ha atraído sobre él las iras de VOX y de una parte del propio PP.

Cataluña está hoy emergiendo con dificultades de una situación descontrolada cuya principal responsabilidad corresponde a los nacionalismos, que sacaron a pasear sus corrupciones al mismo tiempo que sus sospechosos afanes soberanistas. La aventura de aquella gran irresponsabilidad fue muy dolorosa y estamos en vías de cauterizar las pústulas que todavía duelen. Dígase lo que se diga, los indultos fueron lenitivos que están obrando un retroceso claro del independentismo, en favor de una recuperación del viejo clima que alguien llamó en su momento el oasis catalán.

Por ello, sería muy deseable que Feijoo contribuyera positivamente a este proceso de distensión, que ha perdido parte de su fuerza pero que todavía actúa amenazante sobre una realidad catalana que no ha recuperado los antiguos equilibrios. La derecha liberal, que por lógica debería ser menos centralista que la izquierda socialdemócrata, ha de volver en esto a sus orígenes, para ser uno de los elementos capitales de una futura reforma constitucional que racionalice el asimétrico federalismo que rezuma de la incompleta (en esto) Constitución española.

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