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Diario de Mallorca

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Luis M. Alonso

El mal buen patrón

El buen patrón ha recibido no pocos elogios. En parte se justifican por el regocijo que en este país produce reírse a mandíbula batiente de un viejo tabú que ya no lo es tanto, como es el caso de la empresa. La película más nominada de la historia de los premios Goya cuenta con un Javier Bardem formidable -quizás sea la mejor interpretación de su carrera- en el papel de un empresario paternalista que ha heredado el negocio de su padre, decidido a que sus empleados le rindan vasallaje recurriendo a las argucias y al chantaje. También propone una salvaje crítica mordaz con un discurso maniqueo y un trazo demasiado grueso, en un contexto intencionado supuestamente útil para los fines propagandísticos de quienes lo financian con dinero público y que resulta, además, bastante grosero. El espectador más atento tiene la oportunidad de comprobarlo enseguida nada más que el plano se posa en el arco de entrada de la fábrica con el nombre Básculas Blanco y observa atónito una reproducción del pórtico de Auschwitz, donde todavía figuran las abominables palabras «Arbeit macht frei» («El trabajo hace libre») que forman parte de la literatura nazi del exterminio. Un guiño evidentemente desproporcionado que rebasa cualquier lógica al establecer una comparativa ausente de gracia entre un campo de concentración en el que se gaseaban seres humanos y un lugar de trabajo. Igual que resulta demasiado cruel la insistencia en el escarnio del empleado de seguridad de la puerta, al que no le faltan motivos para despedirse y que únicamente aguanta las vejaciones con la esperanza de no perder su puesto.

Aun con la excusa de denunciar los límites del poder que atropella a las personas, da la impresión de que el primer objetivo de Fernando León de Aranoa, un director que presume de sensibilidad social, es la búsqueda de la carcajada fácil de los espectadores que no tienen mayor inconveniente en reírse de las desgracias siempre y cuando sean ajenas. No sorprende, es el botín frecuente de esa sal gruesa que caracteriza a la comedia española desde hace lustros, aunque los mejores deconstructores de la España del esperpento fuesen especialmente hábiles para hacer de la sátira un retablo de mayor amplitud humorística. Incluso el director de El buen patrón fue mucho más sutil hace unos años retratando la precariedad laboral en Los lunes al sol.

La película aclamada en los Goya y candidata en los Oscar es una comedia satírica, y toda sátira que se precie de serlo exalta y ridiculiza los vicios individuales y colectivos de la sociedad que retrata, pero en esta ocasión y en algunos momentos los contornos parecen agudizarse innecesariamente alrededor de un cliché desmesuradamente negativo. No porque no puedan existir patrones de un pelaje parecido al nada modélico Julio Blanco, el personaje que encarna Javier Bardem, explotadores y ventajistas sin principios, que no dudan en trampear las medidas de peso, equilibrio y fidelidad que dicen defender, y que llegado el punto se aprovechan sexualmente de las becarias. Sabemos que existen porque en esta vida hay de todo. Es la forma de atizar la caldera, además del contexto laboral, ya digo, en que se ha fraguado la película subvencionada, lo que induce a sospechar que el retrato extremo y artificioso de un patrón extorsionador no es más que la excusa para someter a un juicio sumarísimo a todo un colectivo que incluye a empresarios responsables que invierten, crean empleo, pagan sus impuestos y mueven la economía. La sátira encierra una intención moralizadora, lo sé. Sabemos también que aquella que se ejerce acerca de un soldado no tiene por qué degradar a un ejército, salvo que sea eso lo que se pretenda.

Puede que no todos los que se ríen nerviosamente y pasan un buen rato con la película de Fernando León de Aranoa se crean la totalidad del producto que consumen, y simplemente se tronchen de los modelos estereotipados sin preocuparse de nada más, porque si algo está claro en El buen patrón son esos excesos redundantes que desmontan cualquier efecto moralizador. En el caso de que se pretendiese moralizar despellejando a todo un gremio bajo un prisma intencionadamente distorsionado. Habría que preguntarle, por ejemplo, al patrón productor de la película, Jaime Roures, si se siente reflejado de alguna manera en el protagonista, después de ser blanco de las críticas por la relación con los trabajadores de sus empresas en el momento de recoger el premio en la ceremonia de los Goya.

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