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Diario de Mallorca

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Carlos Carnicero Urabayen

Carlos Carnicero Urabayen

Periodista y analista político

La guerra puede cambiar el mundo

Vladímir Putin. MIKHAIL KLIMENTYEV

Es la hora de la diplomacia de urgencia. Los contactos entre París, Moscú y Washington toman especial intensidad en los últimos días. Se especula con la celebración de una cumbre entre Joe Biden y Vladímir Putin, a la que se sumaría, entre otros, Emmanuel Macron, muñidor de un posible acuerdo para evitar una formidable catástrofe.

No hay exageración posible. Una guerra en Ucrania tiene potencial explosivo para todo el continente y también para el conjunto de la comunidad internacional. La movilización de 190.000 soldados rusos en las fronteras de Ucrania, incluyendo 30.000 que se quedarán en Bielorrusia, evocan las peores memorias de la Guerra Fría, un tiempo que creíamos felizmente superado.

Si Putin cumple sus planes y Europa y Estados Unidos se ven arrastrados en este conflicto las consecuencias son desconocidas. Cabe recordar que estamos hablando de potencias nucleares, poseedoras de unas armas con «capacidad de destrucción mutua asegurada». En teoría esto es una garantía para evitar un conflicto -los beneficios nunca superan los costes de apretar el botón-, pero la racionalidad no manda siempre en la guerra.

Ucrania no es miembro de la OTAN. Quizás nunca lo vaya a ser, como quiere Rusia y como sugieren cada vez más voces en Europa, pero es un país clave para la seguridad energética europea. No se descartan tampoco accidentes. Ucrania hace frontera directa con cuatro países de la UE y las imágenes que podríamos ver en las próximas semanas serán difíciles de digerir.

Tiene razón Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea. Treinta años tras el final de la Guerra Fría, asistimos a unos movimientos de fuerza que pretenden redefinir las reglas de la comunidad internacional fijadas tras la Segunda Guerra Mundial. China, que apoya abiertamente a Rusia y tiene sus propios planes en Taiwán, aspira también a un mundo definido nítidamente por el poder, las zonas de influencia, el nacionalismo y la fuerza. Más que nunca, Europa necesita hablar de forma inteligente el lenguaje del poder.

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