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Arenas movedizas

Jorge Fauró

Los bien nacidos

De la última gala de entrega de los premios Goya se deduce que el agradecimiento es aburrido, por inusual

José Sacristán recibe el Goya de Honor a su carrera. EVA MANEZ

Los desconocidos ganadores de los Goya que rebasaron el tiempo establecido por la Academia para agradecer sus premios debieron de pensar, una vez leídas las críticas de sus intervenciones, que más les habría valido echar pestes del productor, revelar algún secreto oculto del equipo técnico o lanzar directamente el cabezón a la primera fila del patio de butacas. Lo más probable es que hubieran empleado el mismo tiempo en a) armar jaleo que en b) recordar a la familia y dar las gracias a quienes hicieron posible el triunfo. De haber elegido la opción a), el televidente censor se habría ido a la cama mucho más satisfecho y sin la sensación de que el tiempo se había parado entre la alfombra roja y los ajos de José Sacristán.

Imaginen que en lugar de expresar gratitud, los premiados se hubieran dedicado a rajar del personal y a hacer volar las estatuillas sobre la cabeza de los invitados; o a bajar del escenario pistola en mano como Sid Vicious en My way; o a mirar fijamente a la cara a Eduardo Casanova y vomitar delante de él toda la homofobia y el odio con que le recibieron algunos habituales en estos menesteres en las redes sociales. Imaginen. ¡Qué espectáculo televisivo habría sido! ¡Qué gala de los Goya! ¡Qué pasada audiovisual! ¡Qué manera de dar caña la ganadora al mejor cortometraje! Las mismas personas que culparon del ritmo lento de la gala a quienes disfrutaron del premio y expresaron algún tipo de gratitud delante del micrófono seguirían días después inventando memes con la figura del Goya que pasó rozando a Penélope.

De todo lo cual se deduce que el agradecimiento es aburrido, por inusual. Lo que falta es gratitud y reconocimiento y homenajear en público a las personas que han procurado el éxito particular o el interés general. Sin embargo, un discurso de agradecimiento de más de tres minutos ante las cámaras acarrea más críticas que una soflama política de media hora cargada de insultos, falsedades y medias verdades.

Estamos perdiendo la sana costumbre de dar las gracias. Seré breve: no me gustaría acabar este artículo sin agradecer al diputado Alberto Casero que con su voto haya procurado un nuevo ámbito de trabajo que contribuirá a la mejora de las condiciones laborales de miles de trabajadores y a que puedan utilizarse los fondos de la Unión Europea para la reconstrucción. También quiero dar las gracias a los letrados del Congreso, que han descartado el fallo informático y validado el voto del congresista del PP en contra de las directrices del partido.

Debo expresar la mayor gratitud hacia el grupo parlamentario de Unidas Podemos, que con su empeño en no cubrir la vacante de su diputado Alberto Rodríguez imprimió al recuento de votos una emoción nunca vista en la Cámara. No puedo olvidarme del grupo parlamentario socialista y de su jefe de filas, Pedro Sánchez, que se jugó la votación a la baza de los dos diputados de UPN y logró que la sesión en que se aprobaba la ley más importante de su mandato cogiera un rumbo inesperado con un final explosivo que ni habría imaginado el ganador del Goya al mejor guion original.

Me gustaría recordar al líder de Vox, Santiago Abascal, que en la noche electoral de Castilla y León puso el foco sobre su candidato, Juan García-Gallardo, y le convirtió desde la nada en el supuesto próximo vicepresidente de esa autonomía, gracias a lo cual pudimos saber, a través de tuits que luego borró, que «el fútbol está repleto de maricones» y «qué ridículo suena que las mujeres exijan igualdad». Gracias, Santi. No quisiera despedirme sin recordar a Francisco Igea, el exvicepresidente de la Junta castellanoleonesa, que al convocarse elecciones pidió su reingreso a la medicina porque era su auténtica vocación, volvió a la política como candidato de Ciudadanos y ahora ha decidido pasarse cuatro años más en la irrelevancia. Ya habrá tiempo para vestir de nuevo la bata.

Sería injusto olvidarse de Albert Rivera, que con dos años de ejercicio de la abogacía pasó por la política, se cargó el proyecto y fichó por un prestigioso bufete con el que ha salido tarifando sin apenas pisar el despacho. Y, por supuesto, gracias a Pablo Casado por estar ahí cada día, situando a la política española en el nivel que le corresponde.

Quienes hayan tenido la paciencia de leer este artículo no habrán empleado más de tres minutos. Como dijo Sacristán, gracias a los que cada año me siguen comprando los ajos.

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