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Diario de Mallorca

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Lucía Velasco

El futuro ya está aquí

Lucía Velasco

Economista especializada en tecnología e innovación social

Dinero sí, dinero no

Pago digital. Unsplash

Durante la pandemia lo único que hemos podido abrazar ha sido a la tecnología. Hemos sido tan aplicados que ahora mi padre manda Bizums con la naturalidad con la que usa WhatsApp formando parte de ese 40% de los españoles que también lo hace. De la noche a la mañana cambiamos nuestros hábitos de compra y al pasarnos de lo offline a lo online nos dejamos el metálico por el camino. A este país antes le gustaba el cash, igual que a los griegos, los italianos y los portugueses. Acostumbrados a pagar ocho de cada diez compras con billetes, en esta última etapa hemos adoptado masivamente el contactless haciendo sin querer que cambie el mapa del dinero. El Banco de España calcula que, en 2020, un 2,5% de la población ha dejado de usar billetes y monedas por motivos de higiene. Como consumidores, usamos más el pago digital pero los comercios también ayudan a que se extienda porque la aceptación de los pagos con medios electrónicos ha crecido de forma constante y ya en el 93% se puede pagar con tarjetas de débito, en el 82% de crédito y en el 50% con móvil. Tras el abrazo digital hay quien augura la muerte del efectivo, que además es mucho más conveniente para el control fiscal. Sin embargo, no estoy tan convencida de que esto sea una buena idea. Una cosa es lo que uses para pagar y otra, que no haya alternativa. Muchas personas sienten que han de ser libres para pagar como quieran.

¿Cómo nos sentimos los españoles a este respecto? Una encuesta reciente de GAD3 destaca que el 90% quiere que se pueda pagar en efectivo. Pensamos que es más seguro, que siempre funciona, y que además garantiza la privacidad. Mantener o no el dinero en circulación es algo de lo que se habla poco, pero mediante diferentes usos y limitaciones, su desaparición se va consolidando, al igual que lo hacen las sucursales bancarias. Antes era muy habitual pagar recibos en la caja del banco en metálico, después hubo que hacerlo a través del cajero. Ahora los cajeros cada vez ponen más pegas para aceptar efectivo.

Este es un debate necesario, fundamentalmente por el papel que juegan los bancos en la sociedad y que ha tenido lugar en países como Reino Unido, cuyo Gobierno se ha comprometido a proteger el acceso al efectivo de las personas vulnerables. Tan es así que su regulador financiero está dispuesto a intervenir si los cajeros automáticos se retiran en algunas zonas -después de que el año pasado se redujera el 40% de las retiradas como consecuencia de la pandemia-. Los nórdicos, siempre por delante, incluso en proponer primero su eliminación, se han dado cuenta de que una sociedad sin efectivo estaría extremadamente expuesta a cualquier contingencia. Suecia el año pasado ya reconoció la esencialidad del dinero en metálico para preservar un país seguro e igualitario, obligando a los bancos a ofrecer servicios de caja y a garantizar que los particulares no tengan que desplazarse lejos para acceder a ellos. Ahora están poniendo en marcha nuevas medidas en todo el territorio. El dinero contante y sonante tiene un gran valor para una gran parte de la población. En muchos sentidos, es uno de los últimos bastiones de la privacidad en nuestra sociedad cada vez más dataficada. Es intrínsecamente privado, no requiere servicios de terceros ni sistemas electrónicos. También a muchos les ayuda a hacer un presupuesto, o evitar que los datos de las tarjetas sean captados y monetizados por empresas privadas que los venderán al mejor postor. Otro valor fundamental es su poder de inclusión social. Una de las principales razones por las que la gente prefiere el efectivo en los países en crecimiento, por ejemplo, es que no tienen cuenta en el banco ni tarjeta. Se sabe que, a menor nivel de ingresos y mayor edad, hay más dependencia del efectivo. De hecho, es la única forma de dinero accesible y, por tanto, el único medio de ejercer los derechos fundamentales vinculados a su uso. No tiene comisiones. A todo ello se suma la utilidad en momentos de desastres naturales o de inseguridad política que aquí pueden sonar lejanos, pero que no lo son tanto en otros países. Muchas veces se teme que los sistemas se caigan y da tranquilidad tener el dinero disponible para seguir viviendo; también si se producen cortes de electricidad o si los teléfonos se quedan sin batería; porque las redes pueden fallar de muchas formas, pero el dinero en efectivo no puede ser pirateado ni víctima de ciberataques.

La aceptación generalizada y la disponibilidad del dinero en efectivo debe ser una opción de pago válida para los consumidores de todos los grupos demográficos que vivan en cualquier país. En un mundo digital, sin cash, para paralizar la economía del país bastaría con que fallara Internet o la red eléctrica. Parece que aciertan los países que garantizan que el dinero en efectivo siga estando a disposición del público por razones como la privacidad, la inclusión o la seguridad nacional entre otras. No sé si con la fiebre digital a veces se nos olvidan los básicos.

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