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Diario de Mallorca

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Será porque se trata de un deseo insatisfecho durante miles de años, pero a la que los revolucionarios franceses tomaron La Bastilla con la libertad como bandera no hemos parado de reclamarla. Lo que sucede es que en el ideario Ilustrado semejante anhelo venía acompañado de otros dos al menos: la igualdad y la solidaridad, y pronto quedó patente de que a lo mejor se estaban pidiendo cosas contradictorias. No se tardó en entender que la libertad de uno tiene los límites que establece la libertad del de al lado como si se tratase de una cuestión de fronteras y, si se le añadían los otros deseos, los de que todos fuésemos iguales y, para lograrlo, solidarios, entonces era inevitable entrar en terreno ajeno por mucho que el vecino quisiese quedar con su libertad intacta.

Quien tiene la autoridad para hacerlo nos diga de una vez por todas si se piensa poner la salud general por encima de las libertades individuales

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La pandemia de la covid-19 ha llevado el conflicto entre libertades hasta extremos que rozan ya el disparate a causa de la abundancia de negacionistas que, en consecuencia con sus ideas, reclaman el derecho a no vacunarse. Mientras éstas, las vacunas, eran una especie de regalo de los reyes magos por el que suspirábamos, apenas hubo conflicto más allá de quienes se negaban, en nombre de la libertad sacrosanta, a seguir las reglas para evitar contagios. En aquellos momentos aparecieron conceptos nuevos como el de la inmunidad de rebaño, un deseo que se manifestaba sin que, al parecer, entendiésemos lo que quiere decir eso del rebaño. Lo sabemos ahora, cuando queda claro que si hay ovejas díscolas no aparece rebaño alguno digno de tal nombre. En la traducción sanitaria, no basta con que haya vacunas; hay además que contar con la voluntad generalizada de ponérselas. Sólo así cabe alcanzar esa libertad que nos quitó la pandemia de repente. Pero es obvio que estamos hablando del mismo derecho desde dos puntos de vista enfrentados porque el deseo de liberarnos se puede aplicar tanto al virus como a la vacuna y en ambos casos estamos hablando en nombre de la libertad. Quizá sería cosa, pues, para no liarnos de utilizar términos más precisos a la hora de definir los derechos y las obligaciones hablando de emergencias y remedios. La covid-19 es una emergencia para la que el único remedio conocido es la vacuna. Se trata de un remedio relativo porque no evita el contagio, sólo atenúa sus consecuencias, así que hay que acompañarlo de otras medidas de precaución como son las profilácticas con las mascarillas en primera línea. Pero ¿qué sucede si en nombre de la libertad me niego a vacunarme y a llevar mascarilla? Que, a poco que proliferen los rechazos al remedio, la emergencia vuelve. Lo hemos vivido otra vez y vamos ya por la sexta. Suficientes episodios como para que quien tiene la autoridad para hacerlo nos diga de una vez por todas si se piensa poner la salud general por encima de las libertades individuales. Convirtiendo la vacuna en obligatoria, por ejemplo, y dejándolo muy claro.

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