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Diario de Mallorca

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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza | Psicótico tú

Quién hubiera creído hace algún tiempo que «la psicosis acaba con las reservas de hornillos» ocuparía alguna vez los titulares de la prensa? Ya les respondo yo: exactamente los mismos que hubiéramos pasado 100 días confinados por una pandemia a escala mundial y que deja a día de hoy más de cinco millones de fallecidos. Maldita realidad empeñada en superar a la peor de las ficciones…

Un día de estos, por cierto, tocará plantearse seriamente —tras pulir el asuntillo ese del lenguaje inclusivo— la facilidad con la que empleamos términos de patologías mentales que merecen mucho más respeto. Pero entre tanto, permítanme esconder el quinqué no sea que llegue una visita y me tome por psicótica.

Psicosis:

Trastorno psíquico grave que afecta de un modo total a la personalidad y conducta del sujeto, con distorsión de la realidad, perturbación del juicio, de la voluntad y de la afectividad. (Diccionario de Psicología Clínica).

Enfermedad mental caracterizada por delirios o alucinaciones, como la esquizofrenia o la paranoia. (RAE).

Todo comenzó cuando el Gobierno de Austria lanzara un llamamiento a la población para prepararlos ante un posible fallo en el suministro energético a nivel europeo. La ministra de Defensa austríaca, Klaudia Tanner, anunciaba una posibilidad «del 100% en los próximos cinco años»: «La cuestión no es si habrá un gran apagón, sino cuándo». Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra, lo tomó a mofa, hasta que los gobiernos de Suiza y Alemania publicaron avisos similares y muchos europeos pusieron sus barbas a remojar y un hornillo en el carrito de la compra.

La ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, declaró que «podemos descartarlo de nuestro horizonte de preocupaciones». Pero, claro, era la misma que como estrategia para abaratar la factura de luz pedía empatía a las compañías eléctricas. Y como todo lo que era imposible hace año y medio, ahora pasa a la mera categoría de improbable, muchos han obviado la calma chicha de los políticos propios y han atendido a los de fuera que, total, tampoco pedían construirse un búnker ni armarse hasta los dientes, sino preparar un kit de emergencia con mantas y ropa de abrigo, velas, linternas y baterías, dinero en efectivo y agua y alimentos no perecederos para unos cinco días. También recomiendan saber primeros auxilios y formar equipos vecinales para, dado el caso, ofrecerse apoyo mutuo y cuidar de los más vulnerables. Un protocolo que, más que de psicosis, yo veo de cajón.

Porque Ribera habla desde la perspectiva reciente —aún sacando pecho— de su visita relámpago a Argelia para garantizar el suministro de gas, pero obvia que más allá del abastecimiento puede suceder un accidente. Y que suceden, el gobierno alemán lo tiene mucho más fresco. Las devastadoras inundaciones en Europa en julio dejaron más de 200 fallecidos, 165 en Alemania. Muchos de ellos sin haber recibido las alertas en manos de las aplicaciones digitales que reemplazan a las antiguas sirenas de tiempos de la guerra fría y que fallaron, ya que el agua provocó cortes de electricidad y la caída de las antenas de telecomunicación. Otro gran apagón en 2006 dejó a Münster a oscuras cerca de una semana en pleno temporal de nieve y una ola de frío en Estados Unidos este febrero dejó a millones de habitantes sin electricidad y al menos 23 fallecidos.

Pero en nuestras fronteras, por ejemplo, recordemos el apagón en Barcelona en 2007 —por el que acabaron condenadas Red Eléctrica de España y Fecsa-Endesa a once y diez millones de euros respectivamente— que dejó sin servicio a 323.000 usuarios durante tres días; o los que dejaron toda la isla de Tenerife a oscuras en 2019 y 2020.

A las impredecibles catástrofes naturales fruto del calentamiento global aún hay que sumarle el riesgo de ataques ciberterroristas. Un ciberataque mantiene bloqueados los servidores de MediaMarkt a las puertas del Black Friday, pero en los últimos meses hemos vivido ciberataques a las webs del SEPE (Servicio Público de Empleo), del Instituto Nacional de Estadística (INE) y a distintos ministerios como Educación y Cultura, Asuntos Económicos, Justicia y, ¡oh, paradoja!, el de Transformación Digital.

Y no puedo más que terminar, en este mundo súper-mega-hiperdependiente de la electricidad, recordando que los sectores V y VI de La Cañada real se acercan a su segundo invierno sin suministro eléctrico. Más de un año. Y mientras, el Defensor del Pueblo, la Unión Europea y la ONU reclaman al Gobierno español que tome cartas en el asunto; y mientras el Gobierno, la Comunidad de Madrid, el Ayuntamiento y Naturgy, la empresa privada concesionaria del suministro eléctrico, se pasan la pelota, la inacción de todos mantiene a 4.000 personas —cerca de la mitad, niños— en lo que el Relator especial de la ONU para la Extrema Pobreza, Olivier De Schutter, calificó como «una catástrofe humanitaria y una derrota de los derechos sociales».

Pero psicóticos, claro… somos nosotros.

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