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Pilar Galan

Tal como éramos

Un día, espero que no muy lejano, todo esto nos parecerá mentira. Hablaremos de estos años como los de la pandemia, y trataremos de recordar en qué momento nos confinaron, cuándo nos dejaron pasear, las aplicaciones de móvil que nos permitían saber si nos estábamos alejando del domicilio, los guantes que creíamos tan necesarios, la mascarilla como objeto de lujo al principio, imposible de conseguir, el líquido desinfectante, el lavado de manos, el gel hidroalcohólico… la parafernalia que ha rodeado estos meses tristes. No querremos acordarnos de las aulas y su frío, de las ventanas abiertas y los niños con abrigo, guantes y gorro, de las marcas en los supermercados para guardar cola, de esta época en que la sensación de futuro se congeló deteniéndonos en el tiempo. Para entonces, yo espero que permanezcan algunas costumbres que hemos aprendido. Ya sabemos que no hemos salido mejores, que los sanitarios ya no reciben nuestros aplausos y que la clase política vuelve a la gresca como si no hubiese pasado nada. También sabemos que no se investigará el horror de las residencias de ancianos, o sí, pero cuando todo el mundo quiera alejar de su recuerdo aquellos días en que el ejército encontraba cadáveres en las habitaciones y personas mayores encerradas sin otra compañía que su soledad y su miedo. Al menos me queda la esperanza de que hayamos aprendido cosas pequeñas, ya que las grandes, las humanas, las altruistas, parece que no están a nuestro alcance. Cosas cotidianas, no hablo ya de valores ni solidaridad, aunque me gustaría pensar lo contrario, cosas como que los hospitales no son un lugar de tertulia al que acudir para encerrarse siete en una habitación a marear a un enfermo. O que hay que lavarse las manos y no andar por la casa con los mismos zapatos que hemos arrastrado por la suciedad de las calles. O que en la compra no se puede toquetear todo. O que las clases son mejores si se disminuye el número de alumnos, que tampoco hacen falta fiestas multitudinarias sin medida, y que las urgencias no son consultas de fin de semana. Parece que me conformo con muy poco, después de los grandes discursos que hemos escuchado sobre el fin de la pandemia. Pero, ya que no hemos salido mejores, los cambios, por pequeños que sean, son bien recibidos. Hubiera preferido la grandeza que intuíamos cuando el miedo era nuestro motor, y no esta sensación de haber pagado un precio muy alto por volver a ser tal como éramos.

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