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Emma Riverola

Kate Winslet

El nombre debería escribirse en mayúsculas. Cada una de sus letras. Solo así se conseguiría recoger el entusiasmo arrebatado, el grito descomunal con el que el actor Evan Peters reconoció a su compañera de reparto en la entrega de los Emmy. Ambos se llevaron un premio por su trabajo en la excelente miniserie Mare of Eastown. A Winslet hay que agradecerle muchas cosas. Desde luego, ser la magnífica actriz que es. Pero, también, la defensa de su cuerpo. Un cuerpo con curvas y arrugas. «Ni te atrevas», advirtió al director de la serie cuando este le sugirió retocar digitalmente su vientre. Winslet defendió así la credibilidad de su personaje, una mujer de mediana edad con demasiado peso sobre sus hombros. «Estamos un poco hambrientos de eso», afirmó. Hambrientos de verdad, de realidad.

El cuerpo sin retocar de Winslet es más potente, más efectivo que mil advertencias, mil discursos contra la belleza irreal de los filtros fotográficos, de la tiranía de una imagen imposible. Su cuerpo destila poder, seguridad y autenticidad. Ante las trampas de la falsedad, resultan imprescindibles testimonios que no solo predican, sino que también actúan. Y se reivindican. Un chute para la autoestima.

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