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Jose Jaume

Desde el siglo XX | Juan Carlos de Borbón, el exilado que no ha de volver a España

El padre de Felipe VI pena (es un decir) en una más de las dictaduras árabes del Golfo Pérsico sin que su retorno ni tan siquiera se vislumbre en lontananza

Juan Carlos I

El locuaz Martínez Almeida, que compagina la alcaldía de Madrid con ser portavoz nacional del PP, confundiendo a menudo los papeles, nos ha hecho saber que los méritos contraídos por Juan Carlos de Borbón le habilitan sobradamente para regresar a España cundo quiera. Es la tesis oficial de la derecha conservadora. Es ocioso el recordatorio, porque no va acompañado del inacabable listado de despropósitos protagonizados por quien ostentó la jefatura del Estado inherente a la Corona española primero por decisión del dictador Franco, esencial para el generalato de entonces, y después (había que aceptar el trágala) por la Constitución refrendada en diciembre de 1978. Los antecedentes son claros. Lo que nos ocupa es si Juan Carlos de Borbón ha de retornar a España, como es su deseo, o seguir exilado en Abu Dabi. Al margen de lo que públicamente diga el PP, toda la derecha española, embarcada en peligrosa operación para hacerse con la patente de la Corona, no hay impedimento jurídico que impida volver a quien fue Rey de España. Sí existe una colosal barrera política: lo sabe Felipe VI, Gobierno, PSOE y PP. Los actores decisivos de la actual coyuntura política están al tanto de que Juan Carlos no puede poner los pies en territorio español; no hay que otorgar ventajas al frente republicano que prosigue acumulando fuerzas, como un medio de comunicación madrileño, alineado sin tapujos con la derecha, acaba de publicar en encuesta que indica que la opción republicana ya es mayoritaria entre los jóvenes.

Felipe VI está haciendo con su padre lo mismo que éste hizo con el suyo, Juan de Borbón, al aceptar ser sucesor del general Franco «a título de rey» en julio de 1969, casi al unísono en que Armstrong y Aldrin hollaran la luna por primera vez en la historia de la humanidad. Es costumbre arraigada en la familia Borbón acabar sus días en el exilio, voluntario o forzado: Carlos IV, Isabel II, Alfonso XIII o vivir media vida, en él, caso de Juan de Borbón, Juan III, para los emperrados en no descarrilar siquiera sea nominalmente la secuencia histórica. Alfonso XII dejó que su madre, Isabel, «la de los tristes destinos», falleciera en París. Su tiempo en España era casi perversidad, como le recordó el artífice de la Primera Restauración, Antonio Cánovas del Castillo. El general Franco, aculado sólidamente en El Pardo, no dejó a Alfonso XIII volver a España encantado de que muriera en Roma. Para irse al panteón de reyes de El Escorial hubo que aguardar a que el siniestro general feneciera. Juan Carlos jugó muy sucio con su padre, tanto que ni tan siquiera permitió, con el concurso de Adolfo Suárez, que la ceremonia de la cesión de los derechos dinásticos en 1977 tuviera cierto realce. Aquello fue una humillación más, la postrera, para el sucesor de Alfonso XIII. Ahora es el nieto del Rey que dio paso a la Segunda República, nacido en Roma, también en el exilio, el que se topa con la negativa de su hijo. Es cálculo político. Conocer que la presencia de Juan Carlos de Borbón en España enervará todavía más las cosas. No descartemos que esa sea la razón por la que las derechas, PP y Vox, enfatizan el derecho que le asiste por los inmensos servicios prestados, según Almeida, al posibilitar el tránsito de la dictadura a la democracia. Silencio sobre los posteriores y conocidos desaguisados. No los de cama, que solo a él, a su mujer y a las sucesivas amantes incumben, sino los otros, los relacionados con las investigaciones en Suiza y las solícitas, interminables, indagaciones de la Fiscalía.

Se entiende que el Gobierno de Pedro Sánchez, que ayer despachó con el Rey en Marivent, justo cuando se cumple un año de que se echara a Juan Carlos de España, se haga el aparente desinteresado pasando la responsabilidad a la Casa Real. Se entiende. También se entenderá que ahí no radica la solución, que ha de llegar momento en que rendición de cuentas, que arribará, lleve a plantearse lo que gravita desde el trágico colapso de 1936: monarquía o república.

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