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Ramón Aguiló

Escrito sin red

Ramón Aguiló

Casado, música del pasado

El liviano Casado estuvo en Mallorca el pasado fin de semana. El motivo era asistir a la entronización de Marga Prohens como nueva presidenta del PP de Balears.

Algunas intervenciones agresivas de Prohens contra el frente LGTBI del gobierno de Sánchez gozaron del entusiasmo y el aplauso de la bancada popular. La indudable capacidad de la diputada para desenvolverse con soltura en los intrincados recovecos del poder en Madrid, hicieron todo lo demás. Esa energía de Prohens, parecida a la de los especialistas en la lucha, consistente en no dar tregua al rival, dar en el hígado, en el estómago, castigar el mentón, nariz y cejas, y vuelta a comenzar hasta acabar con él, convenció a Casado para nominarla presidenta.

La presencia de Casado era obligada para reforzar a su candidata y comprobar cómo sus designios eran seguidos al pie de la letra por los afiliados. Ni la menor desviación. Así funciona un partido en el que todo el poder está concentrado en la persona de su presidente, al que las encuestas parecen favorecer. Si hay unas ganas tremendas de acabar con Sánchez, no mucho menores son las de acabar con Armengol. Hace ya algunos años que los puestos en la administración balear están usufructuados por la izquierda. Hay en el PP hambre de coche oficial y de la buena paga, ahora usufructuados por los profesionales de la izquierda. Para construir una alternativa real, cree el PP que debe superar una etapa con Biel Company, en la que ha estado totalmente desdibujado como organización y ensimismado en sus glorias pasadas. Sin referentes en Palma y el voto perdido en la part forana hacia El Pi y Vox, la obligada estrategia pasa por concentrar otra vez el voto de derecha, que facilita la crisis de Ciudadanos y la reciente de El Pi, donde Melià adolece de la misma incapacidad de su padre para liderar el centro derecha, pero sin su carisma y brillantez intelectual.

El discurso que se marcó Casado nos retrotrajo a un pasado que creíamos superado. Era el de la derecha neofranquista valenciana de los ochenta, el de los llamados blaveros. «El nuestro es un compromiso de libertad lingüística. Aquí no habláis catalán. Habláis mallorquín, ibicenco, menorquín y formenterés… Me comprometo a quitar la ecotasa y a reducir las tasas aeroportuarias…». Es como si dijera que en Sóller y Pollença no hablan mallorquín sino solleric i pollencí. Nietzsche tenía razón. Esto es el eterno ritornello de lo mismo. La verdad es que provoca una infinita desgana volver a argumentar sobre lo mismo de siempre. Se afianza la idea de que el progreso intelectual no existe. La idea de que en política se van quemando etapas y afrontando nuevos retos, de manera que nos vamos acercando a mayores grados de excelencia, es completamente falsa.

Uno, en su inocencia y coincidiendo con una visión turística basada en la calidad y no exclusivamente en el número, daba por descontado la continuidad del impuesto turístico, porque ha funcionado. En Madrid, especialmente en la derecha, no pueden entender cómo una comunidad pequeña como la nuestra se empecina en defender una lengua propia. Para mejor argumentar dicen que nuestra lengua es el mallorquín (en torno al 70% de hablantes de la isla), no el catalán (más de nueve millones en España). Están obcecados en negar contra toda evidencia que el mallorquín es el catalán hablado en Mallorca, como en cada isla el ibicenco, menorquín y el formenterés. La contumacia en mantener esa absurda posición, que nada tiene que ver con el independentismo, es la que ha llevado al PP a ser una fuerza residual en Cataluña. También es cierto que los independentistas han realizado un flaco favor a la lengua al politizarla para ponerla al servicio de su estrategia de institucionalizar los Països Catalans y de la separación de España.

Pero, hete aquí que Prohens, a la que se presenta como la antagonista de Armengol, la otra cara femenina del nuevo bipartidismo en Balears, enmienda la plana al jefe supremo: «Lo que quiso decir Pablo Casado es que nosotros no formamos parte de los Països Catalans, no somos apéndice de Cataluña ni de Valencia. Defendemos el Estatut. No podemos en duda la unidad de la lengua, creemos en las modalidades insulares». De entrada, si aceptamos la versión que nos ofrece Prohens, deberemos concluir que Casado adolece de trastornos mentales graves, pues queriendo decir una cosa dice exactamente la contraria, una especie de parafasia. Ahora bien, ¿cómo sabe Prohens lo que Casado quería decir? Dado el estado de progreso científico y que no vimos a Casado discursear con electrodos instalados en su cerebro, cabe suponer que, contrito y apenado, confesaría a la vigorosa presidenta del PP de Balears sus trastornos para que ella comunicara a la población su verdadero mensaje, el del próximo presidente del Gobierno de España.

No cuela. Sería tanto como dar por sentado que una persona con trastornos mentales es adecuada para gobernar España. Un portavoz del Institut d’Estudis Catalans ha dicho que las declaraciones de Casado son producto de la ignorancia o de la mala fe. No hay que descartar vacíos intelectuales en un hombre promovido a las alturas atravesando en un pis pas estudios de derecho y másteres en derecho autonómico en sospechosas universidades privadas; algo en lo que no es el plusmarquista, Sánchez resiste la comparación. Pero en una cuestión tan controvertida como la lingüística (la disolución del imperio austro-húngaro empezó por el monopolio del checo, serbo-croata, esloveno, eslovaco, etc., en la función pública frente al alemán) en España es difícil alegar ignorancia. Más bien parece que las exigencias del acceso al poder para un partido como el PP que ha absorbido a buena parte del electorado de Cs pero sigue sufriendo por su derecha, es la reivindicación simultánea del liberalismo, el conservadurismo extremo y el anticatalanismo; un buñuelo. Al final la impresión que prevalece es que el PP y Casado no son sino profesionales del poder, como el resto de la partitocracia, pero más estrambóticos. Tras absorber buena parte de Cs, ahora toca hacer sonar música agradable a los oídos de los votantes de Vox. A ver si cuela.

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