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No hace falta buscar demasiado por Internet para toparse con el barón Pierre de Coubertin como artífice de la recuperación de los juegos olímpicos. La tozudez del barón fue clave para superar las reticencias de países como el Reino Unido, Alemania o Grecia —nada menos que Grecia— cuando, en 1894, el Congreso Internacional de Educación Física decidió celebrar las olimpiadas a las que llamamos modernas por contraposición a las del mundo clásico a las que se hacía referencia y, de paso, decidió también fundar el Comité Olímpico Internacional. Dos años después se celebrarían los primeros juegos olímpicos modernos. En Atenas, cómo no.

El ideario del barón Coubertin se encarnó en la carta olímpica, inspirada en los reglamentos que salieron de su puño y letra, que es de 1908. El reglamento de los juegos olímpicos tiene consideración de ley internacional, aunque no lo sea, y se ha convertido en una de las leyes de mayor y más venerado alcance. Pero a mí al menos me cuesta cierto trabajo identificar los valores originales del olimpismo con lo que sucede en unos juegos como los que se están celebrando en Japón ahora mismo. ¿Cabe encontrar en ese compendio de espectáculo e interés económico que exige de la televisión para existir esa postura moral que el barón atribuía al olimpismo y que incluía, entre otros valores, el amateurismo, la deportividad y la igualdad de oportunidades?

Si Coubertin viviese en estos tiempos es seguro que sus ideas habrían sido otras, qué duda cabe, pero hay un aspecto que me parece en especial capaz de conectar los juegos olímpicos de hoy con el espíritu olímpico original del barón. Me refiero a que en Japón esté compitiendo un equipo que no se identifica con ningún país porque reúne a los atletas que han tenido que renunciar al suyo. Se trata del equipo olímpico de refugiados, que debutó en la olimpiada anterior, la de Río de Janeiro de hace cuatro años. Al margen de que la existencia de dicho equipo sirva o no de símbolo de esperanza para los refugiados de todo el mundo —un número inconmensurable, por otra parte—, debería servir al menos para azotar las conciencias de los nacionalismos de todo color.

Los miembros del comité olímpico de refugiados responden mejor que cualquier otro atleta de los que pueden desfilar bajo una bandera oficial a la revelación que tuvo Pierre de Coubertin. Encarnan ese espíritu de superación personal, esfuerzo hasta el límite y rebeldía contra las limitaciones tanto físicas como mentales. Las olimpiadas modernas se estrenaron con un lema en latín: Citius, altius, fortius, según parece inventado por un amigo del barón. Más rápido, más alto, más fuerte. Pero en el original se añade una palabra que hoy parecemos haber olvidado: juntos. Reunir a los refugiados nos obliga a plantearnos por qué hay que juntarlos.

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