Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Joaquín Rábago

Hay que cuidar los bosques

Las catastróficas inundaciones registradas últimamente en el corazón de Europa tienen diversas causas: la principal está relacionada con el cambio climático, pero hay otras también importantes.

Por ejemplo, la poca atención que se presta en muchos países, entre ellos – y aunque sorprenda a muchos- también Alemania, a la protección de la masa arbórea, que es, sin embargo, una excelente barrera de contención frente a ese tipo de avenidas.

No basta con construir diques o barreras artificiales, sino que hay que entender la estrecha vinculación entre el calentamiento del planeta y el uso o abuso que se hace del terreno.

Como señala en declaraciones al semanario Der Spiegel el inspector de montes Peter Wohlleben, las inundaciones no se originan en los valles, sino en las montañas, que suelen estar arboladas aunque cada vez se producen en ellas más talas porque los abetos no soportan el cambio climático y mueren.

Pero resulta que los bosques frenan el agua de lluvia: no sólo porque se queda en parte en las copas de los árboles y luego se evapora, sino también porque el terreno boscoso virgen actúa de esponja, absorbe el agua caída.

Un metro cuadrado de bosque intacto puede almacenar hasta 200 litros de agua, señala el experto, para quien el problema es que las máquinas utilizadas en la tala de árboles aplanan el terreno y lo asfixian.

De ese modo se pierde en torno a un 95 por ciento de la capacidad natural de absorción del agua, que se convierte así en torrente destructor de todo lo que encuentra a su paso.

Wohlleben considera un auténtico disparate que le ministerio alemán de Agricultura subvencione incluso la tala y posterior retirada de los árboles que han sucumbido bien al cambio climático, bien a alguna plaga.

Lo mejor, argumenta, sería que los propietarios de esos bosques lo dejasen todo tal y como está y esperasen a que creciesen nuevos árboles, que se desarrollan mucho más lentamente en los calveros.

Wohlleben, que acaba de publicar un libro dedicado a la adaptación de los árboles al cambio climático, critica al lobby de los defensores de la quema indiscriminada de madera forestal.

Cuanto más madera se quema, más cantidad de CO2 se suelta a la atmósfera, más suben las temperaturas, menos llueve, pero también cuando la lluvia acumulada cae en un lugar concreto lo hace con más fuerza.

Las precipitaciones de carácter extremo se vuelven más frecuentes, señalan los científicos, que han calculado que con cada grado que sube la temperatura del aire, éste puede absorber un siete por ciento más de humedad.

El experto alemán denuncia también lo que llama el monocultivo que se practica muchas veces tanto en la agricultura como en la silvicultura.

En concreto critica la introducción de especies foráneas como el pino de Oregón, el cedro del Atlas o el roble rojo americano y explica que los bosques de hojas caducifolios pueden refrescar el ambiente en hasta ocho grados más que los de hoja perenne.

Y pone como ejemplo algunos sistemas boscosos intactos como los que él mismo ha visto en Rumanía, en los que la naturaleza sigue estando más o menos en equilibrio y que no han producido prácticamente daños medioambientales. ¡Hagámosle caso también en España!

Compartir el artículo

stats