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Mercedes Barona

Mercedes Barona

Periodista

Con permiso de mi padre | Déjame en paz

La coherencia es un bien escaso. Vivir como predicas es un don reservado a unos pocos, que suelen ser precisamente los que menos alardean de su condición de congruentes.

En este punto he de reconocer que, pese a que intento evitarlo, vivo presa de mis contradicciones y no siempre hago lo que creo que se debe hacer. Y que cuanto más se habla más se yerra, y yo soy de contar mucho, ya saben.

Supongo que es humano dudar, equivocarse, plantearse otras maneras de hacer las cosas. Lo que sí considero inmoral es ir dando lecciones de nada o pretender que los demás vivan la vida como tú dices mientras te pasas por el forro todo lo que predicas.

No entiendo llenarse la boca hablando de España y españoles y luego hacer de menos a alguien con la misma nacionalidad, pero apellido extranjero o color de piel diferente.

No entiendo a quien dice defender la educación pública (eliminando la concertada) mientras manda a sus hijos a un centro privado.

O que impongas impuestos desorbitados a bienes imprescindibles a la vez que hablas de derechos fundamentales. Que desees para los demás un país en el que se viva del ordeno y mando, mientras seas tú de los que manda, por supuesto.

Creo que se puede comer carne y desear el bienestar del Planeta, o vivir en una familia tradicional y entender que hay otras formas de hacerlo. O se puede ser creyente y dudar de la vida eterna o de la benevolencia divina, porque los únicos que no dudan en algún momento son los fanáticos. Al final, lo malo no es que te contradigas, sino que intentes imponer a los demás cómo vivir en la coherencia pura que tú no practicas:

Dar lecciones de austeridad desde un casoplón, de responsabilidad comiendo a escondidas en una terraza cuando has decretado cierre de locales, o de ecologismo viajando solito en un avión privado.

Presume de iPhone y pasa tu viaje de novios en Nueva Zelanda si puedes permitírtelo. Yo también tengo mis contradicciones, repito. Pero déjame un poquito en paz con mi vida. No me impongas nuevas (aunque en el fondo son las viejas que la tos) religiones para justificar tu cargo y tus prebendas.

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