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Diario de Mallorca

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Matías Vallés

Bob Dylan, ochenta años después

El creador de la canción contemporánea alcanza la edad a la que se funde con los herederos que no han logrado sucederle

Bob Dylan.

Ochenta años pavimentan una distancia confortable para examinar un hito histórico. Es el plazo que se cumplirá el lunes 24 desde el nacimiento de Bob Dylan en Duluth, Minnesota, aunque los puristas prefieran asentarlo en Hibbing, adonde se trasladó a los cinco años sin cambiar de Estado. Durante medio siglo y más de cuatro mil conciertos, sale cada noche a escena para esconderse. Este año reanuda el Tour Interminable, que se alarga más de tres décadas y que solo pudo interrumpir la covid.

No saluda, no se despide, no agradece los aplausos, no presenta las canciones. Y así durante más conciertos que la suma de los recitales protagonizados durante toda su carrera por Bruce Springsteen, Madonna, los Rolling Stones y U2. Se enganchó a la droga de los hoteles baratos y los recintos inesperados, al ser golpeado por la revelación que ocupa una de las escasas ilustraciones de su carrera. «Mis propias canciones se habían convertido en unas extrañas para mí. El espejo se había dado la vuelta y podía contemplar el futuro, a un viejo actor hurgando en los contenedores de la basura junto al teatro de los triunfos caducos».

Es una confesión impresionante, y probablemente más falsa que las de Rousseau. El impenitente biógrafo Clinton Heylin acaba de lanzar el primer volumen de La doble vida de Bob Dylan, donde pretende demostrar que todas las pistas espolvoreadas por el cantante son engañosas, una dura admisión para un autor que arrastra una docena de libros previos sobre el mito. La propensión a apropiarse de experiencias ajenas se transmite a sus versos. No hay poeta en el mundo más escrutado que el autor de la irresistible Lily, Rosemary and the Jack of Hearts. Miles de mineros profesionales y aficionados han sentenciado que la inmensa mayoría de versos de su medio millar de canciones había disfrutado de una vida previa.

El collage no menguará la adicción de los dylanistas, creyentes de una religión contable que analiza con fruición las canciones reinterpretadas más que cantadas por Dylan en sus conciertos. Sobre todo, se persigue la primera incursión de los temas clásicos que nunca ha reproducido en público, como el Sad-Eyed Lady of the Lowlands consagrado incluso fonéticamente a su esposa Sara Lownds y que ocupaba una cara entera del doble álbum Blonde on Blonde. Por aquel entonces, ningún otro artista se hubiera atrevido con tamaña extensión, repetida por las mismas fechas en la inigualable Desolation Row.

La conmemoración del tránsito de década es otro rasgo de la obsesión por los datos de Dylan. Ningún mito arrastra un examen tan minucioso, en busca de la exhaustividad de recoger las andanzas del ser misterioso en cada día de su vida. La dylanología tiene vocación de entomología, la ciencia de la garbology o basurología adquirió su mayoría de edad con el análisis minucioso de la basura que generaba a diario el cantante, un trabajo de investigación a cargo del escritor A.J. Weberman. Nadie alcanzaría a leer en una vida entera la milésima parte de la prosa con pretensiones académicas que ha inspirado el cantante. Puede servir de soporte argumental para justificar su Nobel.

¿Cuántos conciertos se necesita haber presenciado para engrosar la hermandad dylaniana? En torno a los treinta. Sigue viviendo en la carretera pese a que su voz fue enterrada tiempo ha, sus álbumes del siglo XXI reúnen alguna perla aislada frente a la consistencia abrumadora de su obra anterior, sellada a menudo al primer intento en el estudio. Su tercer álbum de material propio Another side of Bob Dylan, equivalente a la Capilla Sixtina de la música popular, fue grabado en una única sesión, celebrada el 8 de agosto de 1964 en los estudios neoyorquinos de la Columbia.

Ochenta años después, cabe hablar de un lustro de rebelión que alumbró la leyenda, y de seis décadas posteriores de arrepentimiento. Dylan ha demostrado con creces que aborrecía ser un profeta, el rango que además no le perdonarían sus devotos. Ni el Nobel ha podido con él, ahora que el creador de la canción contemporánea corona la edad a la que se funde con los herederos que nunca lograron sucederle, aquejados del síndrome Carlos de Inglaterra. Todos los gigantes con personalidad propia fueron algún día el nuevo Dylan, de Neil Young a Springsteen. Más celoso de lo que su desdén permitía presagiar, el fundador de la dinastía se sintió celoso al difundirse la idea de que Donovan era su versión británica. Se tranquilizó al conocerlo.

De Springsteen a Sabina, los cantautores contemporáneos preservan la escena mediante la que accedieron al universo dylaniano. The Boss, que le disputa a Dylan el cetro en la jerarquía de los melómanos que no respetan la historia, tuvo la generosidad de reconocer que su orientación profesional se perfila el día en que escucha al hoy octogenario desgañitándose en la radio del coche de su madre. Las sucesivas generaciones recogen a Dylan, ninguna lo agota. La sensacional versión de Like a Rolling Stone a cargo de Articolo 31, en Come una Pietra Scalciata, es un pasaporte a la inmortalidad.

Dada la inviable liberación de su edad, conviene al menos extirparle a Dylan los resabios académicos. En el terreno del consenso, le define con exactitud envidiable su Abandoned love, un clásico de obligada audición diaria que combina el abandono desgarrado del título con la ironía juglaresca sobre el amor.

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