Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ramón Aguiló

Escrito sin red

Ramón Aguiló

Intensidad

En numerosas ocasiones las formas de la intensidad en la política no dejan de ser un paliativo de las desventuras personales

Anhelamos intensidad en la medida en que nos hace sentir vivos, que apuramos la corta existencia de nuestro paso por el mundo, ese destello entre dos infinitas oscuridades del que hablaba Nabokov. Alguna porción no desdeñable de esa emoción que embarga el alma he podido experimentar recientemente. Una ha sido con motivo de la visión de Roma, la última película de Alfonso Cuarón, inmensa, una maravilla del arte por excelencia de nuestro tiempo. Me pregunto muchas veces si las otras formas artísticas, la pintura, la escultura, la música o la poesía pueden llegar a destilar la emoción que el cine, el arte de nuestro tiempo, que aspira a abarcarlas a todas, es capaz de transmitir. No lo sé, pero estoy seguro de que es el arte que nos ha forjado a los contemporáneos. Parece ser, y eso es una muy mala noticia, que los jóvenes (no me refiero a los de cuarenta años) ya no van al cine o ya no ven cine, que su ocio está dirigido a los juegos en el ordenador, la tablet o el móvil. Yo, un dinosaurio, que aún no he transigido con el útil por definición de la modernidad, el móvil, no he desdeñado el uso del ordenador. Gracias a él he podido acceder a otra experiencia artística de una intensidad emocional estremecedora: el videoclip Aunque es de noche, de Rosalía, que se puede encontrar en youtube. Es la letra del Cantar de la alma que se huelga de conoscer a Dios por fe, de San Juan de la Cruz, con música de Enrique Morente. Es un momento extraordinario, que con el disco El mal querer, confirma a la catalana como una de las artistas españolas imprescindibles.

Pero ese anhelo por la intensidad emocional no se dirige en la misma medida hacia el mundo de la política. Es precisamente el orden social el que permite la búsqueda individual de la felicidad. En numerosas ocasiones las formas de la intensidad en la política no dejan de ser un paliativo de las desventuras personales, sea el extremismo, sea el nacionalismo. Muchos, en vez de entregarse a la autodeterminación personal, que supone riesgos y engendra atávicos temores, se entregan al refugio de las utopías políticas o al de los poderes originarios del suelo y del linaje. Son presos de la convicción de que el cono de luz de nuestra razón no ilumina todos los ámbitos de la experiencia colectiva. Decía Churchill que la democracia es el sistema en el que si llaman a las seis de la mañana es el lechero. Una de las características de la democracia es precisamente la de que no se vive peligrosamente, más allá de la posibilidad de ser víctima del mal que anida en toda alma humana y que a veces se enseñorea de la misma, como hemos comprobado estos días con el asesinato de Laura Luelmo. Todos queremos ser libres y no tener que ser valientes como, con razón, afirman las mujeres. Pero las mentes humanas no son tablas rasas en las que podamos imprimir la ley y el orden y excluir el mal. Y para las mujeres el hombre siempre será un posible peligro del que, para su seguridad, deberán guardarse, en Suecia, en Alemania, en España, en todas partes. Recordemos a Kant en el Sexto principio de Idea de una historia universal en sentido cosmopolita: con un fuste tan retorcido como es el hombre no se puede conseguir nada completamente derecho. La democracia, para ser exitosa debería ser aburrida. Pero también este deber es una pura contradicción con la esencia de la democracia, pues ésta es también conflicto de valores contradictorios que requiere del esfuerzo continuado para establecer sin violencia cuáles son los que prevalecen.

La vicepresidenta Carmen Calvo, cuya brillantez intelectual nos abruma hasta el punto de convencernos de que el candidato doctor Sánchez no es la misma persona que el presidente Sánchez, a propósito de su calificación de los sucesos de hace una año como rebelión o sedición, ha dicho, refiriéndose al consejo de ministros de hoy, día 21 de diciembre, y la reunión de Sánchez y Torra (que en el momento en que esto escribo, miércoles, Torra califica como un simple saludo de cortesía) son un acto de "normalidad democrática". Sánchez, que había programado frívolamente el consejo antes de que Torra afirmara que sin la puesta en libertad los políticos presos no apoyarían los presupuestos, como un hito más en su dinámica de apaciguamiento, se encontró con el independentismo azuzado por Torra declarando la celebración del consejo, precisamente el día de su victoria electoral, como una provocación, convocando a la ciudadanía a manifestarse contra el mismo. Pese a las reticencias de Ábalos, su número dos en el PSOE y ministro de Fomento, el funámbulo Sánchez no podía desconvocar el consejo sin evidenciar que, de hecho, Cataluña ya estaría fuera de España; tampoco aceptar una reunión paritaria con el gobierno catalán que equipararía ambos gobiernos como si de dos naciones se tratara. Lo insoportable no son ya los continuos cambios tácticos en el discurso de Sánchez en función de cómo adecuar los cambiantes acontecimientos políticos (elecciones andaluzas) a su ambición de perpetuarse en el poder. Lo verdaderamente insoportable es calificar, como lo hace Calvo, tomándonos el pelo, de normalidad democrática una reunión en Barcelona que ha supuesto blindar la Llotja con 1.500 agentes y antidisturbios de los Mossos de Escuadra y Policía Nacional y un total de 9.000 agentes de la Policía, Guardia Civil y Mossos en la ciudad. Esto sí que es intensidad y no precisamente el aburrimiento de la normalidad democrática. Les deseo unas felices e intensas fiestas de Navidad.

Compartir el artículo

stats