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OPINIÓN

El cálculo derrota a la pasión en la UIB | Por Matías Vallés

Jaume Carot, nuevo rector de la UIB

Una universidad no debe ser un escondrijo, la exigua participación en las elecciones a rector confirma la vocación de madriguera ajena a la realidad circundante. Los catedráticos de la UIB (Universitat Invisible de Balears) decretan continuismo en una convocatoria que no interesa ni a la presunta institución académica cenital de Balears. Expendeduría de títulos sin compromiso.

Dado que Carmen Orte se definía en todo momento como una mujer apasionada, y que Jaume Carot hacía malabarismos para no definirse de ninguna manera, el veredicto favorable al catedrático de Física Teórica demuestra que el cálculo derrota a la pasión, la sinuosidad a la locura, la incapacidad de ilusionar a la creación de falsas ilusiones. En efecto, cuesta discernir si se retrata el desenlace de ayer o las últimas décadas de la UIB.

Carot es el digno sucesor de Llorenç Huguet, que se heredó a sí mismo en otra prueba del desistimiento colectivo que caracteriza a la institución universitaria. Ahora que pasa del negro a la oscuridad, conviene recordar que nunca hubo una UIB más necesitada de un rector en condiciones, tras el pálido ejercicio del saliente. A la recíproca, nunca hubo dos candidatos más necesitados de acceder al cargo supremo, que divisaban como la culminación de sus carreras. En este sentido, Orte no es una derrotada sino una destrozada. Llegó al día decisivo más engañada que los rivales de Ayuso a las madrileñas, con el agravante de que vapuleaba a su rival en los debates.

Carot será por siempre el vicerrector que no supo gestionar el desastre de imagen de Minerval, una carencia reconocida por los mismos catedráticos que hoy le han aupado. A priori, dista de ser el catalizador que requiere una situación crítica, y carece de ambiciones al respecto. Su objetivo se limita a ser rector. El cargo obliga a concederle la segunda oportunidad, al igual que lo ha decidido uno de cada siete habitantes del campus.

Una universidad no es un mero centro educativo, según pretenden los burócratas que han colapsado la UIB sin rendición de cuentas. Un ágora universitaria es una marca definida por la excelencia. Nadie se preocupa por la estructura de Harvard, el MIT donde recaló Noam Chomsky «porque nunca me pidieron ninguna documentación de mis títulos», o el Max Planck. Todo el mundo entiende qué significa pasar por Oxford. Ahora que se recupera el sentido medieval de la institución, la sede del Estudio General Luliano se degrada a un apósito funcionarial.

Por encima de la elevación de Carot, las elecciones a la UIB refrescarán las salmodias sobre la desafección del alumnado. Se olvida que la alergia esta estimulada por el odio a la enseñanza decretado por el rector, sus adjuntos y demás jerarcas universitarios, al autorizarse a periodos de carencia sin dar clase tras su reincorporación, por el indudable agotamiento que comporta el desempeño de sus cargos. Es un clarísimo empleo de fondos públicos en contra de su destino previsto, pero a quién le importa la UIB ni para regañarla.

En sendas entrevistas previas a las elecciones, ni Carot ni Orte supieron señalar a un exalumno de la UIB que desempeñe un rango ministerial o social descollante. Es muy fácil elevar a doctor honoris causa a Rafel Nadal, que nunca ha pasado por las aulas, para que el rector se fotografíe junto al monstruo. Y solo puede concederse que el tenista mejoraría en la docencia a los catedráticos afrentados por no haberlo podido nominar. Sin embargo, la pregunta es mucho más sencilla, ¿dónde está el Rafael Nadal fabricado en la UIB?

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