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Luis García | Con la campechanía por bandera

Luis García posa ayer para este diario antes de la entrevista en Son Bibiloni.

Luis García (Madrid, 1972) ha llegado para quedarse y todos los factores juegan a su favor. La propiedad busca la continuidad de un entrenador, el club le ha proporcionado los mimbres para conseguir el objetivo y, lo que seguramente es más importante y fue el eslabón que rompió su antecesor en el cargo, él es el principal interesado en que su contrato siga en vigor al frente del Real Mallorca. 

Aterrizó en Son Moix en agosto de 2020, con el club hecho un polvorín tras la abrupta salida de Vicente Moreno al Espanyol, pero Luis García supo aportar serenidad y normalidad en un momento tenso. Avalado por un Pablo Ortells que le conoció en su anterior etapa en el Villarreal, el técnico madrileño se hizo pronto con el cariño de la afición, el respeto de la plantilla y la confianza de la propiedad americana. 

Los resultados, que en todo este engranaje son al final lo más importante, también jugaron a su favor, firmando el pasado curso una temporada de récord y luchando hasta la última jornada por un campeonato que se acabó escapando por los pelos. Pero el objetivo que le habían impuesto, el del retorno a la máxima categoría, lo zanjó el madrileño sin excesivos problemas, mostrándose capaz de exprimir a una plantilla que recuperó la valentía que había perdido la última temporada.

De carácter jovial y con un excelso dominio de la dialéctica, Luis García no se achanta ante las preguntas impertinentes. Les planta cara con campechanía y deja titulares en todas sus comparecencias. Entra al juego, le gusta la jarana, y no duda ni un momento en contestar a los reproches, como en el toma y daca que protagonizó junto al técnico del Espanyol en la previa del encuentro. «No tengo ningún problema con Vicente, pero cuando atacan mi trabajo o a mí, eso me cabrea», se defendió en una entrevista a este diario, cuestionado por el tema. 

Luis García cae bien dentro del vestuario porque tiene la extraña virtud, hoy en día, de ir de cara. Cuando tuvo que hablar de la actitud de Budimir, deseoso por partir fuera de la isla, lo hizo sin problemas: «Lo que no puedo hacer es arrastrar a un futbolista a un partido». Tampoco se calló ante la convulsa postura de Stoichkov: «Si no está aquí es porque él no quiere». O cuando fue cuestionado por el papel de Sturridge dentro del entramado bermellón: «Le está costando mucho coger el tono». Coloca a cada uno de sus futbolistas en su lugar, públicamente, y así evita tener que girar la cara dentro del vestuario: «Salva Sevilla ya no puede jugar todos los minutos de todos los partidos, o al menos yo lo veo así».

La sintonía que ha creado con la dirección deportiva, que se mueve al ritmo que él mismo marca, es su mejor arma. La secretaría técnica trabaja al son del entrenador, por lo que si las cosas con un fichaje no salen bien, la culpa es compartida: «Me siento tan responsable como Pablo de los errores que se cometieron en el mercado». 

Luis García aterrizó en el Mallorca para impartir normalidad en un mundo, el del fútbol, que cada vez está más resquebrajado. Cuando han venido bien dadas, hasta el momento siempre ha sido así, el técnico madrileño ha sabido sesgar el ego de sus futbolistas. Este curso, en la competencia de una categoría tan exigente, no todo saldrá tan rodado y será entonces cuando se conocerá la otra cara del entrenador, si es que la tiene. 

El preparador del Real Mallorca inicia su segunda temporada al frente del equipo con la difícil tarea de mantener al conjunto bermellón en la elite del fútbol español. Sabe que la primera cabeza que echa a rodar si los resultados no acompañan es la del entrenador, pero mientras tanto, disfruta el momento. «Hacía tiempo que no me sentía tan feliz en un sitio». Que se alargue todo lo que pueda ese sentimiento: su felicidad es también la del mallorquinismo.

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